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Sábado 15 de marzo: la última noche en Varadero y el día que le tocaron el paquete al Verjas

Un ruido me despierta. Malo. Si no es el “Yves Larock – Rise up” de mi despertador es que es pronto –al menos más pronto de lo que pensaba levantarme. Abro un poco los ojos, lo justo para poder mirar la hora en el móvil. ¡Las 7:30! Abro un poco más los ojos y veo que David y Kike están vistiéndose y preparando su mochila. “¿Pero a donde coño vais a las 7:30 de la mañana?”, les pregunto. Es Kike quien responde: “pues a dar una vuelta en catamarán y a comer cocodrilo”. “Ah, vale…”. No creo que a nadie que haya dormido dos horas y cuando se despierta le dicen que van a comer cocodrilo se le ocurra algo más ingenioso que responder.

Como no voy a volver a dormirme –yo soy así, una vez despierto no hay manera de dormir de nuevo– pienso en algo para matar el tiempo. Decido que es un buen momento para salir a correr por la playa y quemar las toxinas acumuladas durante todos estos días, que seguro que no son pocas –no creo que beber ron Mulata sea muy sano. Me pongo el bañador, camiseta y crema solar y cojo la toalla. Seguro que un baño después de la carrera me sienta de lujo. Bajo a la playa. No me cruzo con casi nadie por el camino, sólo con los canadienses más madrugadores –o quizás no se hayan ido a la cama aun. Dejo mi toalla en una hamaca, bajo una sombrilla y empiezo a correr. ¡Mierda, no me acordaba de que la arena de la playa está llena de conchas! No me voy a dar la vuelta ahora que ya he bajado así que sigo corriendo.

Playa del hotel. Como no tenía ninguna foto amaneciendo he puesto una anocheciendo
Playa del hotel. Como no tenía ninguna foto amaneciendo he puesto una anocheciendo

Después de media hora de carrera y de cruzarme con mucha gente que estaba en las playas de otros hoteles –conectadas con la playa de nuestro hotel– decido que es buen momento para ir dando la vuelta. Más bien son mis pies quienes lo deciden pues tienen alguna que otra concha clavada.

En el camino de vuelta, casi llegando a nuestro hotel, encuentro a un cubano pescando desde la orilla. Lanza una y otra vez un sedal de varios metros de longitud mar adentro que recoge con varios peces -cuyo nombre no recuero- enganchados a los diferentes anzuelos distribuidos por el sedal. Un niño canadiense de unos dos años se divierte tratando de coger un pez vivo que no para de dar saltos sobre la arena.

Llego a la playa del hotel y recojo mis cosas. Son las 9:00. Parece que por un día voy a desayunar algo que no sean perros calientes. Antes de subir a desayunar me pego un chapuzón en la piscina para quitarme el calor -en Cuba ya hace calor a las 9:00 de la mañana- y la arena. El agua de la piscina está realmente sucia después del baño nocturno de anoche pero a estas alturas del viaje da lo mismo. Cuando salgo del agua, saludo al Argentino y cambio mi toalla por una limpia, que ya iba haciendo falta.

Subo directamente a desayunar al buffet libre. Hay que ver la de gente -canadienses en su mayoría- que madruga para desayunar “en condiciones”. Dejo mis cosas en una mesa y me dirijo hacia una cola -de gente. La gente está esperando a que un cocinero cubano les haga una tortilla con sus ingredientes favoritos. Después de un rato de espera llega mi turno: “Compadre, si me haces una tortilla de patata me haces la persona más feliz del hotel”, le digo. “Más quisiera helmano pero no tengo papas”, me responde. “Bueno, pues hazme una con todos los ingredientes que tengas”. De perdidos al río. El cubano apenas tarda tres minutos en prepararme una “tortilla bomba”. Espero que comer esto no tenga efectos secundarios.

Voy a mi mesa a dejar mi tortilla cuando aparecen Carlos (Gandalf) y Javi en el comedor. Dejan sus cosas en la misma mesa que yo y van a por su desayuno. Vamos a otra cola -de gente. Al final de esta cola -de gente- dan tortitas. Vemos como una canadiense coge unas ocho tortitas que posteriormente se comerá ella sola -comprobado. Otra canadiense que está en la cola junto a nosotros no puede evitar soltar un “Oh my God!”.

Cuando ya nos sentamos a desayunar aparece Jorge Miguel en el comedor. Coge su “desayuno” y se sienta con nosotros. “Joder. Ya has tenido ganas de salir a correr”, me dice. “Y tú ya tienes ganas de desayunarte una fabada con tomate”, le respondo. No creo que nadie tenga una réplica contra eso.

Decidimos que es buena hora para ir a la playa así que subimos a lavarnos los dientes y recoger cosas varias de la habitación para encontrarnos dentro de diez minutos en el lobby. Pasado ese tiempo nos dirigimos los cuatro a la playa. Hoy hay bandera verde.

Bandera verde
Bandera verde

Como estamos un poco saturados de sol -sobre todo Carlos-, decidimos darnos un paseo en un patín de pedales. Los alquilan gratis en una caseta junto a la playa. Antes de darnos el permiso y los chalecos salvavidas, firmamos un millón de papeles que eximen de responsabilidad al hotel en caso de que naufraguemos o tratemos de ir hasta Miami con los patines. Una vez formalizada la parte burocrática, Carlos y Javi se montan en un patín y Jorge M. y yo en otro. Nos lo pasamos piruleta chocando los patines a toda velocidad. A nuestro lado pasan unas piraguas biplaza. Queremos dar una vuelta en una piragua biplaza así que con las mismas volvemos a la caseta de alquiler y formalizamos los papeles para que nos dejen navegar con una piragua. De nuevo vuelvo a compartir piragua con Jorge M. Hacemos un poco el burro con la piragua y a punto estamos de romper la barrera del sonido. Hay que ver qué velocidad alcanzan esos bichos. También nos cansamos pronto de la piragua y salimos del agua. Ya está apareciendo el resto del grupo por la playa. Yo voy a jugar un basket con Carlos (Tacto) e Iván.

A la derecha se puede ver la cancha de basket-voley del hotel
A la derecha se puede ver la cancha de basket-voley del hotel

Después de echar unas canastas, vamos con el resto del grupo a la piscina a tomar unas cañas bien fresquitas. Jorge M. no se pierde su habitual clase de aquagym. Diego, Nacho -ya recuperado de sus fiebres cubanas-, Javi, Jorge, los dos Carlos y yo echamos un partido de waterpolo en las porterías de la piscina del hotel. Jorge hace amistad con un par de chicas canadienses que se unen al partido. También se une al partido John, el chico que siempre gana en los crazy pool games – que ni son crazy, ni son en la pool, ni son games. No puedo parar de reír cuando John me cuenta que es fan de Raúl –el ex-siete de España- y, sobre todo, fan de Pedja Mijatovic. Poco después entra a jugar un gorilón canadiense. Carlos (Madejón) se pica con él en una competición que trata de demostrar quién es más burro de los dos. Ya no tiene gracia jugar -más bien ver a Carlos y al gorilón hacer el bestia- así que la mayoría nos salimos del agua en busca de otra caña. No juntamos con el resto del grupo en la hamacas a jugar un comemierda. Diego nos comenta que los cocolocos -los cócteles que Marta, la comercial de Viajes Eroski, nos dijo que no dejáramos de probar y que encontrábamos en todas partes del hotel sin terminar, lo cual era un claro síntoma de que no estaba muy buenos- los sirve el jardinero-basurero del hotel. También se recurre al pluriempleo en Cuba.

Tras jugar todos un comemierda, vamos a comer al restaurante de la playa. Como dentro no hay sitio para todos, Javi, Nacho y yo salimos a comer a una mesa de las de fuera, en la parte de atrás del restaurante. Terminamos de comer y nos quedamos charlando tranquilamente en la sobremesa mientras tomamos unos juguitos de naranja con un chorrito de ron.

A las 16:30 me dirijo con Jorge M., Javi y Ana a nuestra habitual clase de baile. Hoy falta Iván, que se está echando la siesta. En esta ocasión bailamos merengue y conga. La conga en realidad no tiene ningún misterio aparte de formar un trenecito que la locomotora guía por donde quiere y en el que, tarde o temprano, algún vagón central decide convertirse en locomotora y romper la conga en dos.

Cuando termina la clase, nos damos un chapuzón en la piscina para sofocar el calor. Salimos del agua y nos metemos una sesión de un par de horas de cerveza y comemierda en la hamacas de la piscina. Conseguimos un balón de fútbol de unos chicos de Salamanca -los amigos de David y Kike- y vamos a jugar un fútbol Iago, Carlos (Gandalf), Jorge y yo. ¡Hay que ver que toque y que elegancia tiene Iago, que digo, Iaginho, con la pelota! Después de darnos un par de tarrascadas cada uno, decidimos dejarlo. Mejor, pues Iago está al borde de la deshidratación.

Iaginho después después de diez regates, tres bicicletas, dos rabonas y media chilena
Iaginho después después de diez regates, tres bicicletas, dos rabonas y media chilena

Cuando volvemos, ya de noche, a la zona de la hamacas, la gente está echando una parlada junto a la piscina.

Javi echando una parlada con Nacho
Javi echando una parlada con Nacho

Hablamos sobre lo que vamos a hacer por la noche. Nos acordamos de la publicidad de la discoteca la Comparsita que nos dieron ayer unos cubanos cuando salimos de la tienda de puros. Ya tenemos plan para la noche: discoteca la Comparsita.

Decidimos que es buen momento para subir a cenar. Volvemos a coger una mesa al fondo del comedor para sentarnos todos juntos. Iván y yo nos pedimos un plato de espaguetis bomba. Nos los prepara el mismo cocinero que me hizo la tortilla bomba en el desayuno. Pican un poco -mucho- pero se dejan comer. Una vez terminada la cena, subimos a prepararnos a la habitación. Allí encuentro a David y Kike. Han sido previsores y ya han comprado botellas de ron para traer a España.

Termino de prepararme antes de tiempo así que decido bajar a ver el espectáculo de la piscina. Allí me encuentro con Ana, Sara y Jorge M., que ya llevan un rato tomándose unos jugos de naranja con un chorrito de ron y disfrutando del espectáculo de baile. Termina y nos reunimos con el resto del grupo en el lobby. Avisamos a la gente de recepción para que pidan unos taxis para poder ir a la Comparsita. Salimos a la calle para esperar a los taxis. Las tripas de Carlos (Madejón) empiezan a emitir una serie de sonidos preocupantes.

