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Archivo de Abril, 2008

Jueves 13 de marzo: visita a la discoteca Mediterráneo o el día que Carlos y Sara rompieron la pista de baile

Son las 9:30. Un ruido me despierta. Pum pum pum pum. Cada vez suena más fuerte. PUM PUM PUM PUM. Logro distinguir una voz: “My dream is to fly over the rainbow, so high”. ¡No me acordaba de que había cambiado el molesto pipipipii pipipipii de mi móvil por el “Yves Larock – Rise up” como tono de despertador! David y Kike también se despiertan con la música. Nos levantamos bailando y cantando de la cama, la mejor manera de empezar el día. David y Kike van a hacer una excursión pero el resto del grupo no tenemos planes para hoy. Me pego una ducha y llamo por teléfono –el interno del hotel, claro está– a la habitación de Nacho, Javi y Carlos. Me responde Carlos. Me dice que pase a recogerlos por su habitación para ir a desayunar. Me pongo el bañador, me doy crema y cojo la toalla. Bajo a buscar a éstos con el kit completo de piscina-playa. Llegó a su habitación tras la habitual espera de cinco minutos al ascensor. Toc toc. Carlos abre la puerta. Ya están listos –con sus kits completos de piscina-playa– pero Nacho decide quedarse en la habitación porque está bastante fastidiado, incluso tiene algo de fiebre. “Mejor descansar un poco que estar mañana peor”, comenta.

Son las 10:30. El buffet libre del hotel ya está cerrado. Esperamos cinco minutos al ascensor del hotel y bajamos directamente a desayunar al snack bar que está fuera del hotel. Nos recibe una amable camarera. No para de lanzarle piropos a Carlos: pipo, mi amor… Javi y yo nos reímos y la camarera nos pregunta que por qué. Nos dice que en Cuba todos hablan así, que no nos molestemos. Carlos no parece molesto sino encantado. La camarera nos dice que tenemos para elegir como desayuno: perro (caliente), hamburguesa, sándwich de jamón y queso y bocadillo de atún. Menudo desayuno. Vamos a hacer la dieta del perro en Cuba –sorprendentemente todos volvimos con kilos de menos–. Javi pide un bocadillo de atún y Carlos y yo una hamburguesa. La camarera tarda poco en servirnos y nosotros tardamos menos en comérnoslo. Mientras desayunamos, observamos a unos curiosos pájaros negros que invaden todo el snack bar. Parecen bastante sociables porque se acercan a la gente sin ningún miedo. De pronto, uno de los pájaros comienza a hincharse hasta límites insospechados. Cuando parece que va a explotar deja de hincharse y parece que quiere emitir un sonido. “Por lo menos va a rugir”, comenta Javi mientras no perdemos de vista al pájaro.

Pájaro hinchable cubano
Pájaro hinchable cubano

El pájaro negro abre la boca y, contra todo pronóstico, emite un sonido de mierda, casi inaudible. Vaya decepción. Nos levantamos y vamos a la playa. Aun no ha llegado nadie del resto del grupo así que cogemos tres hamacas y empezamos a tostarnos vuelta y vuelta al sol –Carlos lo hace literalmente–. Sara, Ana, Carlos (Relojes), Jorge, Diego y Jorge M. no tardan en llegar a la playa. Nos quedamos un rato charlando en las hamacas de la playa. Hace calor y tengo sed. Me levanto a pedirme un cóctel de algo al restaurante de la playa, que también funciona como bar.

Bar restaurante de la playa, donde comíamos y bebíamos todos los días
Bar restaurante de la playa, donde comíamos y bebíamos todos los días

Pido un cóctel de mil colores que creo que todavía no he probado. Me sabe igual que el resto: a azúcar. Veo a Iago e Iván jugando al basket, cerca del restaurante. Me acerco. Están jugando un veintiuno. Me uno. Gana Iván. Deciden jugar una bombilla. Me uno. Gana Iván. Deciden tirar unos tiros. Me uno. Vuelve a ganar Iván. Esta hecho un tío tiote del backet.

