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Crónica del retorno

Doce y diez de la mañana. Nacho y sus padres pasan a recogerme a casa. Vamos dirección Barajas, a coger nuestro vuelo de vuelta a Atenas. El camino en coche hasta el aeropuerto de Barajas trascurre tranquilo. La carretera está en buen estado a pesar del aspecto que presenta el campo, cubierto completamente de blanco por la gran nevada de ayer.

Llegamos a la T1. Miramos los monitores del aeropuerto para comprobar en que ventana tenemos que facturar. 300. Al llegar, una amable señorita nos pide que la demos cualquier tarjeta con banda magnética, sin darnos más explicaciones. “Amable señorita, ¿para qué quiere nuestras tarjetas con banda magnética?”, la pregunto. Nos explica que nos va a expedir las tarjetas de embarque en unas máquinas, lo cual no tiene mucho sentido pues de todos modos teníamos que pasar por la ventanilla de facturación para facturar nuestro equipaje. Bueno, “equipaje”, me explico. Al pesar mi maleta la báscula marca 27kg. Ninguna sorpresa, ya lo sabía. “¿Vais juntos?”, nos pregunta la señorita de la ventanilla de facturación. “En tal caso, poned las dos maletas juntas en la báscula”, añade. Seguimos las instrucciones de la señorita de la ventanilla con la esperanza de no superar el máximo peso permitido entre las dos maletas. 54kg. O lo que es lo mismo, dos maletones de 27kg cada uno. La señorita de la ventanilla, claramente inexperta aun en su puesto, llama a una compañera para comentarle la situación. La compañera mira con asombro la báscula. “¿Una persona? Entonces tienes que pagar 20€”. Catastrofía. “No, compañera de la amable señorita, somos dos”, le replico. “Vale, entonces no hay problema porque podéis llevar 20 kg cada uno”. Perfecto. Como todo el mundo sabe 20+20=54. Verdad verdadera.

No tardamos en pasar el control policial hacia la zona de embarque. Nacho pone a prueba la paciencia del policía encargado de vigilar los objetos que pasan por la cinta de rayos X. Una vez instalados en los cómodos asientos de las sala de espera de Barajas, la megafonía del aeropuerto anuncia que algunos vuelos pueden retrasarse debido a la climatología. Lógico. Hay una niebla del quince. Al anunciarlo en inglés, sustituyen la palabra “retrasarse” por “cancelarse”. No nos gusta un pelo.

Los paneles no nos informan de ningún retraso en el vuelo, pero por megafonía nos dicen que vamos a embarcar veinte minutos más tarde de lo esperado. Rezamos cruzamos los dedos para no perder la conexión en Frankfurt ya que nuestro vuelo hace escala allí.

En el avión matamos el tiempo como podemos: crucigrama de El País, comida cinco estrellas y media (pollo recalentado con arroz, zanahoria y alubias verdes), unos chatos de vino alemán… Y por fin aterrizamos en Frankfurt. Bajamos del avión y… ¡zas, en toda la boca! Más frío y nieve en Frankfurt. Y encima nuestro vuelo está retrasado quince minutos. Y para rematar la faena tenemos que caminar un trecho hasta llegar a la puerta de embarque.

No pasa nada. Nos hacemos con una mesa cerca de la puerta de embarque, unos Herald Tribune y ponemos música con mi portátil. Por fin llega la hora de embarque. Es curioso pues podemos identificar sin ningún tipo de problema a todos los griegos que van a embarcar en nuestro vuelo. Son inconfundibles.

El vuelo de Frankfurt a Atenas se hace mucho más llevadero que el anterior. Esta vez matamos el tiempo bebiendo Cocacola y zumo de naranja (probablemente le añadimos algo más de una botella que probablemente compramos en el dutty free de Frankfurt). Cuando nos queremos dar cuenta estamos aterrizando en Atenas. Tenemos suerte pues nuestra maleta aparece de las primeras en la cinta. Cogemos el autobús X95 hacia Evaggelismos. Gratis, por supuesto. Ya casi nos habíamos olvidado de que el transporte Ateniense es gratis. Ya en Evaggelismos cogemos un taxi hasta nuestra casa. Una vez allí, y como no podía ser de otra manera, pegamos un timbrazo a nuestros queridos vecinos lituanos. No es muy tarde, cerca de las 2 de la madrugada. Contra todo pronóstico, uno de nuestros vecinos se asoma al balcón. Les invitamos a venir a casa a tomar una cerveza. La cerveza del retorno. Declinan la oferta. Lo pagarán caro, pero otro día. Ahora estamos demasiado cansados. O no…

Una respuesta a “Crónica del retorno”

  1. escrito el 15 Ene 2009 at 15:31Eva

    Alberto de 2009 tampoco paga por billetes???? Pues, queeeeee extraño!!!!

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