Las tripas de Carlos funcionando a 10.000 rpm
Las tripas de Carlos funcionando a 10.000 rpm

Por fin llegan los tres taxis. Unos canadienses se nos adelantan y nos roban uno de los taxis. Carlos (Madejón) despierta de su aletargamiento y se enfrenta -verbalmente y en castellano- con los canadienses, que ni siquiera le miran. Finalmente se salen con la suya. Llamamos a otro taxi y cogemos los dos que nos han dejado los canadienses. Jorge y Carlos (de la Parra) deciden a última quedarse descansando en el hotel. Salimos siete personas en los dos taxis y tardamos un poco en llegar a la Comparsita ya que está un poco lejos del hotel. Los tres telecos restantes, que se quedaron esperando al taxi en el hotel, tardan unos quince minutos en llegar a La Comparsita. Una vez estamos todos, entramos en la discoteca. Pagamos 5 CUC por la entrada. La discoteca es una especie de anfiteatro con dos alturas. El anfiteatro tiene pocos escalones pero está lleno de mesas y sillas con gente sentada que está tomando unos mojitos mientras ve el espectáculo de la parte baja del anfiteatro. El espectáculo es similar al del hotel Riviera de La Habana, es decir, un tostón. Por suerte, el espectáculo termina a los cinco minutos de haber entrado en la discoteca. Cuando lo hace, unos empleados de la discoteca recogen rápidamente las mesas y sillas de la discoteca para que la gente pueda bailar. Aparece un speaker en un balcón que hay sobre el escenario. Da la bienvenida a la gente española mientras de fondo suena la internacional Macarena. Acto seguido, da la bienvenida a la gente canadiense mientras de fondo suena el “In the navy” de los “Village People”. Curioso cuanto menos.

El deejay empieza, como no podía ser de otra manera, con el “Yves Larock – Rise up”. Nos pedimos unas Bucanero en la barra y salimos a la pista a bailar.

Discoteca La Comparsita, vista desde el escenario
Discoteca La Comparsita, vista desde el escenario

La pista de baile no tarda en llenarse. La cosa parece animarse gracias al speaker, que no para de animar a la gente por el micrófono: “Que levante la mano la gente que bebe Bucaneroooooo. ¿Dónde está la gente que bebe Cristaaaaal?”. El deejay también hace lo propio, poniendo temazos como el “Muchachita” –pretty woman en castellano. Cae una Bucanero tras otra. El único que parece no disfrutar es Carlos.

Las tripas de Carlos ahora están funcionando a 20.000 rpm
Las tripas de Carlos ahora están funcionando a 20.000 rpm

Nacho y yo decidimos ir a explorar el resto de la discoteca ya que tienen dos plantas y aun no hemos subido a la de arriba. Al subir, pasamos por un pasillo oscuro en el que la gente no para de frotarse. Salimos rápidamente de ese pasillo y vemos una puerta muy iluminada. Nos preguntamos qué hay detrás. No nos lo pensamos dos veces y abrimos la puerta. ¡Hay que joderse, es un karaoke! Bajamos rápidamente a contarle al resto del grupo nuestro descubrimiento. Volvemos a subir todos al karaoke y pedimos turno para cantar una canción pero el encargado nos dice que van a cerrar el breve y ya ha repartido todos los turnos. Vemos como la gente canta típicas canciones de karaoke como “Un velero llamado libertad” o “El taxista” de Ricardo Arjona. A los veinte minutos de estar en el karaoke alguien se da cuenta de que no estamos todos. ¡Coño, el Verjas! Iván, Iago y yo decidimos bajar en su búsqueda. Empezamos a buscarle por la zona en la que estábamos antes de subir al karaoke. Le encontramos a la primera, bailando como loco, como si nada de esto hubiera pasado y jamás le hubiéramos abandonado. “¿Pero donde coño os habéis metido?”, dice. Cuando le explicamos que estamos en el karaoke de arriba y volvemos a subir, sucede algo inesperado. Una chicha se acerca al Verjas y, sin mediar palabra, le toca lo que vienen siendo la zona genital o lo que comúnmente llamamos “el paquete”. “¡Pero que me ha tocado tol paquete! ¡Vámonos ya! ¡Ya!”, grita el Verjas. Entre risas volvemos a subir al karaoke, donde Jorge M. le relata al resto su aventura, desde su desaparición hasta el tocamiento de paquete.

Al poco rato, la discoteca cierra y nos echan del karaoke. Sucede lo que todos nos temíamos. Todo el mundo –pero cuando digo todo me refiero a todo, literalmente los 6.500 millones de habitantes de la Tierra– está fuera de la discoteca intentando pedir un taxi. Es materialmente imposible coger uno así que decidimos empezar a caminar hacia el hotel mientras intentamos parar los taxis que encontramos de camino. Carlos apenas se tiene en pie. Sus tripas funcionan a más de 50.000 rpm y amenazan con explotar a cada paso que da. Al fin logramos parar un taxi. Lo cogemos Sara Ana, Carlos, Nacho y yo.

Nacho y yo salimos a comer unos sándwiches de jamón y queso al snack bar mientras llega el resto del grupo al hotel. No tarda en llegar. Son alrededor de las 4:00 y la mayoría del grupo se va a dormir. Jorge M., Iago, Sara y yo nos quedamos jugando un pimpón. Sara nos da toda una lección de pimpón. Ahora sí que sí, ha llegado el momento de irse a dormir, la última noche en Cuba.

Viernes 14 de marzo: nos vamos de compras o el día que casi hacemos una fogata en la playa

Son las 8:00. El móvil de David suena una y otra vez pero David no se despierta. Es Kike quien le tiene que soltar un “el teléfono David, coño” para que reaccione. Parece que en España no se aclaran con la diferencia horaria, vaya horas de llamar. Nos quedamos en la cama pero ya no nos dormimos. Aprovechamos para contarnos que hicimos ayer. Al parecer, David y Kike estuvieron nadando con delfines. Finalmente decidimos levantarnos. Me doy mi habitual ducha matutina. Son las 10:30. Otro día que me quedo sin desayunar en el buffet. Pego un telefonazo a la habitación de Javi, Nacho y Carlos para ver si bajan a desayunar. Quedo en pasar a buscarlos por su habitación. Cuando salgo de mi habitación, la camarera de nuestra habitación me para y me pide, muy amablemente, que si las puedo subir un sándwich de jamón y queso para almorzar. “Faltaría más”. Como me voy a negar a hacerle ese pequeño favor a la persona que se curra cada mañana figuritas con nuestras toallas.

Una flor hecha con toallas
Una flor hecha con toallas

Cuando llego a la habitación de éstos, Nacho no está. Se ha marchado para hacer la excursión a Santa Clara, a visitar la tumba del Che. Carlos está literalmente achicharrado. Demasiado sol para tan poca crema ayer así que no baja a desayunar. Bajo con Javi al snack bar. Desayunamos nuestro habitual perro (caliente) rodeados de pájaros negros hinchables. Pido un par de sándwich y unas patatas fritas para la camarera (y su amiga). Subimos cada uno a nuestra habitación para equiparnos para la playa (bañador + toalla + crema). Antes de entrar en la habitación les doy el almuerzo a nuestra camarera y su amiga, que están arreglando la habitación de enfrente. Me dan las gracias trescientas veintisiete millones de veces. No ha sido para tanto. Cuando termino de equiparme bajo de nuevo a buscar a Javi y a Carlos, que esta vez sí que baja. Parece que ha llenado la bañera de crema protectora y se ha dado un buen baño. No me extraña. Tiene unas buenas quemaduras.

Las heridas producidas por las quemaduras en el cuerpo de Carlos podrían herir vuestra sensibilidad así que sólo os enseño un pie
Las heridas producidas por las quemaduras en el cuerpo de Carlos podrían herir vuestra sensibilidad así que sólo os enseño un pie

Vamos directos a la playa. Otro día que llegamos los primeros. Estamos hechos unos madrugadores. Poco después de instalarnos en tres hamacas llegan ambos Jorges, Sara y Ana. Carlos, Javi, Jorge (Regalitos) y yo aprovechamos para ir a por un jugo de naranja con un chorrito de ron al restaurante de la playa. Carlos y Javi deciden quedarse allí, a la sombra, jugando a las cartas. Carlos no aguanta ni un rayo más de sol. Jorge también se queda allí. Mientras estoy pidiendo mi jugo de naranja con un chorrito de ron aparece Carlos (Relojes). Le acompaño mientras desayuna en el snack bar. Le comento que hoy voy a darlo todo en el hotel. Decide apuntarse. Termino mi jugo de naranja con un chorrito de ron y Carlos termina su hamburguesa. Vamos a por dos jugos más y volvemos a la playa con el resto. Hace calor así que nos damos un baño. Como no podía ser de otra forma, vamos a reponer nuestro vaso con más jugo y ron al salir del agua.

Son las 12:00. Va a empezar la clase de aquagym. Ésta no me la pierdo. Vamos todos hacia la piscina pero sólo nos metemos en el agua para hacer aquagym Jorge (Verjas), Sara, Ana y yo. No aparece la profesora de ayer sino un cubano del equipo de animación del hotel. Más que una clase de aquagym parece una exhibición de fulano cubano pues no para de salir del agua para enseñarnos a todos –más bien a todas– lo bien que mueve el culo.

¿A que se tira un aire a Vin Diesel pero en cubano?
¿A que se tira un aire a Vin Diesel pero en cubano?

La clase termina bailando un corro de las patatas cubano. Que desastre de clase. Tomo nota mental: mi primera y última clase de aquagym en Cuba. Salgo del agua. Carlos aun está apurando su jugo de naranja con ron cuando aparezco con una nueva ronda. “Empiezo a estar lleno. Que no borracho, eh, que quede claro, sino lleno”, dice Carlos. En ese momento acaba de caer un mito para mí. Decepcionado, busco a otra persona con la que seguir tomando jugos de naranja con un chorrito de ron. Ana parece animarse. “Bien. Pues espera que voy a por otra ronda”, digo mientras apuro mi jugo. Diego e Iván nos enseñan a cantar una pegadiza canción que han inventado: “Laralalala Iago huele a pis, laralala Iago huele a pis, laralalala Iago huele a pis, laralala”.

Pasamos el resto de la mañana entrando y saliendo de la piscina. Encuentro unas gafas de sol en el borde de la piscina y aprovecho para posar con ellas en una foto de grupo.