Tanto perder me ha vuelto a dar sed así que voy a por un par de cañas al bar de la piscina para Iago y para mí. Mientras estoy pidiendo, me doy cuenta de que hay mucho jaleo en la piscina. ¡Ah claro, es la clase de aquagym! Allí están Sara, Ana y Jorge M. haciendo aquagym. Parece que se lo están pasando piruleta. Tengo que probar esto del aquagym. Quizás mañana. Vuelvo con las dos cañas a la pista de basket. De camino me paro a saludar a mi amigo el Argentino. “Buenos días España”, me responde. Llego a la cancha de basket y nos quedamos tirando unos tiros. Al poco, la megafonía de la piscina anuncia que va a comenzar el bingo matutino. “Habrá que ir a jugar unos cartones, ¿no?”, les digo a Iago e Iván. Cuando llegamos a la piscina, Sara, Ana y Jorge M. están cada uno en su hamaca con un cartón, si es que se les puede llamar así ya que en realidad son unos rectángulos de piel con unas ventanas donde se ven los números, que se pueden tapar con una tapa deslizante de plástico. Que modernos estos cubanos, están a la último en cuanto a bingos se refiere. Sara nos cuenta que ya no hay más cartones así que nos quedamos con ellos mientras cantan los números. “Línea de la b. Bi lain. Veeeeintiuno. Dos uno. Tuentiguan. Chu guan”, comienza cantando por la megafonía de la piscina el cubano encargado de sacar las bolas del bingo. Después de unas cuantas bolas, Sara y Ana no van mal pero Jorge M. apenas ha tapado uno o dos números. “Y ahora el número que todos estabais esperando España. En la línea de la g. Lli lain. Sesenta y nueve. Sisti nain”. Que cachondos estos cubanos. Después de unas cuantas bolas –yo creo que todas menos media docena– una chica de magisterio canta bingo. ¡Jo que suerte! ¡Se lleva una botella de ron Mulata como premio (sí, ese que sirven en el hotel con todos los cócteles y que sabe a rayos)! Termina el bingo. Sara, Ana y Jorge M. vuelve a la playa con el resto. Un canadiense entabla una conversación con Iván porque lleva una camiseta de Garbajosa. Iván queda con el canadiense para echar un partido de basket España – Canada a las cinco y media de la tarde. Vuelve con Iago y conmigo y nos cuenta lo del partido. El canadiense y sus amigos son enormes pero les vamos a machacar esta tarde.

Como hace mucho calor, nos damos un baño en la piscina. No tarda en unirse al baño Diego, que llega desde la playa. Iago sale de la piscina para pedirle un balón a nuestro amigo el Argentino. Mientras tanto, Diego aprovecha para perrearnos a Iván y a mí en la cara. No se lo recomiendo a nadie. Iago vuelve con el balón al agua y jugamos a “A, E, I, O, U”. El mecanismo del juego es muy sencillo a la par que violento: vamos pasándonos la pelota mediante toques, sin que caiga al agua y cantando las vocales por orden; al que le toque la letra U tiene que rematar el balón contra la cara (o la parte del cuerpo que salga del agua que él prefiera) de uno de los otros tres que esán jugando. Todos (sobre todo Diego y Iago) nos llevamos algún que otro balonazo. Iván incumple las reglas del juego rematando el balón cuando canta la letra O y se lleva una ronda de castigo (saltamos desde el borde de la piscina y le lanzamos el balón a la cara mientras estamos en el aire). Decidimos dejar de jugar porque al final salimos a hostias de la piscina. Iago sale de la piscina. Salimos de la piscina cuando aparece el resto del grupo. No tenemos mucha hambre pero decidimos ir a comer al restaurante de la playa. Hay bastante gente así que nos toca sentarnos separados. Yo me siento con Iván, Diego, Iago y Ana. Mientras estamos comiendo el primer plato (pasta y varitas de merluza Capitán Pescanova, pero de pollo), una chica de la mesa de al lado nos pregunta que si somos de Valladolid. Le respondemos que sí. Nos pregunta que si también hemos venido con Marta de Viajes Eroski. Le volvemos a responder que sí. Entonces nos cuenta que ellos también son de Valladolid y han venido con Marta. Nos dice que la han llamado ayer para contarla que las condiciones del hotel no son las de uno de cuatro estrellas (y tiene toda la razón). Por lo visto Marta les dijo que iba otro grupo de Valladolid para allá en breve (es decir, nosotros) y que ya buscaría alguna solución porque nos le iba a llevar a ese hotel (pues va a ser que sí). Que eficiente es Marta de Eroski…

