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Jueves 13 de marzo: visita a la discoteca Mediterráneo o el día que Carlos y Sara rompieron la pista de baile

Son las 9:30. Un ruido me despierta. Pum pum pum pum. Cada vez suena más fuerte. PUM PUM PUM PUM. Logro distinguir una voz: “My dream is to fly over the rainbow, so high”. ¡No me acordaba de que había cambiado el molesto pipipipii pipipipii de mi móvil por el “Yves Larock – Rise up” como tono de despertador! David y Kike también se despiertan con la música. Nos levantamos bailando y cantando de la cama, la mejor manera de empezar el día. David y Kike van a hacer una excursión pero el resto del grupo no tenemos planes para hoy. Me pego una ducha y llamo por teléfono –el interno del hotel, claro está– a la habitación de Nacho, Javi y Carlos. Me responde Carlos. Me dice que pase a recogerlos por su habitación para ir a desayunar. Me pongo el bañador, me doy crema y cojo la toalla. Bajo a buscar a éstos con el kit completo de piscina-playa. Llegó a su habitación tras la habitual espera de cinco minutos al ascensor. Toc toc. Carlos abre la puerta. Ya están listos –con sus kits completos de piscina-playa– pero Nacho decide quedarse en la habitación porque está bastante fastidiado, incluso tiene algo de fiebre. “Mejor descansar un poco que estar mañana peor”, comenta.

Son las 10:30. El buffet libre del hotel ya está cerrado. Esperamos cinco minutos al ascensor del hotel y bajamos directamente a desayunar al snack bar que está fuera del hotel. Nos recibe una amable camarera. No para de lanzarle piropos a Carlos: pipo, mi amor… Javi y yo nos reímos y la camarera nos pregunta que por qué. Nos dice que en Cuba todos hablan así, que no nos molestemos. Carlos no parece molesto sino encantado. La camarera nos dice que tenemos para elegir como desayuno: perro (caliente), hamburguesa, sándwich de jamón y queso y bocadillo de atún. Menudo desayuno. Vamos a hacer la dieta del perro en Cuba –sorprendentemente todos volvimos con kilos de menos–. Javi pide un bocadillo de atún y Carlos y yo una hamburguesa. La camarera tarda poco en servirnos y nosotros tardamos menos en comérnoslo. Mientras desayunamos, observamos a unos curiosos pájaros negros que invaden todo el snack bar. Parecen bastante sociables porque se acercan a la gente sin ningún miedo. De pronto, uno de los pájaros comienza a hincharse hasta límites insospechados. Cuando parece que va a explotar deja de hincharse y parece que quiere emitir un sonido. “Por lo menos va a rugir”, comenta Javi mientras no perdemos de vista al pájaro.

Pájaro hinchable cubano
Pájaro hinchable cubano

El pájaro negro abre la boca y, contra todo pronóstico, emite un sonido de mierda, casi inaudible. Vaya decepción. Nos levantamos y vamos a la playa. Aun no ha llegado nadie del resto del grupo así que cogemos tres hamacas y empezamos a tostarnos vuelta y vuelta al sol –Carlos lo hace literalmente–. Sara, Ana, Carlos (Relojes), Jorge, Diego y Jorge M. no tardan en llegar a la playa. Nos quedamos un rato charlando en las hamacas de la playa. Hace calor y tengo sed. Me levanto a pedirme un cóctel de algo al restaurante de la playa, que también funciona como bar.

Bar restaurante de la playa, donde comíamos y bebíamos todos los días
Bar restaurante de la playa, donde comíamos y bebíamos todos los días

Pido un cóctel de mil colores que creo que todavía no he probado. Me sabe igual que el resto: a azúcar. Veo a Iago e Iván jugando al basket, cerca del restaurante. Me acerco. Están jugando un veintiuno. Me uno. Gana Iván. Deciden jugar una bombilla. Me uno. Gana Iván. Deciden tirar unos tiros. Me uno. Vuelve a ganar Iván. Esta hecho un tío tiote del backet.

Tanto perder me ha vuelto a dar sed así que voy a por un par de cañas al bar de la piscina para Iago y para mí. Mientras estoy pidiendo, me doy cuenta de que hay mucho jaleo en la piscina. ¡Ah claro, es la clase de aquagym! Allí están Sara, Ana y Jorge M. haciendo aquagym. Parece que se lo están pasando piruleta. Tengo que probar esto del aquagym. Quizás mañana. Vuelvo con las dos cañas a la pista de basket. De camino me paro a saludar a mi amigo el Argentino. “Buenos días España”, me responde. Llego a la cancha de basket y nos quedamos tirando unos tiros. Al poco, la megafonía de la piscina anuncia que va a comenzar el bingo matutino. “Habrá que ir a jugar unos cartones, ¿no?”, les digo a Iago e Iván. Cuando llegamos a la piscina, Sara, Ana y Jorge M. están cada uno en su hamaca con un cartón, si es que se les puede llamar así ya que en realidad son unos rectángulos de piel con unas ventanas donde se ven los números, que se pueden tapar con una tapa deslizante de plástico. Que modernos estos cubanos, están a la último en cuanto a bingos se refiere. Sara nos cuenta que ya no hay más cartones así que nos quedamos con ellos mientras cantan los números. “Línea de la b. Bi lain. Veeeeintiuno. Dos uno. Tuentiguan. Chu guan”, comienza cantando por la megafonía de la piscina el cubano encargado de sacar las bolas del bingo. Después de unas cuantas bolas, Sara y Ana no van mal pero Jorge M. apenas ha tapado uno o dos números. “Y ahora el número que todos estabais esperando España. En la línea de la g. Lli lain. Sesenta y nueve. Sisti nain”. Que cachondos estos cubanos. Después de unas cuantas bolas –yo creo que todas menos media docena– una chica de magisterio canta bingo. ¡Jo que suerte! ¡Se lleva una botella de ron Mulata como premio (sí, ese que sirven en el hotel con todos los cócteles y que sabe a rayos)! Termina el bingo. Sara, Ana y Jorge M. vuelve a la playa con el resto. Un canadiense entabla una conversación con Iván porque lleva una camiseta de Garbajosa. Iván queda con el canadiense para echar un partido de basket España – Canada a las cinco y media de la tarde. Vuelve con Iago y conmigo y nos cuenta lo del partido. El canadiense y sus amigos son enormes pero les vamos a machacar esta tarde.

