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Jueves 13 de marzo: visita a la discoteca Mediterráneo o el día que Carlos y Sara rompieron la pista de baile

Son las 9:30. Un ruido me despierta. Pum pum pum pum. Cada vez suena más fuerte. PUM PUM PUM PUM. Logro distinguir una voz: “My dream is to fly over the rainbow, so high”. ¡No me acordaba de que había cambiado el molesto pipipipii pipipipii de mi móvil por el “Yves Larock – Rise up” como tono de despertador! David y Kike también se despiertan con la música. Nos levantamos bailando y cantando de la cama, la mejor manera de empezar el día. David y Kike van a hacer una excursión pero el resto del grupo no tenemos planes para hoy. Me pego una ducha y llamo por teléfono –el interno del hotel, claro está– a la habitación de Nacho, Javi y Carlos. Me responde Carlos. Me dice que pase a recogerlos por su habitación para ir a desayunar. Me pongo el bañador, me doy crema y cojo la toalla. Bajo a buscar a éstos con el kit completo de piscina-playa. Llegó a su habitación tras la habitual espera de cinco minutos al ascensor. Toc toc. Carlos abre la puerta. Ya están listos –con sus kits completos de piscina-playa– pero Nacho decide quedarse en la habitación porque está bastante fastidiado, incluso tiene algo de fiebre. “Mejor descansar un poco que estar mañana peor”, comenta.

Son las 10:30. El buffet libre del hotel ya está cerrado. Esperamos cinco minutos al ascensor del hotel y bajamos directamente a desayunar al snack bar que está fuera del hotel. Nos recibe una amable camarera. No para de lanzarle piropos a Carlos: pipo, mi amor… Javi y yo nos reímos y la camarera nos pregunta que por qué. Nos dice que en Cuba todos hablan así, que no nos molestemos. Carlos no parece molesto sino encantado. La camarera nos dice que tenemos para elegir como desayuno: perro (caliente), hamburguesa, sándwich de jamón y queso y bocadillo de atún. Menudo desayuno. Vamos a hacer la dieta del perro en Cuba –sorprendentemente todos volvimos con kilos de menos–. Javi pide un bocadillo de atún y Carlos y yo una hamburguesa. La camarera tarda poco en servirnos y nosotros tardamos menos en comérnoslo. Mientras desayunamos, observamos a unos curiosos pájaros negros que invaden todo el snack bar. Parecen bastante sociables porque se acercan a la gente sin ningún miedo. De pronto, uno de los pájaros comienza a hincharse hasta límites insospechados. Cuando parece que va a explotar deja de hincharse y parece que quiere emitir un sonido. “Por lo menos va a rugir”, comenta Javi mientras no perdemos de vista al pájaro.

Pájaro hinchable cubano
Pájaro hinchable cubano

El pájaro negro abre la boca y, contra todo pronóstico, emite un sonido de mierda, casi inaudible. Vaya decepción. Nos levantamos y vamos a la playa. Aun no ha llegado nadie del resto del grupo así que cogemos tres hamacas y empezamos a tostarnos vuelta y vuelta al sol –Carlos lo hace literalmente–. Sara, Ana, Carlos (Relojes), Jorge, Diego y Jorge M. no tardan en llegar a la playa. Nos quedamos un rato charlando en las hamacas de la playa. Hace calor y tengo sed. Me levanto a pedirme un cóctel de algo al restaurante de la playa, que también funciona como bar.

Bar restaurante de la playa, donde comíamos y bebíamos todos los días
Bar restaurante de la playa, donde comíamos y bebíamos todos los días

Pido un cóctel de mil colores que creo que todavía no he probado. Me sabe igual que el resto: a azúcar. Veo a Iago e Iván jugando al basket, cerca del restaurante. Me acerco. Están jugando un veintiuno. Me uno. Gana Iván. Deciden jugar una bombilla. Me uno. Gana Iván. Deciden tirar unos tiros. Me uno. Vuelve a ganar Iván. Esta hecho un tío tiote del backet.