Continuamos con la comida. Todos pedimos hamburguesas de segundo plato. Cuando nos las traen, Iván comenta que hay dos tipos de personas: las que se echan el kétchup en la carne de la hamburguesa y las que se lo echan en el pan. Hasta entonces nunca lo había pensado pero tiene razón. Lo que no sabe explicarnos es qué diferencia hay entre esos dos tipos de personas, aparte de que se echan el kétchup en diferentes sitios de la hamburguesa. Terminamos de comer enfrascados en esa discusión filosófica. Yo subo a la habitación a darme crema para no quemarme con el sol y lavarme los dientes. Aprovecho para pasar a ver qué tal está Nacho, que no ha bajado de la habitación en toda la mañana. Tiene mal aspecto, además de fiebre. Le dejo descansando en su habitación y bajo con el resto del grupo a la piscina. Va a comenzar la clase de salsa…

Mientras espero al ascensor para bajar a la piscina –ya sabéis, la espera es del orden de unos cinco minutos– aprovecho para practicar los pasos que aprendimos en la clase de ayer. Dominados. Me reúno con el resto de telecos en la piscina. Esperamos a que terminen los crazy pool games para comenzar la clase de salsa. El crazy pool game de hoy es una especie de minigolf pero en lugar de meter las pelotas en hoyos hay que pasarlas por unos aguajeros situados en un panel de madera, dónde cada agujero tiene una diferente puntuación. Vuelve a ganar el tal John que ganó ayer al juego de las anillas. Le dan como premio otra botella de ron Mulata –espero que no se esté bebiendo todas las botellas que está ganando–. La clase comienza. Hoy somos mucha más gente que ayer. Volvemos a dar los mismos pasos de ayer, para afianzar conceptos. Al terminar la clase, igual que ayer, Carlos (Relojes) nos enseña algún paso nuevo –básicamente no enseña a dar una vuelta y a hacer una figura llamada Dile que no, aunque, no sé porque motivo, Iván y yo lo llamamos No me mires–. Una pareja de cubanos que trabaja en la animación nocturna del hotel se acerca a nosotros entre risas. Les hace gracia como bailamos. Nos hace una demostración gratuita de cómo se baila la salsa cubana –bailan de lujo– y nos dan algún que otro consejo.

Aun con la musiquilla en la cabeza, nos damos un baño y practicamos salsa dentro del agua. “Estoy en la piscina y bailo”, comenta Iván, haciendo un guiño a la célebre frase de los Simpsons “Estoy envuelto en llamas y bailo”. Nos reunimos con el resto en las hamacas de la piscina. Son las 17:30 y los canadienses no han aparecido. Parece que no hay partido. Pasamos el resto de la tarde jugando a las cartas y tomando cócteles. Probamos, por sugerencia de Carlos (Relojes) el juego de naranja con ron. No sé cómo no se me ha ocurrido antes, si es lo que bebo en Valladolid. Cojonudo. Desde ese momento no bebo otro cóctel en el hotel que no sea jugo de naranja con un chorrito de ron –y que el resto del grupo hace lo mismo–.

Sara y Jorge se van a merendar unas patatas al snack bar donde desayunamos. Uno de nosotros –cuya identidad no revelaré por petición suya– aprovecha para sacar su lado más femenino poniéndose el bikini de Sara.

¿Quién será el misterioso encapuchado?
¿Quién será el misterioso encapuchado?

Pasamos lo que queda de tarde jugando al comemierda. Ya es el juego oficial de teleco en Cuba. Cuando son las 20:30 decidimos subir a la habitación para darnos una ducha y arreglarnos antes de cenar. Hoy hay fiesta en una discoteca que se llama Mediterráneo. Parece ser que los animadores del hotel nos llevan allí –seguro que les dan una buena propina por llevarnos a esa discoteca–. Hemos quedado con ellos a las 23:00 en la puerta del hotel. Entro en el hotel con Iván y Iago. Esperamos al ascensor. Bailamos salsa mientras esperamos –como no–. El ascensor llega al lobby y montamos. Monta mucha más gente. El ascensor está lleno y se enciende el cartel luminoso de exceso de peso. Una señora gorda –canadiense para más señas– comienza a gritar como loca: “¡¡Chuuuuuuufuuuuuul chuuuuuuuufuuuuuuuuul!!”, es decir too full –demasiado lleno–. Una pareja de españoles –los últimos que han subido al ascensor– se baja para que el ascensor se pueda poner en marcha. Subimos a nuestras habitaciones y nos duchamos y arreglamos.