Como hace mucho calor, nos damos un baño en la piscina. No tarda en unirse al baño Diego, que llega desde la playa. Iago sale de la piscina para pedirle un balón a nuestro amigo el Argentino. Mientras tanto, Diego aprovecha para perrearnos a Iván y a mí en la cara. No se lo recomiendo a nadie. Iago vuelve con el balón al agua y jugamos a “A, E, I, O, U”. El mecanismo del juego es muy sencillo a la par que violento: vamos pasándonos la pelota mediante toques, sin que caiga al agua y cantando las vocales por orden; al que le toque la letra U tiene que rematar el balón contra la cara (o la parte del cuerpo que salga del agua que él prefiera) de uno de los otros tres que esán jugando. Todos (sobre todo Diego y Iago) nos llevamos algún que otro balonazo. Iván incumple las reglas del juego rematando el balón cuando canta la letra O y se lleva una ronda de castigo (saltamos desde el borde de la piscina y le lanzamos el balón a la cara mientras estamos en el aire). Decidimos dejar de jugar porque al final salimos a hostias de la piscina. Iago sale de la piscina. Salimos de la piscina cuando aparece el resto del grupo. No tenemos mucha hambre pero decidimos ir a comer al restaurante de la playa. Hay bastante gente así que nos toca sentarnos separados. Yo me siento con Iván, Diego, Iago y Ana. Mientras estamos comiendo el primer plato (pasta y varitas de merluza Capitán Pescanova, pero de pollo), una chica de la mesa de al lado nos pregunta que si somos de Valladolid. Le respondemos que sí. Nos pregunta que si también hemos venido con Marta de Viajes Eroski. Le volvemos a responder que sí. Entonces nos cuenta que ellos también son de Valladolid y han venido con Marta. Nos dice que la han llamado ayer para contarla que las condiciones del hotel no son las de uno de cuatro estrellas (y tiene toda la razón). Por lo visto Marta les dijo que iba otro grupo de Valladolid para allá en breve (es decir, nosotros) y que ya buscaría alguna solución porque nos le iba a llevar a ese hotel (pues va a ser que sí). Que eficiente es Marta de Eroski…

Continuamos con la comida. Todos pedimos hamburguesas de segundo plato. Cuando nos las traen, Iván comenta que hay dos tipos de personas: las que se echan el kétchup en la carne de la hamburguesa y las que se lo echan en el pan. Hasta entonces nunca lo había pensado pero tiene razón. Lo que no sabe explicarnos es qué diferencia hay entre esos dos tipos de personas, aparte de que se echan el kétchup en diferentes sitios de la hamburguesa. Terminamos de comer enfrascados en esa discusión filosófica. Yo subo a la habitación a darme crema para no quemarme con el sol y lavarme los dientes. Aprovecho para pasar a ver qué tal está Nacho, que no ha bajado de la habitación en toda la mañana. Tiene mal aspecto, además de fiebre. Le dejo descansando en su habitación y bajo con el resto del grupo a la piscina. Va a comenzar la clase de salsa…

Mientras espero al ascensor para bajar a la piscina –ya sabéis, la espera es del orden de unos cinco minutos– aprovecho para practicar los pasos que aprendimos en la clase de ayer. Dominados. Me reúno con el resto de telecos en la piscina. Esperamos a que terminen los crazy pool games para comenzar la clase de salsa. El crazy pool game de hoy es una especie de minigolf pero en lugar de meter las pelotas en hoyos hay que pasarlas por unos aguajeros situados en un panel de madera, dónde cada agujero tiene una diferente puntuación. Vuelve a ganar el tal John que ganó ayer al juego de las anillas. Le dan como premio otra botella de ron Mulata –espero que no se esté bebiendo todas las botellas que está ganando–. La clase comienza. Hoy somos mucha más gente que ayer. Volvemos a dar los mismos pasos de ayer, para afianzar conceptos. Al terminar la clase, igual que ayer, Carlos (Relojes) nos enseña algún paso nuevo –básicamente no enseña a dar una vuelta y a hacer una figura llamada Dile que no, aunque, no sé porque motivo, Iván y yo lo llamamos No me mires–. Una pareja de cubanos que trabaja en la animación nocturna del hotel se acerca a nosotros entre risas. Les hace gracia como bailamos. Nos hace una demostración gratuita de cómo se baila la salsa cubana –bailan de lujo– y nos dan algún que otro consejo.

Aun con la musiquilla en la cabeza, nos damos un baño y practicamos salsa dentro del agua. “Estoy en la piscina y bailo”, comenta Iván, haciendo un guiño a la célebre frase de los Simpsons “Estoy envuelto en llamas y bailo”. Nos reunimos con el resto en las hamacas de la piscina. Son las 17:30 y los canadienses no han aparecido. Parece que no hay partido. Pasamos el resto de la tarde jugando a las cartas y tomando cócteles. Probamos, por sugerencia de Carlos (Relojes) el juego de naranja con ron. No sé cómo no se me ha ocurrido antes, si es lo que bebo en Valladolid. Cojonudo. Desde ese momento no bebo otro cóctel en el hotel que no sea jugo de naranja con un chorrito de ron –y que el resto del grupo hace lo mismo–.