Tanto perder me ha vuelto a dar sed así que voy a por un par de cañas al bar de la piscina para Iago y para mí. Mientras estoy pidiendo, me doy cuenta de que hay mucho jaleo en la piscina. ¡Ah claro, es la clase de aquagym! Allí están Sara, Ana y Jorge M. haciendo aquagym. Parece que se lo están pasando piruleta. Tengo que probar esto del aquagym. Quizás mañana. Vuelvo con las dos cañas a la pista de basket. De camino me paro a saludar a mi amigo el Argentino. “Buenos días España”, me responde. Llego a la cancha de basket y nos quedamos tirando unos tiros. Al poco, la megafonía de la piscina anuncia que va a comenzar el bingo matutino. “Habrá que ir a jugar unos cartones, ¿no?”, les digo a Iago e Iván. Cuando llegamos a la piscina, Sara, Ana y Jorge M. están cada uno en su hamaca con un cartón, si es que se les puede llamar así ya que en realidad son unos rectángulos de piel con unas ventanas donde se ven los números, que se pueden tapar con una tapa deslizante de plástico. Que modernos estos cubanos, están a la último en cuanto a bingos se refiere. Sara nos cuenta que ya no hay más cartones así que nos quedamos con ellos mientras cantan los números. “Línea de la b. Bi lain. Veeeeintiuno. Dos uno. Tuentiguan. Chu guan”, comienza cantando por la megafonía de la piscina el cubano encargado de sacar las bolas del bingo. Después de unas cuantas bolas, Sara y Ana no van mal pero Jorge M. apenas ha tapado uno o dos números. “Y ahora el número que todos estabais esperando España. En la línea de la g. Lli lain. Sesenta y nueve. Sisti nain”. Que cachondos estos cubanos. Después de unas cuantas bolas –yo creo que todas menos media docena– una chica de magisterio canta bingo. ¡Jo que suerte! ¡Se lleva una botella de ron Mulata como premio (sí, ese que sirven en el hotel con todos los cócteles y que sabe a rayos)! Termina el bingo. Sara, Ana y Jorge M. vuelve a la playa con el resto. Un canadiense entabla una conversación con Iván porque lleva una camiseta de Garbajosa. Iván queda con el canadiense para echar un partido de basket España – Canada a las cinco y media de la tarde. Vuelve con Iago y conmigo y nos cuenta lo del partido. El canadiense y sus amigos son enormes pero les vamos a machacar esta tarde.

Como hace mucho calor, nos damos un baño en la piscina. No tarda en unirse al baño Diego, que llega desde la playa. Iago sale de la piscina para pedirle un balón a nuestro amigo el Argentino. Mientras tanto, Diego aprovecha para perrearnos a Iván y a mí en la cara. No se lo recomiendo a nadie. Iago vuelve con el balón al agua y jugamos a “A, E, I, O, U”. El mecanismo del juego es muy sencillo a la par que violento: vamos pasándonos la pelota mediante toques, sin que caiga al agua y cantando las vocales por orden; al que le toque la letra U tiene que rematar el balón contra la cara (o la parte del cuerpo que salga del agua que él prefiera) de uno de los otros tres que esán jugando. Todos (sobre todo Diego y Iago) nos llevamos algún que otro balonazo. Iván incumple las reglas del juego rematando el balón cuando canta la letra O y se lleva una ronda de castigo (saltamos desde el borde de la piscina y le lanzamos el balón a la cara mientras estamos en el aire). Decidimos dejar de jugar porque al final salimos a hostias de la piscina. Iago sale de la piscina. Salimos de la piscina cuando aparece el resto del grupo. No tenemos mucha hambre pero decidimos ir a comer al restaurante de la playa. Hay bastante gente así que nos toca sentarnos separados. Yo me siento con Iván, Diego, Iago y Ana. Mientras estamos comiendo el primer plato (pasta y varitas de merluza Capitán Pescanova, pero de pollo), una chica de la mesa de al lado nos pregunta que si somos de Valladolid. Le respondemos que sí. Nos pregunta que si también hemos venido con Marta de Viajes Eroski. Le volvemos a responder que sí. Entonces nos cuenta que ellos también son de Valladolid y han venido con Marta. Nos dice que la han llamado ayer para contarla que las condiciones del hotel no son las de uno de cuatro estrellas (y tiene toda la razón). Por lo visto Marta les dijo que iba otro grupo de Valladolid para allá en breve (es decir, nosotros) y que ya buscaría alguna solución porque nos le iba a llevar a ese hotel (pues va a ser que sí). Que eficiente es Marta de Eroski…