Como la tele de mi habitación no funciona, decido bajar al bar del lobby a tomar un juguito de naranja con un chorrito de ron mientras espero al resto del grupo. No tardan en aparecer. Subimos a cenar. Conseguimos una mesa al fondo del comedor para cenar todos juntos. Aparece Nacho, que ya se encuentra algo mejor pero no va a salir por la noche. No cenamos mucho. La comida no ha mejorado mucho al llegar a Varadero. En el buffet conozco a una pareja de españoles muy simpática que también están pasando unos días en Varadero. Terminamos de cenar. Subo a lavarme los dientes antes de salir. También suben Diego, Iago e Iván. Cuando llego a mi habitación, Kike y David se están preparando para salir. Los dos llevan puesta la misma camiseta. Original por cierto. David me explica que es una técnica para ligar.

¿Funcionaría la técnica para ligar?
¿Funcionaría la técnica para ligar?

Termino de lavarme los dientes y voy a recoger a Iago, Diego e Iván a su habitación. Mientras esperamos al ascensor para bajar al lobby, Diego nos graba a Iván y a mí bailando una salsa. Aun nos queda mucho que repasar.

Como todavía son las 21:30 y no hemos quedado hasta las 23:00 para ir a la discoteca, vamos a ver el espectáculo de baile que organiza el hotel en la piscina. Mientras disfrutamos del espectáculo, nos tomamos un juguito de naranja con un chorrito de ron. El espectáculo no está mal aunque damos alguna cabezada que otra –como cuando vimos el espectáculo del hotel La Riviera en La Habana, pero menos–. En el espectáculo actúa la pareja de cubanos que nos ha dado los consejos de salsa por la tarde.

Vamos a hacer tiempo hasta las 23:00 al bar del lobby. Cae algún juguito de naranja con un chorrito de ron más. Por fin son las 23:00. Nos dirigimos a la puerta del hotel aunque hay bajas de última hora. Parece que, de nuestro grupo, sólo vamos a la discoteca Jorge M., Sara, Ana, Carlos (Relojes), Iván, Javi, Iago y yo. La recepcionista se ha encargado de pedir unos cuantos taxis. Nosotros nos repartimos en dos taxis: Jorge M., Carlos, Ana e Iván en uno y Javi, Iago, Sara y yo en otro. El taxi de Jorge M. y compañía va adelantando como un loco al resto de taxis por lo que llegan a la discoteca en un tiempo record. Nosotros tardamos algo más en llegar. Los taxis en Varadero funcionan con taxímetro –nada de negociar precio– así que pagamos 7 CUC por la carrera. Esperamos a que llegue el resto de gente del hotel que también viene a la discoteca. Mientras esperamos vemos como el taxi que ha traído a Jorge M. y compañía hace el doble de carreras que el resto. Que bárbaro.

En la puerta de la discoteca hacemos un repaso rápido con Carlos de los pasos básicos de la salsa. Mientras me lo explica, se le cruce un cable, me agarra y me echa hacia atrás, haciendo la típica figura para acabar un baile.

No somos Carlos y yo (por si había dudas) pero así es como Carlos cargó con mis 72 kilos
No somos Carlos y yo (por si había dudas) pero así es como Carlos cargó con mis 72 kilos

El codo de Carlos emite un sonido un tanto desagradable, como cuando algo se rompe en mil pedazos. Parece que se ha hecho daño de verdad. Aun así no me ha dejado caer al suelo, lo que dice mucho sobre su profesionalidad a la hora de bailar. Carlos hace un movimiento brusco con el brazo y el codo parece volver a su sitio con otro crack. Arreglado. Ya no le duele.