Todo en plan “sanotes”, con nuestros jugos de naranja
Todo en plan “sanotes”, con nuestros jugos de naranja

Cada vez que salgo de la piscina me doy crema protectora. Gasto casi medio bote de crema en una mañana pero me he propuesto no quemarme en Cuba y así será. Mientras tanto, tomo otro par de rondas más con Ana, que también empieza a estar llena. “¿Tú también?”, comento. Sin casi darnos cuenta –yo sobre todo– llega la hora de comer. Vamos todos a comer al restaurante de la playa. Hoy conseguimos juntar dos mesas para comer todos juntos. Durante la comida, Carlos (Relojes) no para de reírse sin decir nada. “Jijiji”. “En Puntacana esto no pasaba, eh”, dice Diego. Carlos no contesta y se vuelve a reír. “Jijiji”. Ahora no hay duda. Como dirían en cuba, está tomado, es decir, borrachísimo. Aun no me puedo creer que haya bebido mucho más que Carlos y a mí no me haya afectado.

Mientras comemos decidimos que vamos a ir de compras a los mercadillos de Varadero por la tarde. Una vez terminamos de comer, subimos a nuestras respectivas habitaciones para cambiarnos. Son las 16:00. Hemos quedado en el lobby a las 16:30 para coger el bus de las 17:00 en una parada cerca del hotel. Subo a mi habitación y me tumbo en la cama. La camarera ha dejado sobre la cama una figura de dimensiones desproporcionadas hecha con un edredón, en agradecimiento por el almuerzo de esta mañana.

Pájaro gigante hecho con el edredón. No quiero pensar que hubieran hecho si las hubiese subido una hamburguesa en vez de un sándwich
Pájaro gigante hecho con el edredón. No quiero pensar que hubieran hecho si las hubiese subido una hamburguesa en vez de un sándwich

Ahora sí que sí, los jugos de naranja con un chorrito de ron empiezan a hacerme efecto. Me dejo caer en la cama. Hago malabarismos con los ojos para no dormirme. No paro de repetirme una y otra vez “no te duermas, no te duermas, no te duermas”, pero estoy cayendo poco a poco. Sin pensármelo dos veces, me levanto de golpe de la cama y me meto a la ducha. Justo lo que necesitaba. Salgo completamente nuevo de la ducha. Todavía no son las 16:30 pero como no quiero quedarme dormido en la habitación, bajo al lobby. Me acuerdo de que tengo un encargo de puros que llevar a España. No sé porqué pero tengo un flashback y también me acuerdo de lo mal que me sentó el puro de La Habana. Entro en la tienda del hotel –donde venden puros, ron, etc–. Pregunto por el precio de los puros que me han encargado. Parece que se salen del presupuesto. Mientras estoy pidiendo precio, Diego entra en la tienda. Me enseñan otros tipos de puros. Diego también pide precio. No vamos a comprarlos allí pero al menos ya tenemos un precio de referencia para cuando los compremos. Cuando salimos de la tienda, todo el grupo nos está esperando en los sillones del lobby. Cambio el dinero que he traído para los puros de euros a pesos convertibles. Supongo que me van a dar el palo con la comisión de cambio del hotel pero al final no es para tanto. Ya estamos todos listos. Salimos del hotel y nos dirigimos a la parada del bus turístico, a unos 500 metros del hotel.

Grupo saliendo del hotel
Grupo saliendo del hotel

Cuando llegamos a la rotonda donde se encuentra la parada del bus turístico, un policía cubano que anda por el lugar nos dice que el autobús ha salido hace apenas cinco minutos y que tenemos que esperar media hora hasta las 17:30 para coger el siguiente. Vaya mala suerte. Vemos que alquilan ciclomotores. Discutimos sobre si cogemos unas motos para bajar a Varadero pero decidimos que es mejor que no. Mejor esperamos al autobús. Mientras esperamos a la sombra de los árboles de la rotonda, aparece Dengue II, el perro que vimos anoche beber de la piscina del hotel y restregarse por las hamacas. Para hacer tiempo, cantamos la pegadiza canción que hemos aprendido esta mañana: “Laralalala Iago huele a pis, laralala Iago huele a pis, laralalala Iago huele a pis, laralala”.

Por fin llega el autobús. Es de dos pisos; el de arriba es descubierto, como en cualquier bus turístico. Nos soplan 5 CUC por subir aunque con el billete podemos viajar todas las veces que queramos en un mismo día –por eso hemos preferido coger el bus que unos taxis–. Las calles en Varadero no tienen nombre sino números ya que hay una calle principal que recorre de punta a punta la estrecha península de Varadero y el resto de calles –calle 1, calle 2, calle 3, etc– cortan perpendicularmente a la calle principal. Nos bajamos del autobús en la calle 13, junto a un pequeño mercadillo donde venden productor artesanos, sobre todo de cuero y madera. Jorge M. y Iago, asesorados por Sara, compran dos bolsos.

Hace mucho calor. Voy con Diego al otro lado de la calle a comprar unas botellas de agua. Nos volvemos a reunir con el grupo y vamos todos hacia otro mercadillo más grande, un poco más adelante, en la calle principal de Varadero. Empezamos a dar vueltas por el mercadillo, buscando regalos para traer a España. Algunos tienen una habilidad especial para encontrar regalos –o para encontrar a alguien a quién regalarle lo que encuentran–. Después de un rato dando vueltas, el grupo está completamente disperso. Encuentro a Jorge y Javi merodeando entre los puestos del mercadillo. Jorge, al igual que yo, no ha encontrado todavía nada para regalar. De pronto vemos unas cajas de madera con la bandera de cuba en la tapa. Una señora de unos 80 años nos atiende y nos explica que las cajas son un poco caras porque son de fresno –del que cagó el moro–. Intentamos regatear con ella pero no hay manera. Se acerca un chico cubano que está al cargo de un puesto cercano. “No regateéis con ella que no se la da bien. Lo que se la da bien es…” y el cubano hace un gesto con la mano, como si se estuviera lavando los dientes pero sin cepillo, ya me entendéis –puede haber niños leyendo–. “No veis que no tiene dientes”, añade el cubano. Entonces, fuera de todo pronóstico –en España eso es equivalente a como mínimo un tortazo–, la anciana se echa a reír. “Como son. Os creéis que eso es manera de tratar a una anciana”, comenta entre risas. La mentalidad de esta gente es alucinante. Finalmente compramos dos cajas de fresno, sin regateo.

Telecos en el mercadillo de Varadero
Telecos en el mercadillo de Varadero

Busco al resto de gente por el mercadillo. Veo a Diego y Carlos (Gandalf) mirando unas banderas y jarras del Che. Pillo a Diego desprevenido y le doy un susto, agarrándole fuerte del brazo. Veo a Iván con otra caja más grande que la mía. “Es un joyero para mi novia. Me lo han grabado con un dibujo de una puesta de sol por dentro. Lo han hecho con un quemador”, dice. Me gusta. Voy a por otro exactamente igual. El cubano que los graba es bastante simpático. Nos regala un coche de madera pequeñito.

El cochecito que nos regaló el tío que grababa las cajas
El cochecito que nos regaló el tío que grababa las cajas

Volvemos con el resto del grupo a la parada del autobús. Vamos a adentrarnos un poco más en Varadero, hasta el mercado del Caracol. Nos sentamos en una terraza a esperar al autobús. Diego se pide una cerveza Bucanero y otra Cristal. No es que tenga sed. Tampoco es que se quiera emborrachar a las 19:00. Lo hace porque colecciona botellas y chapas de cerveza de todo el mundo.

Llega el autobús. Cuando pasamos por la calle 44 hacemos la típica broma de la calle 44. Ya sabéis, la canción infantil: “en la calle-lle cuarentra y cuatro-tro se ha cometido-do un asesinato-to porque una vieja-ja mató a su gato-to con la punta-ta del zapato-to”. Está anocheciendo cuando llegamos al mercado del Caracol. El conductor del autobús nos advierte que el último autobús sale a las 20:30. Bajamos y entramos en una especie de estanco, pues venden puros y más cosas de estánco. Le cuento al dependiente el encargo que traigo desde España. Parece que es un tío que entiende bastante de puros pues no para de hablar de ellos. Aprovecho para contarle mi experiencia con el puro en La Habana. Me explica que lo más probable es que fuera tabaco de mala calidad pero que pudo influir el que no esté acostumbrado a fumar puros. También aprovecho para preguntarle si hay tanta diferencia entre unos puros u otros. “Ay amigo, pues como cuando los españoles me hablan de un vino o de otro, si a mí todos me saben igual”. Al final encontramos unos puros que entran dentro del presupuesto que traía: los famosos Cohiba Lanceros. El resto de gente compra algún que otro puro suelto para llevar de regalo a España. Cuando salimos de la tienda, se nos acerca un cubano y nos ofrece los mismo puros que acabo de comprar, pero a un precio 25 veces inferior. “Seguro que me fumé unos de esa tirada en La Habana”, comento. Los rechazamos. Nos ofrece ron. Lo rechazamos. Nos ofrece droga. La rechazamos. Nos pide dinero. Le damos unos céntimos de peso convertible para que nos deje en paz. Lo hace. Se nos acerca otra pareja de cubanos y nos dan unos panfletos de publicidad de la discoteca La Comparsita. “Mu buena fiesta mañana mi helmano”, nos dicen. Pues si hay tan buena fiesta habrá que ir.

Volvemos a la parada del bus. Cuando llega y montamos, somos los únicos que estamos viajando en el autobús. Subimos al piso de arriba ya que la temperatura es todavía muy agradable. Paramos en un semáforo y Diego aprovecha para hacer una foto a una pintada en una casa.

Pintada en la fachada de una casa en Varadero
Pintada en la fachada de una casa en Varadero

Cuando ya estamos llegando a la parada del autobús que está cerca de nuestro hotel ocurre algo inesperado. Por el camino bromeamos sobre la posibilidad de que una de las ramas de los árboles de las calles de Varadero nos golpeara en la cara. De hecho estuvimos gran parte del camino esquivándolas entre gritos y risas. Pero de pronto… ¡Zas, en toda la boca! Carlos (Madejón) se come –literalmente– la rama de una palmera con cáscara y todo. No podemos parar de reír. “Pues no sé de qué hostias os reís porque me he hecho daño de verdad”, dice Carlos enfadado, lo cual provoca más risas en el grupo. Seguro que si se hubiera llevado el ramazo esta mañana, bajo los efectos de los jugos de naranja con un chorrito de ron, hasta él mismo se hubiera reído.