Continuamos con la comida. Todos pedimos hamburguesas de segundo plato. Cuando nos las traen, Iván comenta que hay dos tipos de personas: las que se echan el kétchup en la carne de la hamburguesa y las que se lo echan en el pan. Hasta entonces nunca lo había pensado pero tiene razón. Lo que no sabe explicarnos es qué diferencia hay entre esos dos tipos de personas, aparte de que se echan el kétchup en diferentes sitios de la hamburguesa. Terminamos de comer enfrascados en esa discusión filosófica. Yo subo a la habitación a darme crema para no quemarme con el sol y lavarme los dientes. Aprovecho para pasar a ver qué tal está Nacho, que no ha bajado de la habitación en toda la mañana. Tiene mal aspecto, además de fiebre. Le dejo descansando en su habitación y bajo con el resto del grupo a la piscina. Va a comenzar la clase de salsa…

Mientras espero al ascensor para bajar a la piscina –ya sabéis, la espera es del orden de unos cinco minutos– aprovecho para practicar los pasos que aprendimos en la clase de ayer. Dominados. Me reúno con el resto de telecos en la piscina. Esperamos a que terminen los crazy pool games para comenzar la clase de salsa. El crazy pool game de hoy es una especie de minigolf pero en lugar de meter las pelotas en hoyos hay que pasarlas por unos aguajeros situados en un panel de madera, dónde cada agujero tiene una diferente puntuación. Vuelve a ganar el tal John que ganó ayer al juego de las anillas. Le dan como premio otra botella de ron Mulata –espero que no se esté bebiendo todas las botellas que está ganando–. La clase comienza. Hoy somos mucha más gente que ayer. Volvemos a dar los mismos pasos de ayer, para afianzar conceptos. Al terminar la clase, igual que ayer, Carlos (Relojes) nos enseña algún paso nuevo –básicamente no enseña a dar una vuelta y a hacer una figura llamada Dile que no, aunque, no sé porque motivo, Iván y yo lo llamamos No me mires–. Una pareja de cubanos que trabaja en la animación nocturna del hotel se acerca a nosotros entre risas. Les hace gracia como bailamos. Nos hace una demostración gratuita de cómo se baila la salsa cubana –bailan de lujo– y nos dan algún que otro consejo.

Aun con la musiquilla en la cabeza, nos damos un baño y practicamos salsa dentro del agua. “Estoy en la piscina y bailo”, comenta Iván, haciendo un guiño a la célebre frase de los Simpsons “Estoy envuelto en llamas y bailo”. Nos reunimos con el resto en las hamacas de la piscina. Son las 17:30 y los canadienses no han aparecido. Parece que no hay partido. Pasamos el resto de la tarde jugando a las cartas y tomando cócteles. Probamos, por sugerencia de Carlos (Relojes) el juego de naranja con ron. No sé cómo no se me ha ocurrido antes, si es lo que bebo en Valladolid. Cojonudo. Desde ese momento no bebo otro cóctel en el hotel que no sea jugo de naranja con un chorrito de ron –y que el resto del grupo hace lo mismo–.

Sara y Jorge se van a merendar unas patatas al snack bar donde desayunamos. Uno de nosotros –cuya identidad no revelaré por petición suya– aprovecha para sacar su lado más femenino poniéndose el bikini de Sara.

¿Quién será el misterioso encapuchado?
¿Quién será el misterioso encapuchado?

