Sábado 15 de marzo: la última noche en Varadero y el día que le tocaron el paquete al Verjas
Un ruido me despierta. Malo. Si no es el “Yves Larock – Rise up” de mi despertador es que es pronto –al menos más pronto de lo que pensaba levantarme. Abro un poco los ojos, lo justo para poder mirar la hora en el móvil. ¡Las 7:30! Abro un poco más los ojos y veo que David y Kike están vistiéndose y preparando su mochila. “¿Pero a donde coño vais a las 7:30 de la mañana?”, les pregunto. Es Kike quien responde: “pues a dar una vuelta en catamarán y a comer cocodrilo”. “Ah, vale…”. No creo que a nadie que haya dormido dos horas y cuando se despierta le dicen que van a comer cocodrilo se le ocurra algo más ingenioso que responder.
Como no voy a volver a dormirme –yo soy así, una vez despierto no hay manera de dormir de nuevo– pienso en algo para matar el tiempo. Decido que es un buen momento para salir a correr por la playa y quemar las toxinas acumuladas durante todos estos días, que seguro que no son pocas –no creo que beber ron Mulata sea muy sano. Me pongo el bañador, camiseta y crema solar y cojo la toalla. Seguro que un baño después de la carrera me sienta de lujo. Bajo a la playa. No me cruzo con casi nadie por el camino, sólo con los canadienses más madrugadores –o quizás no se hayan ido a la cama aun. Dejo mi toalla en una hamaca, bajo una sombrilla y empiezo a correr. ¡Mierda, no me acordaba de que la arena de la playa está llena de conchas! No me voy a dar la vuelta ahora que ya he bajado así que sigo corriendo.

Playa del hotel. Como no tenía ninguna foto amaneciendo he puesto una anocheciendo
Después de media hora de carrera y de cruzarme con mucha gente que estaba en las playas de otros hoteles –conectadas con la playa de nuestro hotel– decido que es buen momento para ir dando la vuelta. Más bien son mis pies quienes lo deciden pues tienen alguna que otra concha clavada.
En el camino de vuelta, casi llegando a nuestro hotel, encuentro a un cubano pescando desde la orilla. Lanza una y otra vez un sedal de varios metros de longitud mar adentro que recoge con varios peces -cuyo nombre no recuero- enganchados a los diferentes anzuelos distribuidos por el sedal. Un niño canadiense de unos dos años se divierte tratando de coger un pez vivo que no para de dar saltos sobre la arena.
Llego a la playa del hotel y recojo mis cosas. Son las 9:00. Parece que por un día voy a desayunar algo que no sean perros calientes. Antes de subir a desayunar me pego un chapuzón en la piscina para quitarme el calor -en Cuba ya hace calor a las 9:00 de la mañana- y la arena. El agua de la piscina está realmente sucia después del baño nocturno de anoche pero a estas alturas del viaje da lo mismo. Cuando salgo del agua, saludo al Argentino y cambio mi toalla por una limpia, que ya iba haciendo falta.
Subo directamente a desayunar al buffet libre. Hay que ver la de gente -canadienses en su mayoría- que madruga para desayunar “en condiciones”. Dejo mis cosas en una mesa y me dirijo hacia una cola -de gente. La gente está esperando a que un cocinero cubano les haga una tortilla con sus ingredientes favoritos. Después de un rato de espera llega mi turno: “Compadre, si me haces una tortilla de patata me haces la persona más feliz del hotel”, le digo. “Más quisiera helmano pero no tengo papas”, me responde. “Bueno, pues hazme una con todos los ingredientes que tengas”. De perdidos al río. El cubano apenas tarda tres minutos en prepararme una “tortilla bomba”. Espero que comer esto no tenga efectos secundarios.
Voy a mi mesa a dejar mi tortilla cuando aparecen Carlos (Gandalf) y Javi en el comedor. Dejan sus cosas en la misma mesa que yo y van a por su desayuno. Vamos a otra cola -de gente. Al final de esta cola -de gente- dan tortitas. Vemos como una canadiense coge unas ocho tortitas que posteriormente se comerá ella sola -comprobado. Otra canadiense que está en la cola junto a nosotros no puede evitar soltar un “Oh my God!”.
Cuando ya nos sentamos a desayunar aparece Jorge Miguel en el comedor. Coge su “desayuno” y se sienta con nosotros. “Joder. Ya has tenido ganas de salir a correr”, me dice. “Y tú ya tienes ganas de desayunarte una fabada con tomate”, le respondo. No creo que nadie tenga una réplica contra eso.
Decidimos que es buena hora para ir a la playa así que subimos a lavarnos los dientes y recoger cosas varias de la habitación para encontrarnos dentro de diez minutos en el lobby. Pasado ese tiempo nos dirigimos los cuatro a la playa. Hoy hay bandera verde.

