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Lo que no nos pase a nosotros…

Mañana tenemos una cita con nuestro tutor para ponernos al día con nuestro proyecto. Se supone que ya hemos terminado la fase de documentación así que esta mañana Nacho y yo hemos decidido ir pronto a la biblioteca de la universidad para poner nuestras ideas en orden e ir mañana a ver a nuestro tutor con las cosas claras. La verdad es que resulta increíble que una biblioteca tan nueva y con tanto espacio para estudiar esté prácticamente vacía a pocos días de los exámenes. Y más cuando yo he visto a gente casi pegarse por un trozo de mesa en la que apenas cabe un folio en la biblioteca de mi facultad en Valladolid.

Hemos subido a la primera planta de la biblioteca y hemos encontrado una pecera (sala aislada del resto de la biblioteca), ideal para trabajar sin molestar a los tres griegos que estaban estudiando en la biblioteca. Nos hemos sumergido en el apasionante mundo de los radares… y sí, me he dormido. Tras lo que creo que han sido diez o quince minutos de sueño, he recuperado toda la energía rápida que necesitaba para continuar. Hemos decidido bajar a la planta de abajo ya que en la pecera no teníamos conexión a internet. Tras una hora de estudio hemos oído una señal de megafonía similar a la que precede a las ofertas anunciadas en la megafonía del Carrefour. Tras la señal, una voz griega anunciaba un mensaje incomprensible para nosotros. Sólo entendimos la palabra biblioteca. “Anda que si nos quedamos cerrados dentro de la biblioteca”, comento a Nacho mientras bostezo.

Una hora después, cuando hemos decidido que era buena hora para ir pensando en la comida, nuestras sospechas se han hecho ciertas. Nadie. No había absolutamente nadie en la biblioteca. Y sí, las puertas estaban cerradas. Mierda. ¿Y ahora qué? Tiene que haber una salida de emergencia, así que nos ponemos manos a la obra para encontrarla. Nuestra aventura por la biblioteca nos lleva el sótano, donde aparentemente hay una salida. Abrimos una puerta y oímos gritos. Nos están gritando a nosotros claro. Son las amables señoras de la limpieza. No entendemos absolutamente nada pero evidentemente nos están preguntando acerca del motivo que nos ha impulsado a bajar al sótano de la biblioteca cuando ésta ha cerrado hace una hora y media. No tardan en percatarse de que no hablamos griego aunque sí podemos entender algo de lo que nos dicen. Y no nos gusta. Por lo visto vamos a tener que esperar hasta las 17.30 para poder salir de la biblioteca, situación nada divertida teniendo en cuenta que eran las 13.30. El motivo. ¿Aun no os lo imagináis? Huelga, como no. Las señoras parecen realmente enfadadas con nosotros. Intento suavizar la situación preguntando en mi arcaico griego que si viven en la biblioteca. Evidentemente no así que por algún sitio tienen que salir. La estrategia funciona. Ahora parecen divertirse con nosotros aunque nosotros sólo queremos salir de allí cuanto antes. Nos acompañan hasta la puerta principal, sin dejar de hablar en ningún momento. En el momento en que vemos que tienen llave para abrirnos, dejamos de escucharlas automáticamente. Finalmente conseguimos salir de la trampa.

Salimos directos al comedor de la universidad. Tenemos hambre. Las amables señoritas que sirven la comida son capaces de detectar si tienes mucha hambre y, en caso de tal, sólo te dejan coger un plato de comida. Matemático, nunca falla. Hemos comido un triste plato de guisantes. Sólo guisante. Y ahora estamos aquí, en la puerta del comedor, tomando frapé y planificando la tarde. Necesito una siesta.

Espeluznante documento gráfico

Y es que el otro día teníamos puesto en la tele un canal de música griega mientras limpiábamos la casa (sí mamá, limpiamos de vez en cuando) y esto fue lo que vimos. Sobran las palabras.

Promo “Ven al botellón”

Todo empezó como una broma. Una guitarra, un cubo de basura, unas cervezas y unas risas. Decidimos grabar una promo para el botellón del próximo martes día 20 de enero en Thissio. Pero la cosa se complicó. Y es que cantando la canción en la calle un individuo nos dijo que eramos buenos y que nos iba a ayudar a encontrar trabajo en un bar del centro de Atenas. Sin más comentarios, os dejo con la promo de “Ven al botellón”.

Grecia… ¡copón!

Crónica del retorno

Doce y diez de la mañana. Nacho y sus padres pasan a recogerme a casa. Vamos dirección Barajas, a coger nuestro vuelo de vuelta a Atenas. El camino en coche hasta el aeropuerto de Barajas trascurre tranquilo. La carretera está en buen estado a pesar del aspecto que presenta el campo, cubierto completamente de blanco por la gran nevada de ayer.