Sara y Jorge se van a merendar unas patatas al snack bar donde desayunamos. Uno de nosotros –cuya identidad no revelaré por petición suya– aprovecha para sacar su lado más femenino poniéndose el bikini de Sara.

¿Quién será el misterioso encapuchado?
¿Quién será el misterioso encapuchado?

Pasamos lo que queda de tarde jugando al comemierda. Ya es el juego oficial de teleco en Cuba. Cuando son las 20:30 decidimos subir a la habitación para darnos una ducha y arreglarnos antes de cenar. Hoy hay fiesta en una discoteca que se llama Mediterráneo. Parece ser que los animadores del hotel nos llevan allí –seguro que les dan una buena propina por llevarnos a esa discoteca–. Hemos quedado con ellos a las 23:00 en la puerta del hotel. Entro en el hotel con Iván y Iago. Esperamos al ascensor. Bailamos salsa mientras esperamos –como no–. El ascensor llega al lobby y montamos. Monta mucha más gente. El ascensor está lleno y se enciende el cartel luminoso de exceso de peso. Una señora gorda –canadiense para más señas– comienza a gritar como loca: “¡¡Chuuuuuuufuuuuuul chuuuuuuuufuuuuuuuuul!!”, es decir too full –demasiado lleno–. Una pareja de españoles –los últimos que han subido al ascensor– se baja para que el ascensor se pueda poner en marcha. Subimos a nuestras habitaciones y nos duchamos y arreglamos.

Como la tele de mi habitación no funciona, decido bajar al bar del lobby a tomar un juguito de naranja con un chorrito de ron mientras espero al resto del grupo. No tardan en aparecer. Subimos a cenar. Conseguimos una mesa al fondo del comedor para cenar todos juntos. Aparece Nacho, que ya se encuentra algo mejor pero no va a salir por la noche. No cenamos mucho. La comida no ha mejorado mucho al llegar a Varadero. En el buffet conozco a una pareja de españoles muy simpática que también están pasando unos días en Varadero. Terminamos de cenar. Subo a lavarme los dientes antes de salir. También suben Diego, Iago e Iván. Cuando llego a mi habitación, Kike y David se están preparando para salir. Los dos llevan puesta la misma camiseta. Original por cierto. David me explica que es una técnica para ligar.

¿Funcionaría la técnica para ligar?
¿Funcionaría la técnica para ligar?

Termino de lavarme los dientes y voy a recoger a Iago, Diego e Iván a su habitación. Mientras esperamos al ascensor para bajar al lobby, Diego nos graba a Iván y a mí bailando una salsa. Aun nos queda mucho que repasar.

Como todavía son las 21:30 y no hemos quedado hasta las 23:00 para ir a la discoteca, vamos a ver el espectáculo de baile que organiza el hotel en la piscina. Mientras disfrutamos del espectáculo, nos tomamos un juguito de naranja con un chorrito de ron. El espectáculo no está mal aunque damos alguna cabezada que otra –como cuando vimos el espectáculo del hotel La Riviera en La Habana, pero menos–. En el espectáculo actúa la pareja de cubanos que nos ha dado los consejos de salsa por la tarde.

Vamos a hacer tiempo hasta las 23:00 al bar del lobby. Cae algún juguito de naranja con un chorrito de ron más. Por fin son las 23:00. Nos dirigimos a la puerta del hotel aunque hay bajas de última hora. Parece que, de nuestro grupo, sólo vamos a la discoteca Jorge M., Sara, Ana, Carlos (Relojes), Iván, Javi, Iago y yo. La recepcionista se ha encargado de pedir unos cuantos taxis. Nosotros nos repartimos en dos taxis: Jorge M., Carlos, Ana e Iván en uno y Javi, Iago, Sara y yo en otro. El taxi de Jorge M. y compañía va adelantando como un loco al resto de taxis por lo que llegan a la discoteca en un tiempo record. Nosotros tardamos algo más en llegar. Los taxis en Varadero funcionan con taxímetro –nada de negociar precio– así que pagamos 7 CUC por la carrera. Esperamos a que llegue el resto de gente del hotel que también viene a la discoteca. Mientras esperamos vemos como el taxi que ha traído a Jorge M. y compañía hace el doble de carreras que el resto. Que bárbaro.

En la puerta de la discoteca hacemos un repaso rápido con Carlos de los pasos básicos de la salsa. Mientras me lo explica, se le cruce un cable, me agarra y me echa hacia atrás, haciendo la típica figura para acabar un baile.

No somos Carlos y yo (por si había dudas) pero así es como Carlos cargó con mis 72 kilos
No somos Carlos y yo (por si había dudas) pero así es como Carlos cargó con mis 72 kilos

El codo de Carlos emite un sonido un tanto desagradable, como cuando algo se rompe en mil pedazos. Parece que se ha hecho daño de verdad. Aun así no me ha dejado caer al suelo, lo que dice mucho sobre su profesionalidad a la hora de bailar. Carlos hace un movimiento brusco con el brazo y el codo parece volver a su sitio con otro crack. Arreglado. Ya no le duele.