Pasamos lo que queda de tarde jugando al comemierda. Ya es el juego oficial de teleco en Cuba. Cuando son las 20:30 decidimos subir a la habitación para darnos una ducha y arreglarnos antes de cenar. Hoy hay fiesta en una discoteca que se llama Mediterráneo. Parece ser que los animadores del hotel nos llevan allí –seguro que les dan una buena propina por llevarnos a esa discoteca–. Hemos quedado con ellos a las 23:00 en la puerta del hotel. Entro en el hotel con Iván y Iago. Esperamos al ascensor. Bailamos salsa mientras esperamos –como no–. El ascensor llega al lobby y montamos. Monta mucha más gente. El ascensor está lleno y se enciende el cartel luminoso de exceso de peso. Una señora gorda –canadiense para más señas– comienza a gritar como loca: “¡¡Chuuuuuuufuuuuuul chuuuuuuuufuuuuuuuuul!!”, es decir too full –demasiado lleno–. Una pareja de españoles –los últimos que han subido al ascensor– se baja para que el ascensor se pueda poner en marcha. Subimos a nuestras habitaciones y nos duchamos y arreglamos.

Como la tele de mi habitación no funciona, decido bajar al bar del lobby a tomar un juguito de naranja con un chorrito de ron mientras espero al resto del grupo. No tardan en aparecer. Subimos a cenar. Conseguimos una mesa al fondo del comedor para cenar todos juntos. Aparece Nacho, que ya se encuentra algo mejor pero no va a salir por la noche. No cenamos mucho. La comida no ha mejorado mucho al llegar a Varadero. En el buffet conozco a una pareja de españoles muy simpática que también están pasando unos días en Varadero. Terminamos de cenar. Subo a lavarme los dientes antes de salir. También suben Diego, Iago e Iván. Cuando llego a mi habitación, Kike y David se están preparando para salir. Los dos llevan puesta la misma camiseta. Original por cierto. David me explica que es una técnica para ligar.

¿Funcionaría la técnica para ligar?
¿Funcionaría la técnica para ligar?

Termino de lavarme los dientes y voy a recoger a Iago, Diego e Iván a su habitación. Mientras esperamos al ascensor para bajar al lobby, Diego nos graba a Iván y a mí bailando una salsa. Aun nos queda mucho que repasar.

Como todavía son las 21:30 y no hemos quedado hasta las 23:00 para ir a la discoteca, vamos a ver el espectáculo de baile que organiza el hotel en la piscina. Mientras disfrutamos del espectáculo, nos tomamos un juguito de naranja con un chorrito de ron. El espectáculo no está mal aunque damos alguna cabezada que otra –como cuando vimos el espectáculo del hotel La Riviera en La Habana, pero menos–. En el espectáculo actúa la pareja de cubanos que nos ha dado los consejos de salsa por la tarde.

Vamos a hacer tiempo hasta las 23:00 al bar del lobby. Cae algún juguito de naranja con un chorrito de ron más. Por fin son las 23:00. Nos dirigimos a la puerta del hotel aunque hay bajas de última hora. Parece que, de nuestro grupo, sólo vamos a la discoteca Jorge M., Sara, Ana, Carlos (Relojes), Iván, Javi, Iago y yo. La recepcionista se ha encargado de pedir unos cuantos taxis. Nosotros nos repartimos en dos taxis: Jorge M., Carlos, Ana e Iván en uno y Javi, Iago, Sara y yo en otro. El taxi de Jorge M. y compañía va adelantando como un loco al resto de taxis por lo que llegan a la discoteca en un tiempo record. Nosotros tardamos algo más en llegar. Los taxis en Varadero funcionan con taxímetro –nada de negociar precio– así que pagamos 7 CUC por la carrera. Esperamos a que llegue el resto de gente del hotel que también viene a la discoteca. Mientras esperamos vemos como el taxi que ha traído a Jorge M. y compañía hace el doble de carreras que el resto. Que bárbaro.

En la puerta de la discoteca hacemos un repaso rápido con Carlos de los pasos básicos de la salsa. Mientras me lo explica, se le cruce un cable, me agarra y me echa hacia atrás, haciendo la típica figura para acabar un baile.