Llegamos a la T1. Miramos los monitores del aeropuerto para comprobar en que ventana tenemos que facturar. 300. Al llegar, una amable señorita nos pide que la demos cualquier tarjeta con banda magnética, sin darnos más explicaciones. “Amable señorita, ¿para qué quiere nuestras tarjetas con banda magnética?”, la pregunto. Nos explica que nos va a expedir las tarjetas de embarque en unas máquinas, lo cual no tiene mucho sentido pues de todos modos teníamos que pasar por la ventanilla de facturación para facturar nuestro equipaje. Bueno, “equipaje”, me explico. Al pesar mi maleta la báscula marca 27kg. Ninguna sorpresa, ya lo sabía. “¿Vais juntos?”, nos pregunta la señorita de la ventanilla de facturación. “En tal caso, poned las dos maletas juntas en la báscula”, añade. Seguimos las instrucciones de la señorita de la ventanilla con la esperanza de no superar el máximo peso permitido entre las dos maletas. 54kg. O lo que es lo mismo, dos maletones de 27kg cada uno. La señorita de la ventanilla, claramente inexperta aun en su puesto, llama a una compañera para comentarle la situación. La compañera mira con asombro la báscula. “¿Una persona? Entonces tienes que pagar 20€”. Catastrofía. “No, compañera de la amable señorita, somos dos”, le replico. “Vale, entonces no hay problema porque podéis llevar 20 kg cada uno”. Perfecto. Como todo el mundo sabe 20+20=54. Verdad verdadera.

No tardamos en pasar el control policial hacia la zona de embarque. Nacho pone a prueba la paciencia del policía encargado de vigilar los objetos que pasan por la cinta de rayos X. Una vez instalados en los cómodos asientos de las sala de espera de Barajas, la megafonía del aeropuerto anuncia que algunos vuelos pueden retrasarse debido a la climatología. Lógico. Hay una niebla del quince. Al anunciarlo en inglés, sustituyen la palabra “retrasarse” por “cancelarse”. No nos gusta un pelo.

Los paneles no nos informan de ningún retraso en el vuelo, pero por megafonía nos dicen que vamos a embarcar veinte minutos más tarde de lo esperado. Rezamos cruzamos los dedos para no perder la conexión en Frankfurt ya que nuestro vuelo hace escala allí.

En el avión matamos el tiempo como podemos: crucigrama de El País, comida cinco estrellas y media (pollo recalentado con arroz, zanahoria y alubias verdes), unos chatos de vino alemán… Y por fin aterrizamos en Frankfurt. Bajamos del avión y… ¡zas, en toda la boca! Más frío y nieve en Frankfurt. Y encima nuestro vuelo está retrasado quince minutos. Y para rematar la faena tenemos que caminar un trecho hasta llegar a la puerta de embarque.

No pasa nada. Nos hacemos con una mesa cerca de la puerta de embarque, unos Herald Tribune y ponemos música con mi portátil. Por fin llega la hora de embarque. Es curioso pues podemos identificar sin ningún tipo de problema a todos los griegos que van a embarcar en nuestro vuelo. Son inconfundibles.

El vuelo de Frankfurt a Atenas se hace mucho más llevadero que el anterior. Esta vez matamos el tiempo bebiendo Cocacola y zumo de naranja (probablemente le añadimos algo más de una botella que probablemente compramos en el dutty free de Frankfurt). Cuando nos queremos dar cuenta estamos aterrizando en Atenas. Tenemos suerte pues nuestra maleta aparece de las primeras en la cinta. Cogemos el autobús X95 hacia Evaggelismos. Gratis, por supuesto. Ya casi nos habíamos olvidado de que el transporte Ateniense es gratis. Ya en Evaggelismos cogemos un taxi hasta nuestra casa. Una vez allí, y como no podía ser de otra manera, pegamos un timbrazo a nuestros queridos vecinos lituanos. No es muy tarde, cerca de las 2 de la madrugada. Contra todo pronóstico, uno de nuestros vecinos se asoma al balcón. Les invitamos a venir a casa a tomar una cerveza. La cerveza del retorno. Declinan la oferta. Lo pagarán caro, pero otro día. Ahora estamos demasiado cansados. O no…

Ultimo día en el “Polo Norte”

Mi mes de “semivacaciones” en España llega a su fin y termina como empezó: con nieve y frío, mucho frío. Y es que no recuerdo un invierno igual en Valladolid en muchos años (aunque mis padres se empeñen en decirme que sí). Esta mañana he tenido que hacer unos recados de última hora (ya sabéis, todo para el último momento, typical Spanish) y he de confesar que he temido por mi integridad física varias veces. Y es que Valladolid ha amanecido completamente cubierta de nieve por lo que conducir era una tarea imposible. No me ha quedado más remedio que estrenar mis botas de montaña y patear la ciudad de arriba a abajo. Os dejo estás fotos, para que os hagáis una idea de lo grave de la situación.

Nevada en la plaza que hay debajo de mi casa

Nevada en la plaza que hay debajo de mi casa

Nieve en la Esgueva

Nieve en la Esgueva

Paseo del Cauce nevado

Paseo del Cauce nevado

Más nieve en el Paseo del Cauce, al otro lado de la vía

Más nieve en el Paseo del Cauce, al otro lado de la vía

Nieve en la ETSIT

Nieve en la ETSIT

Os dejo que tengo que seguir preparando la maleta para volver mañana a mi paraiso semitropical aka Atenas.

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