Por fin llegamos al hotel, a eso de las 21:00. Subimos a nuestras respectivas habitaciones a descargar la mercancía que hemos comprado en Varadero. Bajamos a cenar al buffet. Allí encontramos a Nacho, que ya está prácticamente recuperado de su enfermedad. Nos cuenta sus aventuras y desventuras en Santa Clara –más desventuras que aventuras pues quitando la visita a la tumba del Che no han visto mucho más–. Volvemos a sentarnos en la mesa de anoche. En la cena probamos unas extrañas bolas de carne, cuyo sabor aun no podemos identificar. Cuando llega la gente de Magisterio se monta un poco de lío porque parece ser que han reservado unas mesas para cenar todos juntos, ya que están celebrando el cumpleaños de Pablo. El lío no va a mayores porque la gente del hotel les prepara enseguida unas mesas.

Terminamos de cenar y subimos a ducharnos. Antes de subir quedo con Iván a las 22:30 en el bar del lobby para tomarnos unos algos hasta que venga el resto de gente, a las 23:00. Cuando llego a la habitación, me encentro allí a mis dos compañeros de cuarto con un invitado. Al parecer han llegado al hotel unos conocidos de David y Kike de Salamanca. Me quedó un rato hablando con ellos. Finalmente me ducho y me maqueo un poco. Son sólo las 22:00 pero decido bajar al espectáculo de la piscina, que ha empezado a las 21:30. Mientras voy hacia la zona de la piscina, el deejay pone “Dj Tiesto – Lethal industry”. Aun no salgo de mi asombro. Es la primera vez que escucha trance en Cuba. La noche promete. Me pido un jugo de naranja con un chorrito de ron en el bar de la piscina y me siento en una silla a ver el espectáculo. Hoy no está bailando la gente de animación del hotel sino que han preparado una especie de competición de chicos –canadienses– contra chicas –una española y el resto canadienses–. Están jugando a un juego que consiste en que la animadora –que curiosamente es la profesora de baile del hotel– dice un objeto y los dos equipos tienen que intentar recuperar la mayor cantidad de ese tipo de objeto de entre el público. “Muy bien chicos, ahora traedme todos los pantalones que podáis”. Los participantes se ponen a correr como locos entre el público pidiéndoles sus pantalones. Un canadiense –con el que más tarde entablaríamos amistad Javi, Iván y yo– viene derecho a mi me pide los pantalones. “Pues va a ser que no artista”, le respondo en español. Parece que ha captado la idea. Después de los pantalones, los equipos también tienen que recuperar condones y sujetadores de entre el público. Gana el equipo de las chicas por goleada.

El espectáculo termina a las 22:45. Cuando llego al lobby me encuentro a Iván y Iago esperándome. Les cuento lo del espectáculo. Nos pedimos unos juegos de naranja con un chorrito de ron y salimos a las hamacas de la piscina a esperar al resto. Aparecen al rato. Nos cuentan que se han acabado los hielos en el hotel –cosa que no he comentado hasta ahora pero que sucede con bastante frecuencia–. Intentamos convencer a un tipo del hotel para que nos pongan algo de música en la zona de la piscina pero no hay forma de hacerle entrar en razón. Como en el hotel de al lado –un hotel de la misma cadena que el nuestro ya que el edificio es exactamente igual al nuestro– tienen música en la piscina, decidimos ir a investigar Iago, Iván y yo. El resto del grupo se queda en la discoteca de nuestro hotel.

De lo primero que nos damos cuenta al llegar al hotel –ya que vemos a varias personas salir de él– es que la pulsera en este hotel es blanca y no verde. Lo solucionamos dándonos la vuelta a nuestra pulsera ya que su reverso es, curiosamente, blanco. En la zona de la piscina tienen montada una especie de carpa con una barra de bar y música. Está muy bien preparado pero no hay nadie. Decidimos arriesgarnos con nuestra pulsera improvisada y pedir una copa en la piscina pero nos dicen que van a cerrar ya. Decidimos dar una vuelta por los alrededores y por el interior del hotel. No tiene nada que ver con el nuestro. En este hotel la petanca tiene todas las bolas, al campo de minigolf le cortan regularmente el césped, el billar tiene bolas y palos, los ascensores funcionan, hay gimnasio, etc. Toda una serie de detalles que marcan la diferencia entre un hotel –éste– y un hotel de mierda –el nuestro–.

Decidimos volver a nuestro hotel. Encontramos al resto del grupo en la discoteca. A la gente le cuesta arrancar pues el deejay no para de poner reggeaton del malo –lo de que hay reggeaton bueno se podría discutir–. También se le va la mano y nos pone cuatro canciones seguidas del amigo Bisbal. A medida que se vacían los vasos, la gente va arrancando. En un momento dado hasta hacemos una conga.

Javi se equivoca y baila la variante de la conga con el culo en pompa
Javi se equivoca y baila la variante de la conga con el culo en pompa

La gente va cayendo poco a poco pero los que quedamos lo damos todos. Enloquecemos cuando empieza a sonar el “Yves Larock – Rise up”. Tampoco falta el “Dj Otzi – Hey baby”. A las 3:00 en punto paran la música de la discoteca. La gente quiere más. Un par de canadienses –uno de ellos es el que intentó quitarme los pantalones hace unas horas– se acercan a hablar con Nacho y conmigo. No sé cómo ni por qué, pero los cuatro terminamos gritando: “Fucking shit, fucking shit”. Al cabo de unos segundos lo está gritando toda la discoteca. En ese momento me doy cuenta de lo fácil que es manipular a un grupo de gente que ha ingerido grandes cantidades de alcohol. Alguien sugiere que sigamos la fiesta en la playa. Dicho y hecho. Subo a por el bañador y la toalla. Cuando bajo ya no queda ningún teleco en pie salvo Javi e Iván, que están con el bañador puesto y toalla en mano. Vamos a por unos jugos de naranja con un chorrito de ron para el camino y nos dirigimos a la playa.

Dándolo todo en la playa con Javi e Iván
Dándolo todo en la playa con Javi e Iván

Por el camino hacia la playa nos encontramos a los dos canadienses del “fucking shit” y les invitamos a que vengan a la playa. Uno está bastante borracho y apenas se tiene en pie pero el otro parece que quiere aprender español. No para de preguntarnos cosas. Le enseñamos a decir playa, arena y agua. De repente alguien grita: “¡¡¡al agua!!!”. No sabría decir cuanta gente hay en la playa pero tal vez unas 30 o 40 personas. Dicho y hecho, todos al agua. “A cualquier que le cuente que el primer baño en la playa de Cuba me lo he dado a las 3:30 de la mañana”, nos dice Iván. Salimos del agua. No hace falta que nos sequemos con las toallas porque la temperatura es muy agradable.

Justo en este preciso instante entendemos porque el tipo del hotel nos advirtió el primer día que no hiciéramos fogatas. Apenas podemos resistir la tentación de hacer una pero finalmente nos portamos como chicos buenos y nos la hacemos. Decidimos, como otra mucha gente, ir a quitarnos la arena a la piscina –si ya está llena de mierda qué más da que se ensucie un poco más–. No nos lo pensamos dos veces. Directos al agua. Hoy sí que está buena.

En la piscina a las 4:00 de la madrugada
En la piscina a las 4:00 de la madrugada

El canadiense que quiere aprender español nos pregunta: “¿cómo show me?”. “Muestra o enseña”, le responde Iván. Y de pronto, sin nadie decirle nada más, comienza a gritar como loco por toda la piscina: “¡Muestra tus domingas! ¡Muestra tus domingas!”. No paramos de reírnos con el canadiense. Tratamos de enseñarle a decir: “Estoy envuelto en llamas y bailo”. Y casi lo conseguimos.

Salimos del agua para secarnos pero no encuentro mi toalla. Iván y Javi se suben a dormir mientras yo me quedo buscándola. Como no aparece decido subir a buscarlos por si la han cogido por error. Iván dice que no. Javi también dice que no pero se cambia otra vez y baja conmigo para ayudarme a buscarla. Aparece debajo de una hamaca, junto a la piscina.

Ya que estamos abajo aprovechamos para tomarnos el último jugo de naranja con un chorrito de ron. Aparecen Kike y David y nos acompañan. También aprovechamos para comernos un sándwich en el snack bar antes de subir a dormir.
Suficiente por hoy. Son las 5:00. Subimos a dormir. En ese momento no sabía que dentro de dos horas y media empezará mi día más largo en Cuba…

Jueves 13 de marzo: visita a la discoteca Mediterráneo o el día que Carlos y Sara rompieron la pista de baile

Son las 9:30. Un ruido me despierta. Pum pum pum pum. Cada vez suena más fuerte. PUM PUM PUM PUM. Logro distinguir una voz: “My dream is to fly over the rainbow, so high”. ¡No me acordaba de que había cambiado el molesto pipipipii pipipipii de mi móvil por el “Yves Larock – Rise up” como tono de despertador! David y Kike también se despiertan con la música. Nos levantamos bailando y cantando de la cama, la mejor manera de empezar el día. David y Kike van a hacer una excursión pero el resto del grupo no tenemos planes para hoy. Me pego una ducha y llamo por teléfono –el interno del hotel, claro está– a la habitación de Nacho, Javi y Carlos. Me responde Carlos. Me dice que pase a recogerlos por su habitación para ir a desayunar. Me pongo el bañador, me doy crema y cojo la toalla. Bajo a buscar a éstos con el kit completo de piscina-playa. Llegó a su habitación tras la habitual espera de cinco minutos al ascensor. Toc toc. Carlos abre la puerta. Ya están listos –con sus kits completos de piscina-playa– pero Nacho decide quedarse en la habitación porque está bastante fastidiado, incluso tiene algo de fiebre. “Mejor descansar un poco que estar mañana peor”, comenta.

Son las 10:30. El buffet libre del hotel ya está cerrado. Esperamos cinco minutos al ascensor del hotel y bajamos directamente a desayunar al snack bar que está fuera del hotel. Nos recibe una amable camarera. No para de lanzarle piropos a Carlos: pipo, mi amor… Javi y yo nos reímos y la camarera nos pregunta que por qué. Nos dice que en Cuba todos hablan así, que no nos molestemos. Carlos no parece molesto sino encantado. La camarera nos dice que tenemos para elegir como desayuno: perro (caliente), hamburguesa, sándwich de jamón y queso y bocadillo de atún. Menudo desayuno. Vamos a hacer la dieta del perro en Cuba –sorprendentemente todos volvimos con kilos de menos–. Javi pide un bocadillo de atún y Carlos y yo una hamburguesa. La camarera tarda poco en servirnos y nosotros tardamos menos en comérnoslo. Mientras desayunamos, observamos a unos curiosos pájaros negros que invaden todo el snack bar. Parecen bastante sociables porque se acercan a la gente sin ningún miedo. De pronto, uno de los pájaros comienza a hincharse hasta límites insospechados. Cuando parece que va a explotar deja de hincharse y parece que quiere emitir un sonido. “Por lo menos va a rugir”, comenta Javi mientras no perdemos de vista al pájaro.