Por fin llega todo el mundo y entramos en la discoteca. Nos clavan 10 CUC por entrar –y sin derecho a consumición–. Cuando entramos nos sentimos un poco decepcionados. La discoteca no es más que un patio –es a cielo abierto así que menos mal que la temperatura es agradable– con árboles y un escenario al fondo. La cabina del deejay es la típica cabaña en el árbol de las películas americanas y se sube a ella por una escalera de madera. Al lado del escenario hay una barra más o menos grande, atendida por dos camareras. Alrededor de la pista de baile hay mesas y sillas de plástico. Nos hacemos con una mesa y ocho sillas. Discutimos sobre si merece la pena comprar una botella de ron y unas latas de Tukola entre todos y decidimos que sí. Carlos parece emocionado –siempre que hay alcohol de por medio Carlos parece emocionado–. Vamos a pedir Javi, Carlos y yo. Mientras estamos en la barra empieza la actuación: un grupo de cubanos toca música y canta en directo.

Escenario de la discoteca Mediterráneo
Escenario de la discoteca Mediterráneo

La actuación dura una hora y media aproximadamente –justo el tiempo que tardamos en bebernos la botella–. Cuando termina, el deejay empieza a pinchar house. Después de un rato de house, el grupo quiere bailar salsa –no hemos estado practicando mientras esperábamos al ascensor para nada–. Decido subir yo mismo a hablar con el deejay. Me juego el físico al subir por las escaleras de la casa del árbol a la cabina. Allí arriba me recibe el deejay con una sonrisa. Que simpáticos estos cubanos. Le voy a pedir un poco de salsa pero me lo pienso en el último momento. En lugar de eso le pido que me deje ponerme un par de discos, para matar el mono –en España soy deejay en mis ratos libres–. “Sin ningún problema helmano”. No me cansaré de repetirlo: ¡que gente tan simpática, coño! Me pongo un par de discos para matar el mono. El equipo que tienen nos es gran cosa pero me apaño. Le doy las gracias una y mil veces y bajo a la pista con el resto del grupo. “Que has hecho ahí arriba tanto rato. Nos tenías preocupados”, me comentan. Vaya, al final se me ha olvidado pedir salsa pero el deejay parece leernos el pensamiento porque en ese instante empieza a ponerla. Empezamos a darlo todo, todos con nuestros pasos de las clases del hotel. De pronto, Carlos y Sara empiezan a bailar. A los dos o tres minutos, toda la discoteca les hace un corro. Están partiendo la pista de baile. Una vuelta por aquí. Otra vuelta por allá. El paso secreto de Carlos de tocarse los talones. Increíble. Otra pareja que está bailando por la discoteca se acerca y se mete en el corro para hacerles la competencia a Carlos y Sara. Ella es cubana y él extranjero. Más que bailar se están restregando. No tardan en abandonar el corro, humillados. No tienen nada que hacer contra Carlos y Sara. A las 3:00 en punto, una cubana pega un berrido –parece la sirena de un barco– indicando que es la hora de cierre de la discoteca. Volvemos al hotel en taxi.

Ya en el hotel, decidimos darnos un baño nocturno así que subimos a ponernos el bañador. Jorge M. y Ana se van a dormir. Yo me juego el físico y subo por la escalera de incendios. Llego sano y salvo a mi habitación. Me pongo el bañador, cojo la toalla y bajo con el resto a la piscina. Allí encontramos a un perro, pariente de Dengue, que está bebiendo agua de la piscina y restregándose por las hamacas.

Dengue II
Dengue II

Mientras decidimos si nos metemos al agua o no –ya que está más fría de lo que nos imaginábamos– llega un grupo de unos diez canadienses a la piscina, todos con sus enormes jarras de cerveza llenas. Se meten al agua sin pensárselo dos veces. Cuando el más gordo –o uno de los más gordos porque todos son de buen comer– se tira en plancha, todos los canadienses gritan desde el agua: “¡¡¡Tsunami!!!”. Al final Carlos y Javi se animan y se tiran al agua. Yo estoy a punto de tirarme también pero que a Carlos le castañeen los dientes no me parece una buena señal así que me lo pienso dos veces. En lugar de eso me voy a por un sándwich con Sara y Iago al snack bar donde desayunamos. Cuando volvemos, Carlos y Javi están saliendo del agua. No pasan mucho calor que digamos.

Carlos jodido de frío
Carlos jodido de frío

Se terminan de secar. Vamos todos a por otro sándwich. Decidimos que ha sido suficiente por hoy. Todos a dormir.

Un paréntesis cubano: os presento a Dengue

En la entrada anterior no pude adjuntar su foto porque aún no la tenía. Amigas, amigos, os presento a Dengue, el perro que nos siguió por media Habana y que se ganó un hueco en nuestros corazones.

Dengue
Dengue

Aprovecho para mandarle un beso cubano a Diego, por buscarme para el blog las mejores fotos de cada día en Cuba. Y en un tiempo record :)

Domingo 9 de marzo: visita a pie por La Habana o el día que temimos por nuestra vida

Pipipipii pipipipii. El despertador de mi móvil vuelve a sonar a las 9:00. Contra todo pronóstico, no tenemos resaca. Bien. El día vuelve a amenazar con romper a llover. Parece que el sol no quiere salir nunca en este país. Nos damos una ducha. Carlos no encuentra la tarjeta de la habitación. Vaya. Le acompaño a recepción a por otra. En recepción nos hacen tres tarjetas nuevas, por seguridad. No queremos que ningún malote entre en la habitación mientras dormimos. Le preguntamos a la señorita de recepción cuando va a salir el sol. Nos dice que ahora mismo ha entrado un frente frío en la isla pero que mañana saldrá el sol. Subimos de nuevo a la habitación, no muy convencidos con la predicción meteorológica de la recepcionista. Recogemos a Nacho y bajamos a desayunar. Hoy no tengo tanta hambre como para desayunar lo mismo que ayer así que tomo un par de tazones de leche con cereales. Mientras desayunamos, Diego nos cuenta que Iago ha sido la primera baja en combate. Parece que está bastante fastidiado del estomago. Encuentro a unas chicas de Magisterio en la recepción del hotel, esperando al ascensor. Parece que tienen suero oral, sabor naranja. Las acompaño a la habitación para coger el suero. Su habitación es una de las dobles que queríamos coger cuando llegamos al hotel. ¡Menos mal que al final cogimos una triple! ¡La habitación doble tiene una minúscula ventana que da a un patio interior de medio metro cuadrado! Bajo de nuevo a la recepción y allí encuentro a Iago, que está esperando a unos conocidos cubanos para darles medicamentos y más cosas. Le doy el suero y subo a la 1109 a por mis cosas y a recoger a Nacho y Carlos. Ya estamos listos. Cuando vamos a salir de la habitación descubrimos una cortina en la pared. ¡Hay otra ventana en la habitación! La abrimos. Da a un patio muy oscuro. Da algo de miedo. La cerramos y decidimos no volver a abrirla nunca más.