Por fin llega todo el mundo y entramos en la discoteca. Nos clavan 10 CUC por entrar –y sin derecho a consumición–. Cuando entramos nos sentimos un poco decepcionados. La discoteca no es más que un patio –es a cielo abierto así que menos mal que la temperatura es agradable– con árboles y un escenario al fondo. La cabina del deejay es la típica cabaña en el árbol de las películas americanas y se sube a ella por una escalera de madera. Al lado del escenario hay una barra más o menos grande, atendida por dos camareras. Alrededor de la pista de baile hay mesas y sillas de plástico. Nos hacemos con una mesa y ocho sillas. Discutimos sobre si merece la pena comprar una botella de ron y unas latas de Tukola entre todos y decidimos que sí. Carlos parece emocionado –siempre que hay alcohol de por medio Carlos parece emocionado–. Vamos a pedir Javi, Carlos y yo. Mientras estamos en la barra empieza la actuación: un grupo de cubanos toca música y canta en directo.

Escenario de la discoteca Mediterráneo
Escenario de la discoteca Mediterráneo

La actuación dura una hora y media aproximadamente –justo el tiempo que tardamos en bebernos la botella–. Cuando termina, el deejay empieza a pinchar house. Después de un rato de house, el grupo quiere bailar salsa –no hemos estado practicando mientras esperábamos al ascensor para nada–. Decido subir yo mismo a hablar con el deejay. Me juego el físico al subir por las escaleras de la casa del árbol a la cabina. Allí arriba me recibe el deejay con una sonrisa. Que simpáticos estos cubanos. Le voy a pedir un poco de salsa pero me lo pienso en el último momento. En lugar de eso le pido que me deje ponerme un par de discos, para matar el mono –en España soy deejay en mis ratos libres–. “Sin ningún problema helmano”. No me cansaré de repetirlo: ¡que gente tan simpática, coño! Me pongo un par de discos para matar el mono. El equipo que tienen nos es gran cosa pero me apaño. Le doy las gracias una y mil veces y bajo a la pista con el resto del grupo. “Que has hecho ahí arriba tanto rato. Nos tenías preocupados”, me comentan. Vaya, al final se me ha olvidado pedir salsa pero el deejay parece leernos el pensamiento porque en ese instante empieza a ponerla. Empezamos a darlo todo, todos con nuestros pasos de las clases del hotel. De pronto, Carlos y Sara empiezan a bailar. A los dos o tres minutos, toda la discoteca les hace un corro. Están partiendo la pista de baile. Una vuelta por aquí. Otra vuelta por allá. El paso secreto de Carlos de tocarse los talones. Increíble. Otra pareja que está bailando por la discoteca se acerca y se mete en el corro para hacerles la competencia a Carlos y Sara. Ella es cubana y él extranjero. Más que bailar se están restregando. No tardan en abandonar el corro, humillados. No tienen nada que hacer contra Carlos y Sara. A las 3:00 en punto, una cubana pega un berrido –parece la sirena de un barco– indicando que es la hora de cierre de la discoteca. Volvemos al hotel en taxi.

Ya en el hotel, decidimos darnos un baño nocturno así que subimos a ponernos el bañador. Jorge M. y Ana se van a dormir. Yo me juego el físico y subo por la escalera de incendios. Llego sano y salvo a mi habitación. Me pongo el bañador, cojo la toalla y bajo con el resto a la piscina. Allí encontramos a un perro, pariente de Dengue, que está bebiendo agua de la piscina y restregándose por las hamacas.

Dengue II
Dengue II

Mientras decidimos si nos metemos al agua o no –ya que está más fría de lo que nos imaginábamos– llega un grupo de unos diez canadienses a la piscina, todos con sus enormes jarras de cerveza llenas. Se meten al agua sin pensárselo dos veces. Cuando el más gordo –o uno de los más gordos porque todos son de buen comer– se tira en plancha, todos los canadienses gritan desde el agua: “¡¡¡Tsunami!!!”. Al final Carlos y Javi se animan y se tiran al agua. Yo estoy a punto de tirarme también pero que a Carlos le castañeen los dientes no me parece una buena señal así que me lo pienso dos veces. En lugar de eso me voy a por un sándwich con Sara y Iago al snack bar donde desayunamos. Cuando volvemos, Carlos y Javi están saliendo del agua. No pasan mucho calor que digamos.

Carlos jodido de frío
Carlos jodido de frío

Se terminan de secar. Vamos todos a por otro sándwich. Decidimos que ha sido suficiente por hoy. Todos a dormir.

Habemus mascota

Amigos, amigas, os presento a la nueva mascota del blog: Fidel el camello.