Pájaro hinchable cubano
Pájaro hinchable cubano

El pájaro negro abre la boca y, contra todo pronóstico, emite un sonido de mierda, casi inaudible. Vaya decepción. Nos levantamos y vamos a la playa. Aun no ha llegado nadie del resto del grupo así que cogemos tres hamacas y empezamos a tostarnos vuelta y vuelta al sol –Carlos lo hace literalmente–. Sara, Ana, Carlos (Relojes), Jorge, Diego y Jorge M. no tardan en llegar a la playa. Nos quedamos un rato charlando en las hamacas de la playa. Hace calor y tengo sed. Me levanto a pedirme un cóctel de algo al restaurante de la playa, que también funciona como bar.

Bar restaurante de la playa, donde comíamos y bebíamos todos los días
Bar restaurante de la playa, donde comíamos y bebíamos todos los días

Pido un cóctel de mil colores que creo que todavía no he probado. Me sabe igual que el resto: a azúcar. Veo a Iago e Iván jugando al basket, cerca del restaurante. Me acerco. Están jugando un veintiuno. Me uno. Gana Iván. Deciden jugar una bombilla. Me uno. Gana Iván. Deciden tirar unos tiros. Me uno. Vuelve a ganar Iván. Esta hecho un tío tiote del backet.

Tanto perder me ha vuelto a dar sed así que voy a por un par de cañas al bar de la piscina para Iago y para mí. Mientras estoy pidiendo, me doy cuenta de que hay mucho jaleo en la piscina. ¡Ah claro, es la clase de aquagym! Allí están Sara, Ana y Jorge M. haciendo aquagym. Parece que se lo están pasando piruleta. Tengo que probar esto del aquagym. Quizás mañana. Vuelvo con las dos cañas a la pista de basket. De camino me paro a saludar a mi amigo el Argentino. “Buenos días España”, me responde. Llego a la cancha de basket y nos quedamos tirando unos tiros. Al poco, la megafonía de la piscina anuncia que va a comenzar el bingo matutino. “Habrá que ir a jugar unos cartones, ¿no?”, les digo a Iago e Iván. Cuando llegamos a la piscina, Sara, Ana y Jorge M. están cada uno en su hamaca con un cartón, si es que se les puede llamar así ya que en realidad son unos rectángulos de piel con unas ventanas donde se ven los números, que se pueden tapar con una tapa deslizante de plástico. Que modernos estos cubanos, están a la último en cuanto a bingos se refiere. Sara nos cuenta que ya no hay más cartones así que nos quedamos con ellos mientras cantan los números. “Línea de la b. Bi lain. Veeeeintiuno. Dos uno. Tuentiguan. Chu guan”, comienza cantando por la megafonía de la piscina el cubano encargado de sacar las bolas del bingo. Después de unas cuantas bolas, Sara y Ana no van mal pero Jorge M. apenas ha tapado uno o dos números. “Y ahora el número que todos estabais esperando España. En la línea de la g. Lli lain. Sesenta y nueve. Sisti nain”. Que cachondos estos cubanos. Después de unas cuantas bolas –yo creo que todas menos media docena– una chica de magisterio canta bingo. ¡Jo que suerte! ¡Se lleva una botella de ron Mulata como premio (sí, ese que sirven en el hotel con todos los cócteles y que sabe a rayos)! Termina el bingo. Sara, Ana y Jorge M. vuelve a la playa con el resto. Un canadiense entabla una conversación con Iván porque lleva una camiseta de Garbajosa. Iván queda con el canadiense para echar un partido de basket España – Canada a las cinco y media de la tarde. Vuelve con Iago y conmigo y nos cuenta lo del partido. El canadiense y sus amigos son enormes pero les vamos a machacar esta tarde.

Como hace mucho calor, nos damos un baño en la piscina. No tarda en unirse al baño Diego, que llega desde la playa. Iago sale de la piscina para pedirle un balón a nuestro amigo el Argentino. Mientras tanto, Diego aprovecha para perrearnos a Iván y a mí en la cara. No se lo recomiendo a nadie. Iago vuelve con el balón al agua y jugamos a “A, E, I, O, U”. El mecanismo del juego es muy sencillo a la par que violento: vamos pasándonos la pelota mediante toques, sin que caiga al agua y cantando las vocales por orden; al que le toque la letra U tiene que rematar el balón contra la cara (o la parte del cuerpo que salga del agua que él prefiera) de uno de los otros tres que esán jugando. Todos (sobre todo Diego y Iago) nos llevamos algún que otro balonazo. Iván incumple las reglas del juego rematando el balón cuando canta la letra O y se lleva una ronda de castigo (saltamos desde el borde de la piscina y le lanzamos el balón a la cara mientras estamos en el aire). Decidimos dejar de jugar porque al final salimos a hostias de la piscina. Iago sale de la piscina. Salimos de la piscina cuando aparece el resto del grupo. No tenemos mucha hambre pero decidimos ir a comer al restaurante de la playa. Hay bastante gente así que nos toca sentarnos separados. Yo me siento con Iván, Diego, Iago y Ana. Mientras estamos comiendo el primer plato (pasta y varitas de merluza Capitán Pescanova, pero de pollo), una chica de la mesa de al lado nos pregunta que si somos de Valladolid. Le respondemos que sí. Nos pregunta que si también hemos venido con Marta de Viajes Eroski. Le volvemos a responder que sí. Entonces nos cuenta que ellos también son de Valladolid y han venido con Marta. Nos dice que la han llamado ayer para contarla que las condiciones del hotel no son las de uno de cuatro estrellas (y tiene toda la razón). Por lo visto Marta les dijo que iba otro grupo de Valladolid para allá en breve (es decir, nosotros) y que ya buscaría alguna solución porque nos le iba a llevar a ese hotel (pues va a ser que sí). Que eficiente es Marta de Eroski…

Continuamos con la comida. Todos pedimos hamburguesas de segundo plato. Cuando nos las traen, Iván comenta que hay dos tipos de personas: las que se echan el kétchup en la carne de la hamburguesa y las que se lo echan en el pan. Hasta entonces nunca lo había pensado pero tiene razón. Lo que no sabe explicarnos es qué diferencia hay entre esos dos tipos de personas, aparte de que se echan el kétchup en diferentes sitios de la hamburguesa. Terminamos de comer enfrascados en esa discusión filosófica. Yo subo a la habitación a darme crema para no quemarme con el sol y lavarme los dientes. Aprovecho para pasar a ver qué tal está Nacho, que no ha bajado de la habitación en toda la mañana. Tiene mal aspecto, además de fiebre. Le dejo descansando en su habitación y bajo con el resto del grupo a la piscina. Va a comenzar la clase de salsa…

Mientras espero al ascensor para bajar a la piscina –ya sabéis, la espera es del orden de unos cinco minutos– aprovecho para practicar los pasos que aprendimos en la clase de ayer. Dominados. Me reúno con el resto de telecos en la piscina. Esperamos a que terminen los crazy pool games para comenzar la clase de salsa. El crazy pool game de hoy es una especie de minigolf pero en lugar de meter las pelotas en hoyos hay que pasarlas por unos aguajeros situados en un panel de madera, dónde cada agujero tiene una diferente puntuación. Vuelve a ganar el tal John que ganó ayer al juego de las anillas. Le dan como premio otra botella de ron Mulata –espero que no se esté bebiendo todas las botellas que está ganando–. La clase comienza. Hoy somos mucha más gente que ayer. Volvemos a dar los mismos pasos de ayer, para afianzar conceptos. Al terminar la clase, igual que ayer, Carlos (Relojes) nos enseña algún paso nuevo –básicamente no enseña a dar una vuelta y a hacer una figura llamada Dile que no, aunque, no sé porque motivo, Iván y yo lo llamamos No me mires–. Una pareja de cubanos que trabaja en la animación nocturna del hotel se acerca a nosotros entre risas. Les hace gracia como bailamos. Nos hace una demostración gratuita de cómo se baila la salsa cubana –bailan de lujo– y nos dan algún que otro consejo.

Aun con la musiquilla en la cabeza, nos damos un baño y practicamos salsa dentro del agua. “Estoy en la piscina y bailo”, comenta Iván, haciendo un guiño a la célebre frase de los Simpsons “Estoy envuelto en llamas y bailo”. Nos reunimos con el resto en las hamacas de la piscina. Son las 17:30 y los canadienses no han aparecido. Parece que no hay partido. Pasamos el resto de la tarde jugando a las cartas y tomando cócteles. Probamos, por sugerencia de Carlos (Relojes) el juego de naranja con ron. No sé cómo no se me ha ocurrido antes, si es lo que bebo en Valladolid. Cojonudo. Desde ese momento no bebo otro cóctel en el hotel que no sea jugo de naranja con un chorrito de ron –y que el resto del grupo hace lo mismo–.

Sara y Jorge se van a merendar unas patatas al snack bar donde desayunamos. Uno de nosotros –cuya identidad no revelaré por petición suya– aprovecha para sacar su lado más femenino poniéndose el bikini de Sara.

¿Quién será el misterioso encapuchado?
¿Quién será el misterioso encapuchado?

Pasamos lo que queda de tarde jugando al comemierda. Ya es el juego oficial de teleco en Cuba. Cuando son las 20:30 decidimos subir a la habitación para darnos una ducha y arreglarnos antes de cenar. Hoy hay fiesta en una discoteca que se llama Mediterráneo. Parece ser que los animadores del hotel nos llevan allí –seguro que les dan una buena propina por llevarnos a esa discoteca–. Hemos quedado con ellos a las 23:00 en la puerta del hotel. Entro en el hotel con Iván y Iago. Esperamos al ascensor. Bailamos salsa mientras esperamos –como no–. El ascensor llega al lobby y montamos. Monta mucha más gente. El ascensor está lleno y se enciende el cartel luminoso de exceso de peso. Una señora gorda –canadiense para más señas– comienza a gritar como loca: “¡¡Chuuuuuuufuuuuuul chuuuuuuuufuuuuuuuuul!!”, es decir too full –demasiado lleno–. Una pareja de españoles –los últimos que han subido al ascensor– se baja para que el ascensor se pueda poner en marcha. Subimos a nuestras habitaciones y nos duchamos y arreglamos.