Nos reunimos con el resto de compañeros en la puerta del hotel. Hoy vamos a explorar La Habana con la ayuda de la guía que Javi ha traído de la biblioteca. Desde ese momento le asignamos el mote de Guía. Salimos del Deauville y giramos a la izquierda, por la calle San Lázaro. Las casas están muy deterioradas por fuera. Vemos bastantes aparcamientos privados o parqueos.

Parking privado 24 horas
Parking privado 24 horas

Enseguida llegamos al Paseo de Martí (José Martí, todo un referente en las esculturas y bustos de La Habana), que conecta el Malecón con el Capitolio. Vemos varias escuelas. Tomamos nota para volver otro día y darles regalos a los niños. Alguien comenta que todos vamos con la botella de agua de la mano. Nos hacemos una foto para que nuestras mamás vean que somos unos niños sanos. Seguimos caminando y el Guía nos hace una seña para que le sigamos hacia la izquierda. Enseguida llegamos al Museo de la Revolución. Entramos con la idea de visitarlo pero como está en reformas decidimos no hacerlo. Rodeamos el museo y nos dirigimos al Capitolio. Por el camino alguien comenta que algo extraño pasa con los semáforos. ¡Carajo, están al otro lado de los cruces! ¡Están locos estos cubanos! Tomo nota mental: tengo que preguntarle a algún taxista el porqué de la colocación de los semáforos. Continuamos y no tardamos en llegar al Parque Central. Una estatua de José Martí (cómo no) se alza en el centro del parque. Mientras hacemos algunas fotos, un cubano con una tarjeta de acreditación (no sé de dónde, no llegué a fijarme) en la camisa se nos acerca. Dice que no viene a pedirnos propinas. Dice que no viene a engañarnos. Dice que sólo viene a ofrecernos un paseo en coche hasta el Buena Vista Social Club® para tomar “el mejor mojito” de La Habana. Siempre nos ofrecen “el mejor mojito”. Le respondemos que tenemos otros planes. Hoy toca visita cultura. Ya habrá tiempo para mojitos (y ciertamente lo hubo, pero otro día). El hombre insiste en llevarnos al Buena Vista Social Club®. Le volvemos a dar un no, que esta vez parece aceptar como definitivo. Cruzamos el Parque Central, directos hacia el Capitolio. Estamos a punto de abandonar el parque cuando aparece el hombre de la acreditación delante de nosotros. ¡Como lo ha hecho! Antes de que podamos preguntarle, nos ofrece ir a tomar unos mojitos al Buena Vista Social Club®. Empieza a resultar un poco molesto. Aparece un segundo hombre y nos pide unas monedas. El primero le recrimina al segundo que él ha llegado antes, que somos sus clientes. El segundo le responde que sólo quiere estafarnos. Mientras discuten aprovechamos para huir.

Llegamos al Capitolio. El edificio es una réplica del norteamericano. Actualmente no se usa y se puede visitar, previo pago de 3 CUC. Decidimos entrar más tarde. El Guía tiene prisa por llevarnos a no sé qué sitio. Él tiene la guía de la ciudad. Él manda. Nos hacemos una foto antes de irnos.

Telecos en el Capitolio de La Habana
Telecos en el Capitolio de La Habana

Nos internamos hacía el corazón de La Habana, directos al barrio chino. Cabe señalar que únicamente vimos a una persona con rasgos asiáticos durante todo el tiempo que estuvimos en el barrio chino. Recorremos un par de calles muy comerciales, repletas de restaurantes. En la puerta de todos los restaurantes por los que pasamos, un empleado del restaurante nos para y nos vende el menú del día. Sólo son las 12:00, aún no tenemos hambre. De todos modos hace falta tener mucho hambre para comer en alguno de esos restaurantes (lo siento, pero la comida asiática no va conmigo).

Abandonamos el barrio chino y salimos a una avenida bastante deteriorada. Carlos ve unos grafitis en una pared y saca unas fotos. Yo hago una foto de unos timbres en un portal, curiosa cuanto menos.

Timbres cubanos
Timbres cubanos

La calle parece estar cortada por precaución debido a una zanja.

Calle zanja
Calle zanja

Seguimos caminando por la ciudad detrás del Guía. Nos dirigimos a Centro-Habana. Vemos un camión de la basura vaciar contenedores. En el camión podemos leer la inscripción “Ayuntamiento de Sevilla”.

Camión de la basura del Ayuntamiento de Sevilla
Camión de la basura del Ayuntamiento de Sevilla

¡Qué curioso! En los contenedores reza la inscripción “Ayuntamiento de Murcia”. Los autobuses son de Barcelona y Bilbao. Parece que España manda lo que le sobra para Cuba (seguro que los cubanos están más que agradecidos). Buscamos un autobús rojo de Pucela, pero no hay suerte. El Guía nos conduce hacia el callejón Hamel, un centro de adoración de santería. Se trata de una calle muy estrecha con las paredes llenas de murales de mil colores y mensajes como: “La envidia es la peor de todas las brujerías” o “La vida es un paso, la muerte una carrera”.