Bandera verde
Como estamos un poco saturados de sol -sobre todo Carlos-, decidimos darnos un paseo en un patín de pedales. Los alquilan gratis en una caseta junto a la playa. Antes de darnos el permiso y los chalecos salvavidas, firmamos un millón de papeles que eximen de responsabilidad al hotel en caso de que naufraguemos o tratemos de ir hasta Miami con los patines. Una vez formalizada la parte burocrática, Carlos y Javi se montan en un patín y Jorge M. y yo en otro. Nos lo pasamos piruleta chocando los patines a toda velocidad. A nuestro lado pasan unas piraguas biplaza. Queremos dar una vuelta en una piragua biplaza así que con las mismas volvemos a la caseta de alquiler y formalizamos los papeles para que nos dejen navegar con una piragua. De nuevo vuelvo a compartir piragua con Jorge M. Hacemos un poco el burro con la piragua y a punto estamos de romper la barrera del sonido. Hay que ver qué velocidad alcanzan esos bichos. También nos cansamos pronto de la piragua y salimos del agua. Ya está apareciendo el resto del grupo por la playa. Yo voy a jugar un basket con Carlos (Tacto) e Iván.

A la derecha se puede ver la cancha de basket-voley del hotel
Después de echar unas canastas, vamos con el resto del grupo a la piscina a tomar unas cañas bien fresquitas. Jorge M. no se pierde su habitual clase de aquagym. Diego, Nacho -ya recuperado de sus fiebres cubanas-, Javi, Jorge, los dos Carlos y yo echamos un partido de waterpolo en las porterías de la piscina del hotel. Jorge hace amistad con un par de chicas canadienses que se unen al partido. También se une al partido John, el chico que siempre gana en los crazy pool games – que ni son crazy, ni son en la pool, ni son games. No puedo parar de reír cuando John me cuenta que es fan de Raúl –el ex-siete de España- y, sobre todo, fan de Pedja Mijatovic. Poco después entra a jugar un gorilón canadiense. Carlos (Madejón) se pica con él en una competición que trata de demostrar quién es más burro de los dos. Ya no tiene gracia jugar -más bien ver a Carlos y al gorilón hacer el bestia- así que la mayoría nos salimos del agua en busca de otra caña. No juntamos con el resto del grupo en la hamacas a jugar un comemierda. Diego nos comenta que los cocolocos -los cócteles que Marta, la comercial de Viajes Eroski, nos dijo que no dejáramos de probar y que encontrábamos en todas partes del hotel sin terminar, lo cual era un claro síntoma de que no estaba muy buenos- los sirve el jardinero-basurero del hotel. También se recurre al pluriempleo en Cuba.
Tras jugar todos un comemierda, vamos a comer al restaurante de la playa. Como dentro no hay sitio para todos, Javi, Nacho y yo salimos a comer a una mesa de las de fuera, en la parte de atrás del restaurante. Terminamos de comer y nos quedamos charlando tranquilamente en la sobremesa mientras tomamos unos juguitos de naranja con un chorrito de ron.
A las 16:30 me dirijo con Jorge M., Javi y Ana a nuestra habitual clase de baile. Hoy falta Iván, que se está echando la siesta. En esta ocasión bailamos merengue y conga. La conga en realidad no tiene ningún misterio aparte de formar un trenecito que la locomotora guía por donde quiere y en el que, tarde o temprano, algún vagón central decide convertirse en locomotora y romper la conga en dos.
Cuando termina la clase, nos damos un chapuzón en la piscina para sofocar el calor. Salimos del agua y nos metemos una sesión de un par de horas de cerveza y comemierda en la hamacas de la piscina. Conseguimos un balón de fútbol de unos chicos de Salamanca -los amigos de David y Kike- y vamos a jugar un fútbol Iago, Carlos (Gandalf), Jorge y yo. ¡Hay que ver que toque y que elegancia tiene Iago, que digo, Iaginho, con la pelota! Después de darnos un par de tarrascadas cada uno, decidimos dejarlo. Mejor, pues Iago está al borde de la deshidratación.