Fidel el camello
Fidel el camello, la nueva mascota del blog

Muchas gracias a Diego (el amigo de Ana) por currarse el diseño. Te sigo debiendo unas cañas ;)

Miércoles 12 de marzo: el viaje a Varadero o nuestro primer día de playa

Pipipipii pipipipii. Hoy no me molesta el ruido del despertador de mi móvil. Son las 9:00. He dormido unas trece horas –salvo el susto que me dieron mis tripas por la noche–. Aun así éste sería el último día que me despertara ese dichoso ruido –el de las tripas y el del móvil–. Hoy toca cambio de aires: abandonamos el Deauville en La Habana para alojarnos en el Punta Arenas en Varadero, un hotel con 24 horas todo incluído, o eso nos hicieron creer al contratarlo. Carlos y Nacho también se levantan. Les pregunto cómo les fue anoche. Me cuentan que estuvieron en Coppelia –una famosa heladería– comiendo un helado y que algunos (ellos no) volvieron en Cocotaxi. Vaya, parece que me voy a ir de La Habana sin montar en uno.

PCarlos y Nacho me cuentan que estuvieron en Coppelia y que algunos volvieron en Cocotaxi
Carlos y Nacho me cuentan que estuvieron en Coppelia y que algunos volvieron en Cocotaxi

Por lo visto Carlos, Nacho y Javi estuvieron visitando la oficina de interesas americanos en La Habana antes de volver al Deauville. Otra cosa que me quedo sin ver.

Nos duchamos y bajamos a desayunar la misma mierda comida de cada mañana. Tomo mi habitual tazón de leche con chococereales y mi sucedáneo de jugo de naranja. Subimos rápidamente a la habitación ya que tenemos que abandonarla antes de las once. Hacemos las maletas. Yo no lo tengo muy difícil ya que no he sacado nada, sólo lo que he ido usando cada día. Aún así me cuesta cerrarla. No he metido nada que no trajera de España y me cuesta cerrarla. ¡Qué va a ser de mí cuando tenga que hacerla en Varadero! Revisamos una y mil veces la habitación: debajo de las camas, en los cajones del armario, en las sillas, de nuevo debajo de las camas… Parece que no nos dejamos nada. Antes de abandonar la habitación, una de las camareras va a pasar por ella para comprobar que no hayamos roto nada y podamos recuperar la fianza de 15 CUC por barba que depositamos al llegar al hotel. Me doy cuenta de que faltan los dos vasos que saqué de la habitación el lunes por la noche. Como los bajé a la habitación de Sara y Ana no sé me ocurre nada mejor que bajar a su habitación a preguntarlas por los vasos. Al llegar a la quinta planta me encuentro a Sara y Ana, maletas en mano, esperando el ascensor. “¿No sabréis dónde están los dos vasos que bajé el lunes por la noche?”, pregunto. “Ni idea pero Jorge M. se acaba de subir dos a su habitación”, me responden. El rastro de los vasos me lleva directamente a la habitación 1309. Le pregunto al Verjas por los vasos que ha cogido de la habitación de Sara y Ana y me asegura que son suyos y que todavía les falta uno. Puede que sí, puede que no. Aun así decido ir a buscar un par de vasos a la habitación que más vasos ha reunido jamás en la historia del Deauville: la famosa habitación 302 –el centro de la fiesta por uno momentos el lunes por la noche–. Cuando llego a la tercera planta, un grupo de magisterio está en la puerta de la 302. Les pregunto por los vasos. Me dicen que tenían una montaña de ellos pero los han ido saqueando a lo largo de toda la mañana y no les queda ninguno. Mierda. Decido probar suerte en la 1308. Toc toc. Diego me abre la puerta. Le pregunto por los vasos. No tiene ni idea de donde pueden estar pero ellos tienen tres en su habitación. Le como un poco la oreja –en el buen sentido de la palabra– para que nos dé uno ya que sólo tenemos uno en nuestra habitación. Se hace de rogar pero termina cediendo. Vuelvo a subir a mi habitación con Nacho y Carlos a esperar a la camarera. En menos de cinco minutos vuelve aparece Diego reclamando su vaso ya que su camarera se ha puesto un poco cabrona con ellos. Se lo devolvemos. Tenemos que pensar en algo y rápido para convencer a la camarera de que no se chive a la recepción de que faltan dos vasos –quién sabe, a lo mejor nos quitan los 45 CUC de fianza por dos vasos–. No tardamos en encontrar una solución: una generosa propina seguro que la convence. Dejamos unos 10 CUC en la mesita de la habitación junto con una nota: “Perdón por los dos vasos que faltan. Esperamos que no haya ningún problema”. El mensaje no puede ser más claro: ¡te estamos comprando para que no te chives, coño! La camarera no tarda en llegar. Esperamos fuera de la habitación mientras ella la inspecciona. Cuando termina el registro sale y nos dice que faltan dos vasos. ¿Acaso nos está pidiendo más dinero? Nos hacemos los orejas: “Ya lo sabemos. Esperamos que no haya ningún problema”, dice Nacho. La camarera nos pregunta donde pueden estar los vasos. Parece que va a hacer todo lo posible por recuperarlos. Le decimos que es posible que estén en la 302 pero que ya hemos mirado. Entonces la camarera se asoma por las escaleras de la planta once y grita: “Maríaaaaaaaaaaaaaaaa, ¿hay dos vasos de sobra en la habitación tres cero doooooooooooooooooooooooos?”. Tras unos instantes de silencio se escucha desde la tercera planta a María: “Nooooooooooooooooooo”. Aun estamos convencidos de que nuestra camarera va a hacer todo lo posible por conseguir dos vasos pero todas nuestras esperanzas se van a la mierda cuando nos dice: “Pues lo siento mucho muchachos pero tendréis que pagarlos en recepción. Creo que son unos 65 kilos cada uno”. Será zorra. Encima 65 kilos por vaso. Mientras bajamos con las maletas a recepción y nos preguntamos qué coño son 65 kilos, Nacho sugiere volver a la habitación y pagar los vasos con la propina que le hemos dejado a la camarera. Sólo se queda en una sugerencia. Al llegar a recepción y devolver las tarjetas nos dicen que se van a quedar con 2 CUC de la fianza en concepto de dos vasos que hemos perdido. Bueno, tampoco ha sido para tanto.