En el callejón Hamel (la foto no es mia, es de Antje, de Panoramio.com)
En el callejón Hamel (la foto no es mia, es de Antje, de Panoramio.com)

Jorge se entretiene a hablar con un grupo de gente a los que entrega regalos. En el centro del callejón un grupo de personas toca, canta y baila música étnica. Aprovechamos para sentarnos en una especie de bañeras dispuestas a modo de bancos para hacer un descanso. Reanudamos la marcha unos minutos después. Llegamos a la calle Hospital y no sabemos qué dirección tomar para llegar al Malecón. Como el sol sigue oculto entre las nubes, tratamos de orientarnos con el plano de la guía. Decidimos girar hacia la izquierda (error). Avanzamos durante unos metros. Llegamos a una plaza. Nos damos cuenta de nuestro error y decidimos volver sobre nuestros pasos. Mientras, Jorge se funde en unos cariños abrazos con un cubano (ebrio) que pasa por el lugar.

¡Viva el comandante!
¡Viva el comandante!

Mientras tratamos de orientarnos vemos como Jorge M. se queda embelesado mirando una verja. “Tres meses”, comenta. Le miramos, extrañados. “Sí hombre, tres meses se tarda en hacerla. Es que mi abuelo era el herrero del pueblo”. Desde ese momento le asignamos el mote de Verjas. Iván saca una foto a un coche (creo recordar que era un Ford). Los dueños del coche salen de la casa que está frente al coche. Nos explican que lo tienen desde 1949 y que funciona como el primer día (depués de alguna que otra reparación).

Continuamos callejeando hasta que llegamos a una plaza, con el Malecón al fondo. Iago entra en una librería y compra un “Diario del Ché en Bolivia”, primera edición, y a buen precio. Le comento a Diego, malintencionadamente, que a él le costó más ayer y además no era una primera edición. Me lanza una mirada de esas que matan (pero con cariño). Cruzamos la plaza y una simpática mujer cubana se acerca y nos indica donde podemos encontrar un paladar (casa cubana en la que se ofrecen comidas). Aun no tenemos hambre pero recordamos la situación del paladar para volver a comer. Javi consulta una vez más la guía. Estamos cerca de la Universidad de La Habana. Vamos pues a visitarla. Comenzamos el ascenso por una calle que desemboca directamente en la gran escalinata de la Universidad. La verdad es que los universitarios de La Habana tienen que estar en forma después de subir tanta escalera.

Escaleras de la Universidad de La Habana. Alguno tuvo que parar a coger aire para llegar arriba.
Escaleras de la Universidad de La Habana. Alguno tuvo que parar a coger aire para llegar arriba.

ubimos las escaleras. Damos un paseo por el campus. Es muy grande. Nos hacemos una foto subidos en la tanqueta que hay en la plaza central del campus. Ahora sí que tenemos hambre. Decidimos ir al paladar que nos comentó la simpática señora. Comenzamos el descenso por las escaleras de la Universidad. Jorge se tuerce el tobillo varias veces. Paramos a descansar un momento. No queremos tener un tercer mosquetero lesionado (aunque Iván y Carlos ya están funcionando al 95%). Bajamos por la misma calle por la que subimos a la Universidad, directos al paladar. Cuando estamos a punto de llegar, un individuo (cubano) nos ofrece comer barato (por 6 CUC) y además incluyendo un líquido (la bebida) en un restaurante cercano. Amablemente, le decimos que no, qué queremos probar la comida en un paladar. El individuo insiste pero volvemos a rechazar su oferta. Continuamos hacia el paladar. El individuo nos sigue y no para de repetir su oferta. Le ignoramos. Al llegar al paladar, sale a recibirnos el cocinero, vestido con una camiseta del Fórum Valladolid. ¡Qué pequeño es el mundo! Nos dice que el paladar no tiene capacidad para doce personas pero que un compañero suyo nos va a llevar a otro paladar cercano. Aparece el compañero del cocinero. Entonces, el individuo (pesado como nadie) increpa al compañero diciendo que nosotros éramos sus clientes. Hay gritos. Nosotros tratamos de tomar parte en la discusión a favor del compañero. Entonces los dos cubanos nos explican que no pasa nada, que es normal que discutan por el pan que tienen que llevar a sus hijos. El individuo pregunta quién es el líder del grupo. Todos señalamos a Diego. Desde ese momento le asignamos el mote de Líder. El individuo vuelve a explicar al Líder la oferta y el Líder responde que no. “Te estás poniendo un poco cabrón”, dice el individuo. Diego le pregunta que por qué le insulta y decide no volver a abrir la boca. Entonces, por insistencia, decidimos seguir al individuo hasta el restaurante. El ayudante se marcha. Por el camino, el individuo sigue comentándonos la oferta de la comida por 6 CUC, incluyendo un líquido. Es realmente pesado. Qué necesidad tiene de repetirlo si ya le estamos siguiendo. Llegamos al restaurante. Es pequeño pero entramos doce personas. Alguien comenta que, sólo por lo pesado y desagradable que ha sido el individuo, deberíamos irnos. Dicho y hecho. El individuo sale detrás de nosotros. Trata de convencernos pero nadie le hace caso. Se rinde y da media vuelta. A ver donde comemos ahora por 6 CUC y que incluya un líquido… Volvemos a encontrarnos con el compañero del cocinero del paladar. Le explicamos lo que ha ocurrido. Nos lleva a otro paladar. El sitio es acogedor aunque hace frío porque el aire acondicionado está a toda pastilla. Nos explican los menús y los precios. No es barato (entre 12 y 15 CUC, sin incluir el líquido) pero son las 14:00 y tenemos hambre. Nos quedamos a comer. Todos comemos pollo y cerdo, preparados de diferentes modos (a la campechana, a la hawaiana, etc) con arroz y frijoles. Iago está todavía apurando su suero oral así que, por precaución, decide no comer. Mientras lo hacemos los demás, nos ameniza la comida con una lectura de su recién adquirido “Diario del Ché en Bolivia”.