No somos Carlos y yo (por si había dudas) pero así es como Carlos cargó con mis 72 kilos
No somos Carlos y yo (por si había dudas) pero así es como Carlos cargó con mis 72 kilos

El codo de Carlos emite un sonido un tanto desagradable, como cuando algo se rompe en mil pedazos. Parece que se ha hecho daño de verdad. Aun así no me ha dejado caer al suelo, lo que dice mucho sobre su profesionalidad a la hora de bailar. Carlos hace un movimiento brusco con el brazo y el codo parece volver a su sitio con otro crack. Arreglado. Ya no le duele.

Por fin llega todo el mundo y entramos en la discoteca. Nos clavan 10 CUC por entrar –y sin derecho a consumición–. Cuando entramos nos sentimos un poco decepcionados. La discoteca no es más que un patio –es a cielo abierto así que menos mal que la temperatura es agradable– con árboles y un escenario al fondo. La cabina del deejay es la típica cabaña en el árbol de las películas americanas y se sube a ella por una escalera de madera. Al lado del escenario hay una barra más o menos grande, atendida por dos camareras. Alrededor de la pista de baile hay mesas y sillas de plástico. Nos hacemos con una mesa y ocho sillas. Discutimos sobre si merece la pena comprar una botella de ron y unas latas de Tukola entre todos y decidimos que sí. Carlos parece emocionado –siempre que hay alcohol de por medio Carlos parece emocionado–. Vamos a pedir Javi, Carlos y yo. Mientras estamos en la barra empieza la actuación: un grupo de cubanos toca música y canta en directo.

Escenario de la discoteca Mediterráneo
Escenario de la discoteca Mediterráneo

La actuación dura una hora y media aproximadamente –justo el tiempo que tardamos en bebernos la botella–. Cuando termina, el deejay empieza a pinchar house. Después de un rato de house, el grupo quiere bailar salsa –no hemos estado practicando mientras esperábamos al ascensor para nada–. Decido subir yo mismo a hablar con el deejay. Me juego el físico al subir por las escaleras de la casa del árbol a la cabina. Allí arriba me recibe el deejay con una sonrisa. Que simpáticos estos cubanos. Le voy a pedir un poco de salsa pero me lo pienso en el último momento. En lugar de eso le pido que me deje ponerme un par de discos, para matar el mono –en España soy deejay en mis ratos libres–. “Sin ningún problema helmano”. No me cansaré de repetirlo: ¡que gente tan simpática, coño! Me pongo un par de discos para matar el mono. El equipo que tienen nos es gran cosa pero me apaño. Le doy las gracias una y mil veces y bajo a la pista con el resto del grupo. “Que has hecho ahí arriba tanto rato. Nos tenías preocupados”, me comentan. Vaya, al final se me ha olvidado pedir salsa pero el deejay parece leernos el pensamiento porque en ese instante empieza a ponerla. Empezamos a darlo todo, todos con nuestros pasos de las clases del hotel. De pronto, Carlos y Sara empiezan a bailar. A los dos o tres minutos, toda la discoteca les hace un corro. Están partiendo la pista de baile. Una vuelta por aquí. Otra vuelta por allá. El paso secreto de Carlos de tocarse los talones. Increíble. Otra pareja que está bailando por la discoteca se acerca y se mete en el corro para hacerles la competencia a Carlos y Sara. Ella es cubana y él extranjero. Más que bailar se están restregando. No tardan en abandonar el corro, humillados. No tienen nada que hacer contra Carlos y Sara. A las 3:00 en punto, una cubana pega un berrido –parece la sirena de un barco– indicando que es la hora de cierre de la discoteca. Volvemos al hotel en taxi.

Ya en el hotel, decidimos darnos un baño nocturno así que subimos a ponernos el bañador. Jorge M. y Ana se van a dormir. Yo me juego el físico y subo por la escalera de incendios. Llego sano y salvo a mi habitación. Me pongo el bañador, cojo la toalla y bajo con el resto a la piscina. Allí encontramos a un perro, pariente de Dengue, que está bebiendo agua de la piscina y restregándose por las hamacas.