Iaginho después después de diez regates, tres bicicletas, dos rabonas y media chilena
Cuando volvemos, ya de noche, a la zona de la hamacas, la gente está echando una parlada junto a la piscina.

Javi echando una parlada con Nacho
Hablamos sobre lo que vamos a hacer por la noche. Nos acordamos de la publicidad de la discoteca la Comparsita que nos dieron ayer unos cubanos cuando salimos de la tienda de puros. Ya tenemos plan para la noche: discoteca la Comparsita.
Decidimos que es buen momento para subir a cenar. Volvemos a coger una mesa al fondo del comedor para sentarnos todos juntos. Iván y yo nos pedimos un plato de espaguetis bomba. Nos los prepara el mismo cocinero que me hizo la tortilla bomba en el desayuno. Pican un poco -mucho- pero se dejan comer. Una vez terminada la cena, subimos a prepararnos a la habitación. Allí encuentro a David y Kike. Han sido previsores y ya han comprado botellas de ron para traer a España.
Termino de prepararme antes de tiempo así que decido bajar a ver el espectáculo de la piscina. Allí me encuentro con Ana, Sara y Jorge M., que ya llevan un rato tomándose unos jugos de naranja con un chorrito de ron y disfrutando del espectáculo de baile. Termina y nos reunimos con el resto del grupo en el lobby. Avisamos a la gente de recepción para que pidan unos taxis para poder ir a la Comparsita. Salimos a la calle para esperar a los taxis. Las tripas de Carlos (Madejón) empiezan a emitir una serie de sonidos preocupantes.

Las tripas de Carlos funcionando a 10.000 rpm
Por fin llegan los tres taxis. Unos canadienses se nos adelantan y nos roban uno de los taxis. Carlos (Madejón) despierta de su aletargamiento y se enfrenta -verbalmente y en castellano- con los canadienses, que ni siquiera le miran. Finalmente se salen con la suya. Llamamos a otro taxi y cogemos los dos que nos han dejado los canadienses. Jorge y Carlos (de la Parra) deciden a última quedarse descansando en el hotel. Salimos siete personas en los dos taxis y tardamos un poco en llegar a la Comparsita ya que está un poco lejos del hotel. Los tres telecos restantes, que se quedaron esperando al taxi en el hotel, tardan unos quince minutos en llegar a La Comparsita. Una vez estamos todos, entramos en la discoteca. Pagamos 5 CUC por la entrada. La discoteca es una especie de anfiteatro con dos alturas. El anfiteatro tiene pocos escalones pero está lleno de mesas y sillas con gente sentada que está tomando unos mojitos mientras ve el espectáculo de la parte baja del anfiteatro. El espectáculo es similar al del hotel Riviera de La Habana, es decir, un tostón. Por suerte, el espectáculo termina a los cinco minutos de haber entrado en la discoteca. Cuando lo hace, unos empleados de la discoteca recogen rápidamente las mesas y sillas de la discoteca para que la gente pueda bailar. Aparece un speaker en un balcón que hay sobre el escenario. Da la bienvenida a la gente española mientras de fondo suena la internacional Macarena. Acto seguido, da la bienvenida a la gente canadiense mientras de fondo suena el “In the navy” de los “Village People”. Curioso cuanto menos.
El deejay empieza, como no podía ser de otra manera, con el “Yves Larock – Rise up”. Nos pedimos unas Bucanero en la barra y salimos a la pista a bailar.