Como se ve en la foto, Iago estuvo cerca de la muerte
Como se ve en la foto, Iago estuvo cerca de la muerte

Terminamos de comer y pagamos. El dueño del paladar decide obsequiarnos con un puro (más tarde descubrimos que el motivo del regalo fue que no le dejamos propina). Salimos del paladar. Acaban de cerrar los colegios electorales en España y nadie tiene noticias. Javi manda un mensaje a casa para preguntar. Decidimos continuar nuestra visita y dirigirnos hacia la Plaza de la Revolución. Nos orientamos con la guía del Guía. Está algo lejos así que empezamos a caminar. Caminamos y caminamos. Llegamos a la estación de autobuses, cerca de la Plaza de la Revolución. Un cubano nos para y nos pide fuego. Ana viene por detrás así que nadie lleva mechero encima. Nos pregunta que si somos de España. Nos cuenta que tiene una novia en España y que ahora va a mandarla un email (estamos frente a un locutorio). Nos pregunta que si hemos visto la estatua de John Lennon. Le respondemos que no. Nos dice que le esperemos dentro de media hora en el Teatro Nacional, que ha quedado con su novia cubana que vive cerca de la estatua de John Lennon y que nos acompaña. Le respondemos con un sí. Se marcha. Mientras nos alejamos nos miramos los unos a los otros y no hace falta que nadie diga nada. No vamos a ir. Con la experiencia del maletero tuvimos suficiente. No nos fiamos ni de nuestra propia sombra cubana.

Seguimos nuestro camino hacia la Plaza de la Revolución. Ya la vemos al fondo. Una pelea de perros en mitad de la carretera nos sobresalta. Un perro con camisa ha mordido a otro perro gris y sin pelo. El perro con camisa vuelve a la acera, triunfal pero antes de que llegue, un coche le da un pequeño toque. El perro con camisa ni se inmuta. Es un perro duro, muy duro.

El perro con camisa
El perro con camisa

El perro con camisa se aleja. El perro gris sin pelo parece seguirnos. Sí, nos está siguiendo. La verdad es que su aspecto es lamentable. Diego comenta que si algún mosquito pica a ese perro, lo más seguro es que el mosquito se contagie de dengue. Le respondo que ese perro no tiene dengue, es “el dengue”. Desde ese momento le asignamos el mote de Dengue. Llegamos a la Plaza de la Revolución acompañados por Dengue. Intentamos subir al monumento del Memorial (a José Martí, quién sino) pero un militar nos hace señas inequívocas de que no lo hagamos. Decidimos no hacerlo. Continuamos nuestra visita hacia el cementerio de La Habana. La guía del Guía afirma que es uno de los más grandes y bonitos de Sudamérica. Vamos allá. A los pocos pasos, un niño se acerca a pedirnos caramelos, bolis, dinero, etc. Jorge le da un boli. El niño se une a la expedición y decide ayudarnos a llegar al cementerio. Torcemos a la izquierda, por un barrio más bien poco turístico. Dengue aún nos sigue. Parece que le agrada nuestra compañía. Las calles por las que nos guía el niño están todavía más deterioradas que el resto de La Habana. Nos internamos cada vez más en el siniestro barrio. Varios grupos de cubanos nos miran con recelo. Parece que no están muy acostumbrados a la presencia de turistas por su zona. “Hemos llegado”, dice el niño. Y tiene razón. Estamos junto a una de las puertas laterales del cementerio pero ésta está cerrada. Nos detenemos un segundo a pensar en nuestra situación: un niño y un perro llamado Dengue nos han guiado hasta la puerta lateral de un cementerio por un barrio nada turístico donde la gente no para de echarnos extrañas miradas. Y para colmo queda poco para que anochezca. El niño dice que esperemos, que va a buscar a alguien. Por un momento tememos por nuestra vida. El niño va a venir con sus primos cubanos de Zumosol Ciego Montero y nos van a dar para el pelo. Dengue parece indiferente y espera sentando a que el niño vuelva (no exactamente sentado ya que no llega a tocar el suelo). A los pocos minutos aparece el niño con un hombre cubano. El hombre dice que le sigamos. Lo hacemos. Alguien señala a otro hombre que empuña un gran machete de los que se usan para partir cocos. Mierda. No nos separamos de nuestro nuevo guía. Parece un tipo agradable. “2-1”, me comenta. “El Real Madrid ha perdido”. Me sorprendo. ¿Cómo se ha enterada del resultado del Madrid si sólo hace media hora que ha terminado? “Con la Roma”. ¡Ah! Me cuenta que se reúne con unos compañeros en un bar para ver los partidos de Champions. Es seguidor del Barsa y fan de Messi. Durante el camino al cementerio seguimos hablando de fútbol. Le pregunto por la vida en La Habana. Me cuenta que no gana mucho dinero pero que es suficiente para vivir. Dice que Raúl (Castro) les va a subir el sueldo. Me pregunta por mi edad. 22. “Eres un crío. Te voy a dar un consejo. No te metas en peleas y procura hacer tu vida al margen de guerras absurdas”. Me está hablando de la Revolución.