Como la tele de mi habitación no funciona, decido bajar al bar del lobby a tomar un juguito de naranja con un chorrito de ron mientras espero al resto del grupo. No tardan en aparecer. Subimos a cenar. Conseguimos una mesa al fondo del comedor para cenar todos juntos. Aparece Nacho, que ya se encuentra algo mejor pero no va a salir por la noche. No cenamos mucho. La comida no ha mejorado mucho al llegar a Varadero. En el buffet conozco a una pareja de españoles muy simpática que también están pasando unos días en Varadero. Terminamos de cenar. Subo a lavarme los dientes antes de salir. También suben Diego, Iago e Iván. Cuando llego a mi habitación, Kike y David se están preparando para salir. Los dos llevan puesta la misma camiseta. Original por cierto. David me explica que es una técnica para ligar.

¿Funcionaría la técnica para ligar?
¿Funcionaría la técnica para ligar?

Termino de lavarme los dientes y voy a recoger a Iago, Diego e Iván a su habitación. Mientras esperamos al ascensor para bajar al lobby, Diego nos graba a Iván y a mí bailando una salsa. Aun nos queda mucho que repasar.

Como todavía son las 21:30 y no hemos quedado hasta las 23:00 para ir a la discoteca, vamos a ver el espectáculo de baile que organiza el hotel en la piscina. Mientras disfrutamos del espectáculo, nos tomamos un juguito de naranja con un chorrito de ron. El espectáculo no está mal aunque damos alguna cabezada que otra –como cuando vimos el espectáculo del hotel La Riviera en La Habana, pero menos–. En el espectáculo actúa la pareja de cubanos que nos ha dado los consejos de salsa por la tarde.

Vamos a hacer tiempo hasta las 23:00 al bar del lobby. Cae algún juguito de naranja con un chorrito de ron más. Por fin son las 23:00. Nos dirigimos a la puerta del hotel aunque hay bajas de última hora. Parece que, de nuestro grupo, sólo vamos a la discoteca Jorge M., Sara, Ana, Carlos (Relojes), Iván, Javi, Iago y yo. La recepcionista se ha encargado de pedir unos cuantos taxis. Nosotros nos repartimos en dos taxis: Jorge M., Carlos, Ana e Iván en uno y Javi, Iago, Sara y yo en otro. El taxi de Jorge M. y compañía va adelantando como un loco al resto de taxis por lo que llegan a la discoteca en un tiempo record. Nosotros tardamos algo más en llegar. Los taxis en Varadero funcionan con taxímetro –nada de negociar precio– así que pagamos 7 CUC por la carrera. Esperamos a que llegue el resto de gente del hotel que también viene a la discoteca. Mientras esperamos vemos como el taxi que ha traído a Jorge M. y compañía hace el doble de carreras que el resto. Que bárbaro.

En la puerta de la discoteca hacemos un repaso rápido con Carlos de los pasos básicos de la salsa. Mientras me lo explica, se le cruce un cable, me agarra y me echa hacia atrás, haciendo la típica figura para acabar un baile.

No somos Carlos y yo (por si había dudas) pero así es como Carlos cargó con mis 72 kilos
No somos Carlos y yo (por si había dudas) pero así es como Carlos cargó con mis 72 kilos

El codo de Carlos emite un sonido un tanto desagradable, como cuando algo se rompe en mil pedazos. Parece que se ha hecho daño de verdad. Aun así no me ha dejado caer al suelo, lo que dice mucho sobre su profesionalidad a la hora de bailar. Carlos hace un movimiento brusco con el brazo y el codo parece volver a su sitio con otro crack. Arreglado. Ya no le duele.

Por fin llega todo el mundo y entramos en la discoteca. Nos clavan 10 CUC por entrar –y sin derecho a consumición–. Cuando entramos nos sentimos un poco decepcionados. La discoteca no es más que un patio –es a cielo abierto así que menos mal que la temperatura es agradable– con árboles y un escenario al fondo. La cabina del deejay es la típica cabaña en el árbol de las películas americanas y se sube a ella por una escalera de madera. Al lado del escenario hay una barra más o menos grande, atendida por dos camareras. Alrededor de la pista de baile hay mesas y sillas de plástico. Nos hacemos con una mesa y ocho sillas. Discutimos sobre si merece la pena comprar una botella de ron y unas latas de Tukola entre todos y decidimos que sí. Carlos parece emocionado –siempre que hay alcohol de por medio Carlos parece emocionado–. Vamos a pedir Javi, Carlos y yo. Mientras estamos en la barra empieza la actuación: un grupo de cubanos toca música y canta en directo.

Escenario de la discoteca Mediterráneo
Escenario de la discoteca Mediterráneo

La actuación dura una hora y media aproximadamente –justo el tiempo que tardamos en bebernos la botella–. Cuando termina, el deejay empieza a pinchar house. Después de un rato de house, el grupo quiere bailar salsa –no hemos estado practicando mientras esperábamos al ascensor para nada–. Decido subir yo mismo a hablar con el deejay. Me juego el físico al subir por las escaleras de la casa del árbol a la cabina. Allí arriba me recibe el deejay con una sonrisa. Que simpáticos estos cubanos. Le voy a pedir un poco de salsa pero me lo pienso en el último momento. En lugar de eso le pido que me deje ponerme un par de discos, para matar el mono –en España soy deejay en mis ratos libres–. “Sin ningún problema helmano”. No me cansaré de repetirlo: ¡que gente tan simpática, coño! Me pongo un par de discos para matar el mono. El equipo que tienen nos es gran cosa pero me apaño. Le doy las gracias una y mil veces y bajo a la pista con el resto del grupo. “Que has hecho ahí arriba tanto rato. Nos tenías preocupados”, me comentan. Vaya, al final se me ha olvidado pedir salsa pero el deejay parece leernos el pensamiento porque en ese instante empieza a ponerla. Empezamos a darlo todo, todos con nuestros pasos de las clases del hotel. De pronto, Carlos y Sara empiezan a bailar. A los dos o tres minutos, toda la discoteca les hace un corro. Están partiendo la pista de baile. Una vuelta por aquí. Otra vuelta por allá. El paso secreto de Carlos de tocarse los talones. Increíble. Otra pareja que está bailando por la discoteca se acerca y se mete en el corro para hacerles la competencia a Carlos y Sara. Ella es cubana y él extranjero. Más que bailar se están restregando. No tardan en abandonar el corro, humillados. No tienen nada que hacer contra Carlos y Sara. A las 3:00 en punto, una cubana pega un berrido –parece la sirena de un barco– indicando que es la hora de cierre de la discoteca. Volvemos al hotel en taxi.

Ya en el hotel, decidimos darnos un baño nocturno así que subimos a ponernos el bañador. Jorge M. y Ana se van a dormir. Yo me juego el físico y subo por la escalera de incendios. Llego sano y salvo a mi habitación. Me pongo el bañador, cojo la toalla y bajo con el resto a la piscina. Allí encontramos a un perro, pariente de Dengue, que está bebiendo agua de la piscina y restregándose por las hamacas.

Dengue II
Dengue II

Mientras decidimos si nos metemos al agua o no –ya que está más fría de lo que nos imaginábamos– llega un grupo de unos diez canadienses a la piscina, todos con sus enormes jarras de cerveza llenas. Se meten al agua sin pensárselo dos veces. Cuando el más gordo –o uno de los más gordos porque todos son de buen comer– se tira en plancha, todos los canadienses gritan desde el agua: “¡¡¡Tsunami!!!”. Al final Carlos y Javi se animan y se tiran al agua. Yo estoy a punto de tirarme también pero que a Carlos le castañeen los dientes no me parece una buena señal así que me lo pienso dos veces. En lugar de eso me voy a por un sándwich con Sara y Iago al snack bar donde desayunamos. Cuando volvemos, Carlos y Javi están saliendo del agua. No pasan mucho calor que digamos.

Carlos jodido de frío
Carlos jodido de frío

Se terminan de secar. Vamos todos a por otro sándwich. Decidimos que ha sido suficiente por hoy. Todos a dormir.

Miércoles 12 de marzo: el viaje a Varadero o nuestro primer día de playa

Pipipipii pipipipii. Hoy no me molesta el ruido del despertador de mi móvil. Son las 9:00. He dormido unas trece horas –salvo el susto que me dieron mis tripas por la noche–. Aun así éste sería el último día que me despertara ese dichoso ruido –el de las tripas y el del móvil–. Hoy toca cambio de aires: abandonamos el Deauville en La Habana para alojarnos en el Punta Arenas en Varadero, un hotel con 24 horas todo incluído, o eso nos hicieron creer al contratarlo. Carlos y Nacho también se levantan. Les pregunto cómo les fue anoche. Me cuentan que estuvieron en Coppelia –una famosa heladería– comiendo un helado y que algunos (ellos no) volvieron en Cocotaxi. Vaya, parece que me voy a ir de La Habana sin montar en uno.

PCarlos y Nacho me cuentan que estuvieron en Coppelia y que algunos volvieron en Cocotaxi
Carlos y Nacho me cuentan que estuvieron en Coppelia y que algunos volvieron en Cocotaxi

Por lo visto Carlos, Nacho y Javi estuvieron visitando la oficina de interesas americanos en La Habana antes de volver al Deauville. Otra cosa que me quedo sin ver.