Dengue II
Dengue II

Mientras decidimos si nos metemos al agua o no –ya que está más fría de lo que nos imaginábamos– llega un grupo de unos diez canadienses a la piscina, todos con sus enormes jarras de cerveza llenas. Se meten al agua sin pensárselo dos veces. Cuando el más gordo –o uno de los más gordos porque todos son de buen comer– se tira en plancha, todos los canadienses gritan desde el agua: “¡¡¡Tsunami!!!”. Al final Carlos y Javi se animan y se tiran al agua. Yo estoy a punto de tirarme también pero que a Carlos le castañeen los dientes no me parece una buena señal así que me lo pienso dos veces. En lugar de eso me voy a por un sándwich con Sara y Iago al snack bar donde desayunamos. Cuando volvemos, Carlos y Javi están saliendo del agua. No pasan mucho calor que digamos.

Carlos jodido de frío
Carlos jodido de frío

Se terminan de secar. Vamos todos a por otro sándwich. Decidimos que ha sido suficiente por hoy. Todos a dormir.

6 respuestas a “Jueves 13 de marzo: visita a la discoteca Mediterráneo o el día que Carlos y Sara rompieron la pista de baile”

  1. escrito el 28 Abr 2008 at 10:48Alberto Sánchez

    Perdón por las posibles faltas de ortografía o las letras que me haya comido en algunas palabras pero lo he publicado deprisa y corriendo que ya olía lo de esta entrada :P

    Cuando llegue de clase la revisaré con más cuidado.

  2. escrito el 28 Abr 2008 at 18:45diego

    Yo creo que a Iván y a mí nos confundes, porque siempre pones en el otro las palabras de uno xD En esta ocasión, con lo de los dos tipos de personas en relación al ketchup… es algo que siempre me llamó la atención internamente hasta que lo exterioricé en Varadero xDD

    Sigue así, sigue así, que te lo estás currando :D

  3. escrito el 28 Abr 2008 at 18:48Alberto Sánchez

    Ah pues puede ser. Comprende que hay muchos jugos de naranja con un chorrito de ron entre esos días y hoy. No doy para más pero corregidme todo lo que se me cuele :)

  4. escrito el 29 Abr 2008 at 19:17Jorge Rivas

    Yo estoy pensando que el calor ha nublado todos mis recuerdos, y ya no sé qué días han sido unas cosas y qué días otras.

    Ya van dos días en Varadero? van tres?

    Impresionado me dejas con tus recuerdos, pero me da que habrá unas cuantas cosas que se queden allí. Como bien dices… demasiado ron, demasiado juguito, demasiado azúcar….

  5. escrito el 30 Abr 2008 at 21:22Sara

    Soy la última en unirme a la lectura pero lo he cogido con ganas!
    Ya está. Puedes ir publicando más que ya me he puesto al día.
    Enhorabuena por el blog. Te está quedando muy chulo; con decirte que me lo he leido del tirón, en dos tandadas….eso es que engancha!

  6. escrito el 09 May 2008 at 11:03Alberto Sánchez

    Dos pequeñas correcciones (gracias a Iago y Diego por refrescarme la memoria):

    “Una pareja de españoles –los últimos que han subido al ascensor– se baja para que el ascensor se pueda poner en marcha”

    No fue una pareja la que se bajó del ascensor. ¡Fuimos nosotros tres! En realidad se bajaron Iago e Iván y yo me quedé en el ascensor con la intención de hacerles la treta pero se dierón cuenta antes de que las puertas se cerraran y me sacarón de un tirón del ascensor. “O todos o ninguno”, dijo Iván.

    La otra errata. Fue Diego y no Iván quien comentó que hay dos tipos de personas (refiriéndose a los que se echan el ketchup en la carne y los que se lo echan en el pan) durante la comida. Y no, Diego, no os confundo xD

    Bienvenida Sara :)

    Dentro de poquito nueva entrada…

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