Por fin llegamos al cementerio. Encontramos un par de gallos decapitados en la puerta. Algún rito de santería. Le damos mil gracias a nuestro improvisado guía (además de una generosa propina, él se la ha ganado). Pagamos 2 CUC de entrada al cementerio. El guardia nos dice que no tardemos, que están a punto de cerrar. Diego le quita la guía a Javi y nos hace una visita guiada “en cubano” (con acento cubano).

Continuamos caminando por el cementerio. Javi encuentra un seto con un asombroso parecido al encapsulado de un LED. Iván encuentra algo aún más curioso: el mausoleo del Sindicato Nacional de Trabajadores de Telecomunicaciones. Como buenos telecos, nos hacemos una foto de grupo.

Telecos y al fondo el mausoleo del Sindicato Nacional de Trabajadores de Telecomunicaciones
Telecos y al fondo el mausoleo del Sindicato Nacional de Trabajadores de Telecomunicaciones

Junto al mausoleo encontramos una tumba abierta y repleta de huesos (no creo que sea de buen gusto que adjunte la foto). Un hombre nos sigue. Creo que nos está lanzando la indirecta de que quieren cerrar el cementerio y que tenemos que ir terminando. No discutimos con él. Estamos hechos polvo de tanto andar y empieza a oscurecer. Antes de irnos visitamos la famosa tumba de la Milagrosa. Tiene flores frescas.

Suficiente visita por hoy. Son las 18:00 y está anocheciendo. Cogemos unos taxis para volver al hotel. De nuevo vuelvo a compartir taxi con Carlos (Gandalf), Javi y Nacho. Recuerdo la nota mental que tome por la mañana y le pregunto al taxista que pasa con los semáforos, por qué están al otro lado de los cruces. El taxista responde que ni el mismo lo sabe, que no tiene ningún sentido. Comenta que muchos turistas le hacen esa pregunta y que a los extranjeros que conducen por La Habana les cuesta adaptarse a los semáforos cubanos.

Llegamos al hotel. Carlos, Nacho y yo pasamos por la tienda junto al hotel antes de subir a la 1109 para comprar una botella de ron. Si ayer probamos el Santiago, hoy toca el Caney. Como no tienen Tukola de dos litros, compramos una botella de Tukola Light. Subimos a la habitación. Encendemos la tele y sintonizamos TVE internacional. Aún no sabemos nada de las elecciones. Y parece que no nos van a decir mucho en TVE porque están dando un documental de anatomía forense. Nos servimos unas copas y nos encendemos los puros que nos regalaron en la comida (Carlos no lo enciende, sólo posa con él). La situación pide una foto a gritos.

Una pena que no se vea La Habana de fondo por la ventana
Una pena que no se vea La Habana de fondo por la ventana

Alguien llama a la puerta. Es Javi. Comienza el telediario en TVE. Reelección de ZP. Brindamos los cuatro. Recibo un sms de mi madre confirmándome el resultado electoral. Saco un paquete de lomo que traía envasado al vacío en la maleta. Nos servimos alguna copa más (acabamos la botella). Nacho termina su puro. Yo no puedo con él. Empiezo a marearme. “Este puro está en mal estado”, comento mientras caigo en la cama. Nacho ríe. “Eres una nena. Me voy a terminar tu puro”, comenta. Yo sigo muy mareado. Nacho le pega un par de caladas a mi puro y tiene que apagarlo. “Pues si que está en mal estado…”. Y vaya que si lo estaba. Nacho también cae.

¿Quién es la nena ahora?
¿Quién es la nena ahora?

Me doy una ducha para despejarme. Parece que funciona, ya lo veo todo algo más claro. Llama Javi al teléfono (no me había dado cuenta hasta entonces de que se había marchado de la habitación). Hemos quedado en media hora en la recepción para ir a cenar. Espabilo a Nacho y a Carlos, al que también parece haberle afectado el Caney. Se dan una ducha para despejarse y bajamos a reunirnos con el resto de gente a la recepción. Decidimos ir a cenar cerca. En el mismo Malecón, y no muy lejos del Deauville, encontramos un local donde sirven comida rápida. Cenamos hamburguesas y perros (calientes). Cuando nos marchamos, Sara y Ana compran un paquete de chicle. Saben a flúor. Están realmente asquerosos. Estamos derrotados del paseo que hemos dado durante el día. Algunos se retiran al hotel pero Carlos (Madejón), Javi, Sara, Ana, Nacho y yo decidimos ir a tomar un mojito a la terraza en la que Nacho y yo compramos el agua y las cervezas la noche en que llegamos. Está abierta pero no hay clientes. Nos sentamos justo en el momento que empieza a llover. No pasa nada, estamos protegidos con un toldo. Un camarero muy simpático se acerca a servirnos cinco mojitos y un cubalibre. Como no tiene nada más que hacer se queda hablando con nosotros. Mantenemos una agradable charla con él. Nos habla de la verdadera situación de la isla, de cómo la gente se muestra indiferente a la revolución, de las cosas que tienen que hacer los cubanos para sobrevivir. Decidimos tomarnos otra ronda allí. Disfrutamos de la compañía del simpático camarero. Pero el cansancio se apodera por completo de nosotros. Apenas podemos mantener los ojos abiertos. Nacho se duerme y el camarero decide invitarle a un trago cubano (un vaso de ron blanco a palo seco) para animarle. Se lo toma. Decidimos que ya ha sido suficiente por hoy. Pagamos y dejamos una generosa propina al camarero. Volveremos por esa terraza.

Cada uno vuelve a su habitación del hotel. No tardamos en dormirnos, de nuevo bajo el ruido de la lluvia.

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