Discoteca La Comparsita, vista desde el escenario
La pista de baile no tarda en llenarse. La cosa parece animarse gracias al speaker, que no para de animar a la gente por el micrófono: “Que levante la mano la gente que bebe Bucaneroooooo. ¿Dónde está la gente que bebe Cristaaaaal?”. El deejay también hace lo propio, poniendo temazos como el “Muchachita” –pretty woman en castellano. Cae una Bucanero tras otra. El único que parece no disfrutar es Carlos.

Las tripas de Carlos ahora están funcionando a 20.000 rpm
Nacho y yo decidimos ir a explorar el resto de la discoteca ya que tienen dos plantas y aun no hemos subido a la de arriba. Al subir, pasamos por un pasillo oscuro en el que la gente no para de frotarse. Salimos rápidamente de ese pasillo y vemos una puerta muy iluminada. Nos preguntamos qué hay detrás. No nos lo pensamos dos veces y abrimos la puerta. ¡Hay que joderse, es un karaoke! Bajamos rápidamente a contarle al resto del grupo nuestro descubrimiento. Volvemos a subir todos al karaoke y pedimos turno para cantar una canción pero el encargado nos dice que van a cerrar el breve y ya ha repartido todos los turnos. Vemos como la gente canta típicas canciones de karaoke como “Un velero llamado libertad” o “El taxista” de Ricardo Arjona. A los veinte minutos de estar en el karaoke alguien se da cuenta de que no estamos todos. ¡Coño, el Verjas! Iván, Iago y yo decidimos bajar en su búsqueda. Empezamos a buscarle por la zona en la que estábamos antes de subir al karaoke. Le encontramos a la primera, bailando como loco, como si nada de esto hubiera pasado y jamás le hubiéramos abandonado. “¿Pero donde coño os habéis metido?”, dice. Cuando le explicamos que estamos en el karaoke de arriba y volvemos a subir, sucede algo inesperado. Una chicha se acerca al Verjas y, sin mediar palabra, le toca lo que vienen siendo la zona genital o lo que comúnmente llamamos “el paquete”. “¡Pero que me ha tocado tol paquete! ¡Vámonos ya! ¡Ya!”, grita el Verjas. Entre risas volvemos a subir al karaoke, donde Jorge M. le relata al resto su aventura, desde su desaparición hasta el tocamiento de paquete.
Al poco rato, la discoteca cierra y nos echan del karaoke. Sucede lo que todos nos temíamos. Todo el mundo –pero cuando digo todo me refiero a todo, literalmente los 6.500 millones de habitantes de la Tierra– está fuera de la discoteca intentando pedir un taxi. Es materialmente imposible coger uno así que decidimos empezar a caminar hacia el hotel mientras intentamos parar los taxis que encontramos de camino. Carlos apenas se tiene en pie. Sus tripas funcionan a más de 50.000 rpm y amenazan con explotar a cada paso que da. Al fin logramos parar un taxi. Lo cogemos Sara Ana, Carlos, Nacho y yo.
Nacho y yo salimos a comer unos sándwiches de jamón y queso al snack bar mientras llega el resto del grupo al hotel. No tarda en llegar. Son alrededor de las 4:00 y la mayoría del grupo se va a dormir. Jorge M., Iago, Sara y yo nos quedamos jugando un pimpón. Sara nos da toda una lección de pimpón. Ahora sí que sí, ha llegado el momento de irse a dormir, la última noche en Cuba.
Alberto Sánchez :: Sep.16.2008 :: Viajes :: 3 Comments »




