Nos duchamos y bajamos a desayunar la misma mierda comida de cada mañana. Tomo mi habitual tazón de leche con chococereales y mi sucedáneo de jugo de naranja. Subimos rápidamente a la habitación ya que tenemos que abandonarla antes de las once. Hacemos las maletas. Yo no lo tengo muy difícil ya que no he sacado nada, sólo lo que he ido usando cada día. Aún así me cuesta cerrarla. No he metido nada que no trajera de España y me cuesta cerrarla. ¡Qué va a ser de mí cuando tenga que hacerla en Varadero! Revisamos una y mil veces la habitación: debajo de las camas, en los cajones del armario, en las sillas, de nuevo debajo de las camas… Parece que no nos dejamos nada. Antes de abandonar la habitación, una de las camareras va a pasar por ella para comprobar que no hayamos roto nada y podamos recuperar la fianza de 15 CUC por barba que depositamos al llegar al hotel. Me doy cuenta de que faltan los dos vasos que saqué de la habitación el lunes por la noche. Como los bajé a la habitación de Sara y Ana no sé me ocurre nada mejor que bajar a su habitación a preguntarlas por los vasos. Al llegar a la quinta planta me encuentro a Sara y Ana, maletas en mano, esperando el ascensor. “¿No sabréis dónde están los dos vasos que bajé el lunes por la noche?”, pregunto. “Ni idea pero Jorge M. se acaba de subir dos a su habitación”, me responden. El rastro de los vasos me lleva directamente a la habitación 1309. Le pregunto al Verjas por los vasos que ha cogido de la habitación de Sara y Ana y me asegura que son suyos y que todavía les falta uno. Puede que sí, puede que no. Aun así decido ir a buscar un par de vasos a la habitación que más vasos ha reunido jamás en la historia del Deauville: la famosa habitación 302 –el centro de la fiesta por uno momentos el lunes por la noche–. Cuando llego a la tercera planta, un grupo de magisterio está en la puerta de la 302. Les pregunto por los vasos. Me dicen que tenían una montaña de ellos pero los han ido saqueando a lo largo de toda la mañana y no les queda ninguno. Mierda. Decido probar suerte en la 1308. Toc toc. Diego me abre la puerta. Le pregunto por los vasos. No tiene ni idea de donde pueden estar pero ellos tienen tres en su habitación. Le como un poco la oreja –en el buen sentido de la palabra– para que nos dé uno ya que sólo tenemos uno en nuestra habitación. Se hace de rogar pero termina cediendo. Vuelvo a subir a mi habitación con Nacho y Carlos a esperar a la camarera. En menos de cinco minutos vuelve aparece Diego reclamando su vaso ya que su camarera se ha puesto un poco cabrona con ellos. Se lo devolvemos. Tenemos que pensar en algo y rápido para convencer a la camarera de que no se chive a la recepción de que faltan dos vasos –quién sabe, a lo mejor nos quitan los 45 CUC de fianza por dos vasos–. No tardamos en encontrar una solución: una generosa propina seguro que la convence. Dejamos unos 10 CUC en la mesita de la habitación junto con una nota: “Perdón por los dos vasos que faltan. Esperamos que no haya ningún problema”. El mensaje no puede ser más claro: ¡te estamos comprando para que no te chives, coño! La camarera no tarda en llegar. Esperamos fuera de la habitación mientras ella la inspecciona. Cuando termina el registro sale y nos dice que faltan dos vasos. ¿Acaso nos está pidiendo más dinero? Nos hacemos los orejas: “Ya lo sabemos. Esperamos que no haya ningún problema”, dice Nacho. La camarera nos pregunta donde pueden estar los vasos. Parece que va a hacer todo lo posible por recuperarlos. Le decimos que es posible que estén en la 302 pero que ya hemos mirado. Entonces la camarera se asoma por las escaleras de la planta once y grita: “Maríaaaaaaaaaaaaaaaa, ¿hay dos vasos de sobra en la habitación tres cero doooooooooooooooooooooooos?”. Tras unos instantes de silencio se escucha desde la tercera planta a María: “Nooooooooooooooooooo”. Aun estamos convencidos de que nuestra camarera va a hacer todo lo posible por conseguir dos vasos pero todas nuestras esperanzas se van a la mierda cuando nos dice: “Pues lo siento mucho muchachos pero tendréis que pagarlos en recepción. Creo que son unos 65 kilos cada uno”. Será zorra. Encima 65 kilos por vaso. Mientras bajamos con las maletas a recepción y nos preguntamos qué coño son 65 kilos, Nacho sugiere volver a la habitación y pagar los vasos con la propina que le hemos dejado a la camarera. Sólo se queda en una sugerencia. Al llegar a recepción y devolver las tarjetas nos dicen que se van a quedar con 2 CUC de la fianza en concepto de dos vasos que hemos perdido. Bueno, tampoco ha sido para tanto.

Salimos del hotel con Iago, Iván y Diego. El resto ya se ha marchado en el primer autocar pero antes le han hecho una última foto al Deauville.

Todavía sigo preguntándome como el Deauville aguantó de pie las cinco noches que pasamos allí
Todavía sigo preguntándome como el Deauville aguantó de pie las cinco noches que pasamos allí

Antes de montar en nuestro autocar compramos agua en la tienda que está junto al hotel –la que nos ha provisto de ron y Tukola todos estos días–. Ahora sí que sí, subimos al autocar y arrancamos rumbo a Varadero. Avanzamos durante todo el trayecto por una carretera paralela a la costa. Por el camino, el señor conductor nos obsequia con una colección de los grandes éxitos cubanos del momento. Si tengo que elegir uno, sin duda alguna me quedo con el del celular, cuya letra no tiene desperdicio.

También suena el “Yves Larock – Rise up” –desde mi móvil–. Nacho y yo pegamos una cabezadita para que el viaje se haga más corto. Después de una hora y media de viaje –aproximadamente– nos detenemos en un mirador para descansar. En realidad nos han parado para comprar artesanía variada y consumir piñas coladas pero la mayoría aprovechamos la parada para descansar. Nos hacemos una foto en el mirador.

Parada en el mirador de la piña colada
Parada en el mirador de la piña colada

Entonces Diego e Iván deciden pedirse una piña colada. Me comentan que está muy rica. Yo ya estoy bien –aparentemente– de la tripa pero decido no jugármela con la piña colada. Diego e Iván insisten en que la piña está cojonuda. Me la juego y la pruebo. Mmm. La vuelvo a probar. Mmm. Una vez más. Decido pedirme una. Al carajo la tripa, tengo Fortasec de sobra. Cuando voy a pedir mi piña colada, Nacho y Javi ya tienen la suya. Nacho la añade un poco bastante más ron. Yo espero mi turno para pedir pero se ha acabado la piña colada y tienen que hacerla. No puedo esperar tanto porque el autocar se va así que voy a gorronear un poco de piña colada a Nacho y Javi. Creo que desde ese momento soy adicto a la piña colada.

Se acabó el tiempo de descanso así que volvemos a montar en el autocar. No tardamos en llegar a Varadero –apenas una hora–. El paisaje es completamente distinto al de La Habana: casas de una altura, pavimento en buen estado, etc. Se nota que esta ciudad vive exclusivamente del turismo. Cuando llegamos al hotel, el responsable de Angalia que viaja con nosotros en el autocar –el mismo con el que tuve la bronca por el autocar en la excursión de Viñales, aunque ya hemos limado asperezas– nos recuerda una y mil veces que no nos olvidemos nada en el autocar, que no vamos a volver a viajar en él y que probablemente no recuperemos nada de lo que nos dejemos. Supongo que en el otro autocar hacen las mismas advertencias pero aun así Ana decide olvidarse la cámara en el autocar –evidentemente fue más tarde cuando se dio cuenta del despiste–. El responsable de Angalia tiene razón; las cosas que se olvidan en un autocar cubano jamás vuelven junto a su dueño. Echamos un primer vistazo al edificio del hotel. No es que sea una maravilla pero venimos del Deauville, no puede ser peor.

Hotel Punta Arenas 24 horas todo incluido hasta que se acaba, en Varadero
Hotel Punta Arenas 24 horas todo incluido hasta que se acaba, en Varadero

Bajamos nuestros equipajes del autocar. Por suerte –para él– no hay ningún maletero estafador esperándonos para ayudarnos con el equipaje a cambio de 10 CUC. Entramos en la recepción del hotel y nos ofrecen un cóctel de bienvenida –un refresco de color rojo que yo no probé–. Nos repartimos las habitaciones. En este hotel voy a compartir la habitación 1510 –en la quinta planta, no en la quince– con David y Kike. Nos entregan las tarjetas de la habitación y nos ponen la pulsera verde que nos dará acceso a todos los servicios de “24 horas todo incluido hasta que se acaba” del hotel.

Son las 14:00 y tenemos hambre después del viaje pero antes ir a comer tenemos que escuchar una charla de uno de los responsables del hotel. Subimos a la discoteca, en la primera planta y allí nos explican las normas básicas de comportamiento del hotel. Nada que no sepamos. También nos explican las excursiones, carísimas por cierto. Por último nos advierten sobre una norma importante: “Si ustedes vienen tomados por la noche desde la discoteca, por favor, no hagan ruido ni armen escándalo en el hotel. En esos casos, van directos a la playa. Allí pueden continuar la fiesta. Pueden seguir tomando, pueden cantar, bailar, bañarse, incluso bañarse con la rependeja al aire. Pero hay una norma muy importante. No pueden hacer fogatas. Nada de fogatas en la playa”. No hacer fogatas en la playa cuando vengamos tomados. Entendido. Ahora sí que sí, vamos a comer. El buffet del edificio del hotel está cerrado así que tenemos que ir al restaurante de la playa. No tardamos en encontrarlo pues el hotel tampoco es tan grande. Nos acoplamos en varias mesas de la terraza del restaurante. Entramos y nos servimos el primer plato de entre todo lo que hay para elegir en el buffet. Parece que los espaguetis son el plato estrella. Pedimos unas cervezas en la barra para pasar las migas.

Atención al copete de mi plato de espaguetis
Atención al copete de mi plato de espaguetis

Después de comer un par de pinchos de espaguetis nuestras tripas empiezan a hacer sonidos raros. Aun estamos algo convalecientes del estómago –prácticamente todos– y parece que estos espaguetis no nos van a sentar nada bien. Nos volvemos a levantar y nos servimos arroz cocido. Cuando estamos terminando, una camarera se acerca para tomarnos nota del segundo plato, ya que el segundo te lo traen a la mesa. Nos da a elegir entre pollo, pescado, hamburguesa, perro –caliente– y cerdo. La mayoría pedimos perro. Ana y Javi piden pescado. No tardan en servirnos los segundos platos. No sé como Ana y Javi pueden comerse el pescado ya que su segundo plato les está mirando directamente a los ojos.

¿De dónde viene el humillo blanco que está aspirando Javi?
¿De dónde viene el humillo blanco que está aspirando Javi?

Terminamos de comer y nos quedamos hablando un rato en la sobremesa. El tiempo es soberbio y no tenemos ninguna prisa por marcharnos. Aun así todavía no hemos subido las maletas a las habitaciones así que decidimos que es un buen momento para hacerlo. Pasamos a recoger nuestras maletas por la recepción y nos llevamos nuestra primera sorpresa –desagradable– cuando vemos que sólo funciona uno de los tres ascensores que tiene el hotel. Aun no sabíamos todas las salsas que íbamos a bailar esperando al ascensor todos estos días. Mientras esperamos al ascensor vemos un cartel colgado en una columna. Es un horario de las actividades programadas por el hotel: aquagym, torneos de voleibol, fútbol y baloncesto, clases de baile,… ¡Clases de baile! Iván, Jorge M. y yo comentamos que no nos vamos a perder ninguna. No nos podemos ir de Cuba sin aprender a bailar salsa. Por fin llega el ascensor. Subo a mi habitación con David y Kike y nos instalamos en ella. Las vistas no son al mar, sino a un canal. No está nada mal de tamaño aunque todavía tienen que subir la cama supletoria. No estamos dispuestos a compartir cama entre nosotros. Somos demasiado viriles para eso. Yo me pongo el bañador y bajo en busca del resto del grupo mientras David y Kike se quedan vaciando sus maletas en el armario. Bajo a la recepción después de esperar un buen rato al ascensor. Allí no encuentro a nadie así que decido hacerme con una toalla de playa ya que no la he traído desde España. Seguro que las toallas se consiguen cerca de la piscina así que me dirijo para allá. Hay un bar junto a la piscina y hace calor, la excusa perfecta para pedirme un cóctel. Como soy adicto a la piña colada desde esta mañana pues me pido una piña colada. No tiene nada que ver con la del mirador pero se deja beber. Continúo con la búsqueda de la toalla y me acerco a una caseta que hay junto a la piscina. Sí, allí tienen que dar toallas. Fuera de la caseta hay un gorilón en traje y dentro hay otro tipo muy moreno y con tres dientes de oro –del que cagó el moro–. Mantengo una breve pero agradable conversación con el tipo de los dientes de oro –del que cagó el moro–.

- (Dientes de oro) ¿Argentina?
- (Yo) Pues no.
- ¿De dónde entonces helmano?
- ¿De dónde crees?
- Ah amigo. ¡¡ESPAÑA!!

Desde ese momento, el tipo cubano encargado de las toallas se ganó el mote de Argentino. Él me llamó desde entonces España. Fue el principio de una bonita amistad. Le pido una toalla. Me dice que hay que dejar un depósito de 10 CUC en recepción por la toalla, que me lo devuelven cuando la entregue. Como no tengo dinero encima, tengo que subir a la habitación a por el dinero. Paso de esperar al ascensor así que busco las escaleras para subir andando. No están dentro del hotel. La única escalera por las que uno puede subir a las habitaciones es la escalera de incendios, que va por fuera del hotel. Podéis verla tres fotos atrás, en la foto del hotel, en la parte derecha del mismo. Subo a mi habitación por la escalera de incendios. Es muy inestable y los escalones no están separados por la misma distancia unos de otros. Tomo nota mental: “no subir ni bajar por esta escalera de noche”. Mientras subo, me cruzo con David y Kike, que bajan por la escalera. Van a la playa. Sigo subiendo y por fin llego a la habitación. Cojo los 10 CUC y bajo por la escalera –paso de esperar al ascensor– hasta la recepción. Allí me entregan una hoja de papel a cambio del depósito de los 10 CUC. Me dirijo de nuevo a la caseta de la piscina. Allí siguen el gorilón y el Argentino. Le entrego la hoja de papel al Argentino y él me entrega a cambio una toalla.

Como sigo sin encontrar al grupo decido probar suerte en la playa. La arena está llena de conchas y te destroza los pies a cada paso que das. Nada, ni rastro del grupo. Veo a David y Kike así que me quedo un rato con ellos. Me doy mi primer baño en aguas cubanas –en aguas saladas porque ya me bañe en la piscina del Deauville–. La temperatura del agua es agradable pero hay muchas algas cerca de la orilla. Cuando salgo del agua, el resto del grupo está llegando a la playa. Me uno a ellos. Vemos una red de voleibol en la playa así que decidimos jugar un rato. Voy de nuevo a visitar a mi colega el Argentino para pedirle un balón de voleibol. Cuando llego le gasto una pequeña broma. “Oye amigo, he perdido la toalla”. El gorilón, que aun sigue allí, me mira por encima de las gafas de sol. No se puede creer que haya perdido la toalla en diez minutos. “Pero España, ¿cómo es eso posible?”, me responde el Argentino. Después de unos segundos de silencio les explicó que es una broma y ambos se echan a reír. “Menos mal chico porque sino te habría tocado abonarla”, comenta el gorilón entre risas. El Argentino me presta un balón de voleibol bastante desinflado pero es lo único que tiene. Vuelvo a la playa con el balón. Jugamos un partido de voleibol. O al menos lo intentamos. Jorge no para de tirar balones hacía atrás –muy hacia atrás–. Todos acabamos con los antebrazos destrozados. De pronto cae una gota. Después otra. Empieza a diluviar. Corremos a resguardarnos de la lluvia al restaurante de la playa. Ya que estamos allí aprovechamos para pedir otro cóctel. Yo pido uno de colorines que sólo sabe a azúcar. En cuestión de cinco minutos, deja de llover y vuelve a salir el sol.

Iván comenta que son casi las 16:30 y que la clase de baile empieza a esa hora. Vamos hacia la piscina pues la clase de baile se da en el bar de la piscina. Nos sentamos en las mesas del bar de la piscina a esperar a que unos canadienses terminen de lanzar anillas a unos palos –antes de las clases de baile hay una actividad que se llama crazy pool games, aunque no sé qué tiene de crazy encestar anillas en unos palos–. No tardan en terminar. Gana un tal John. Le dan una botella de ron Mulata –el único ron que sirven en el hotel– de premio. Ahora sí, empiezan las clases de baile. Durante media hora aprendemos los pasos básicos de la salsa. Al termina la clase, Carlos (Relojes) nos ayuda a Iván, Jorge M. y a mí a repasar los conceptos vistos en clase. Un par de clases más y ya los tenemos dominados.

Nos pedimos otro cóctel que también es de colores –y que también sabe mucho a azúcar– y vamos a jugar un waterpolo en las porterías de la piscina. El partido está animado. Al fondo vemos como Carlos (Relojes) y Javi echan una partida de ajedrez en el ajedrez gigante del hotel. Yo también quiero jugar así que salgo de la piscina, cojo mi cóctel de mil colores sabor azúcar y voy para allá. Cuando llego, Carlos está jugando contra un chico de magisterio. Mate pastor. Pim pam pum. Mi turno. Carlos y yo nos disponemos a echar la partida de ajedrez gigante del siglo porque en la vida he jugado delante de tanto público.

Tablero de ajedrez gigante del hotel. La foto es de otro día porque no hay público
Tablero de ajedrez gigante del hotel. La foto es de otro día porque no hay público

Jorge M. se une a Carlos. Juego contra los dos. La partida no está mal aunque se nota que hace mucho que no jugamos al ajedrez. Me ganan. Le echo la revancha a Carlos. Me vuelve a ganar. Suficiente ajedrez por hoy. Vamos con el resto del grupo a las tumbonas de la piscina. Está anocheciendo y ya no hay nadie en la zona de la piscina excepto nosotros. Sacamos las cartas y jugamos al comemierda. El bar de la piscina ha cerrado así que Javi y yo vamos al bar del lobby a por una docena de piñas coladas para todos. Volvemos a la piscina con las piñas coladas. La gente está con un subidón de azúcar del quince así que sobran la mitad de las piñas coladas. Jugamos un rato más a las cartas y la gente se retira a no sé dónde. Sólo nos quedamos Nacho, Carlos (Tacto), Javi y yo jugando una mano más al comemierda. Son las 9:20 y el buffet cierra a las 9:30 así que recogemos las cartas y subimos rápido a cenar. Allí está el resto del grupo. Se habían ido a cenar y nosotros tan felices tomando piña colada en la piscina. La gente del buffet pone pegas para dejarnos entrar porque es tarde pero finalmente acceden a dejarnos cenar. Incluso uno de los cocineros me saca un plato de embutido ya que han recogido prácticamente toda la comida del buffet. No me gusta nada el embutido cubano pero Nacho y Carlos dan buena cuenta de él. Cuando terminamos de cenar subimos a nuestras respectivas habitaciones a darnos una ducha, no sin antes esperar un buen rato al ascensor.

Después de ducharme, Iván me llama por teléfono y me dice que han quedado a las 22:30 en el bar del lobby. Bajo a la habitación de Carlos, Nacho y Javi para decírselo. Les espero y bajamos juntos al bar del lobby. Allí encontramos a Iago y Jorge jugando al pimpón. Jugamos un rey de la pista a once puntos. Va llegando más gente y se une al juego. Jorge no tarda mucho en convertirse el rey de la pista tras derrotarnos a todos varias rondas consecutivas. Unos polacos –aparentemente marido, mujer y padre de la mujer– no dejan de observarnos mientras jugamos. Pasado un tiempo nos preguntan –en inglés– que si pueden jugar. Empieza jugando Jorge contra la mujer. No es muy buena a pesar de jugar al despiste, pues no para de apoyarse en la mesa y de enseñarle a Jorge su generoso escote. Yo aprovecho y salgo fuera a buscar al resto. Están jugando a la petanca sin luz y con cuatro bolas. Juego un par de partidas pero como no veo un pimiento decido entrar a pedirme un mojito. Está asqueroso el mojito del hotel así que tomo nota mental: “no pedir más mojitos en el hotel”. De momento lo único que se ha dejado probar ha sido la piña colada. Sigo siendo adicto a ella.

Vuelvo a la zona del pimpón. Jorge está jugando ahora contra el marido polaco. El nivel ha subido en la mesa de pimpón. De hecho Jorge, el maestro del pimpón, pierde la partida. Entro a jugar yo. Si a Jorge le gana, a mí me da para el pelo. Estoy más tiempo fuera recogiendo las bolas que remata fuerte y salen por la puerta que jugando. Vuelve a entrar Jorge pero esta vez juega contra el padre polaco. El nivel es máximo en pista. No hay nada que hacer. Jorge vuelve a perder. No hay nada más que ver en la mesa de pimpón así que salgo de nuevo con los de la petanca. Decidimos ir a las hamacas de la piscina mientras decidimos que hacer. No tarda en llegar el resto del grupo. Javi, Nacho, Sara, Ana y yo encabezamos una avanzadilla para explorar el ambiente de la discoteca. Está vacía y ponen reggaetón. Me pido un ron Mulata cola Tukola. No se lo bebe ni el mismo Fidel en persona. Bajo de nuevo a la piscina a informar del resto de la situación en la discoteca. Aprovecho y me siento en una tumbona para contárselo. Me recuesto. Me tumbo. Me estoy quedando dormido. Abro un poco un ojo. El resto del grupo está en un estado similar al mío. Nacho baja a buscarnos pero no estamos como para ir a la discoteca. Es la 1:30. Decido que es el momento de ir a dormir. Subo a mi habitación –después de la habitual espera del ascensor–. Kike y David han ido con las chicas de magisterio a una discoteca de Varadero –el Castillo si mal no recuerdo– y aun no han regresado. Me tumbo en la cama y pongo la alarma del móvil a las 9:00 para llegar al desayuno del buffet, que cierra a las 10:00. Antes de dormirme cambio el tono de aviso del despertador de mi móvil. ¿Adivináis cuál pongo?

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