Salimos del hotel con Iago, Iván y Diego. El resto ya se ha marchado en el primer autocar pero antes le han hecho una última foto al Deauville.

Todavía sigo preguntándome como el Deauville aguantó de pie las cinco noches que pasamos allí
Todavía sigo preguntándome como el Deauville aguantó de pie las cinco noches que pasamos allí

Antes de montar en nuestro autocar compramos agua en la tienda que está junto al hotel –la que nos ha provisto de ron y Tukola todos estos días–. Ahora sí que sí, subimos al autocar y arrancamos rumbo a Varadero. Avanzamos durante todo el trayecto por una carretera paralela a la costa. Por el camino, el señor conductor nos obsequia con una colección de los grandes éxitos cubanos del momento. Si tengo que elegir uno, sin duda alguna me quedo con el del celular, cuya letra no tiene desperdicio.

También suena el “Yves Larock – Rise up” –desde mi móvil–. Nacho y yo pegamos una cabezadita para que el viaje se haga más corto. Después de una hora y media de viaje –aproximadamente– nos detenemos en un mirador para descansar. En realidad nos han parado para comprar artesanía variada y consumir piñas coladas pero la mayoría aprovechamos la parada para descansar. Nos hacemos una foto en el mirador.

Parada en el mirador de la piña colada
Parada en el mirador de la piña colada

Entonces Diego e Iván deciden pedirse una piña colada. Me comentan que está muy rica. Yo ya estoy bien –aparentemente– de la tripa pero decido no jugármela con la piña colada. Diego e Iván insisten en que la piña está cojonuda. Me la juego y la pruebo. Mmm. La vuelvo a probar. Mmm. Una vez más. Decido pedirme una. Al carajo la tripa, tengo Fortasec de sobra. Cuando voy a pedir mi piña colada, Nacho y Javi ya tienen la suya. Nacho la añade un poco bastante más ron. Yo espero mi turno para pedir pero se ha acabado la piña colada y tienen que hacerla. No puedo esperar tanto porque el autocar se va así que voy a gorronear un poco de piña colada a Nacho y Javi. Creo que desde ese momento soy adicto a la piña colada.

Se acabó el tiempo de descanso así que volvemos a montar en el autocar. No tardamos en llegar a Varadero –apenas una hora–. El paisaje es completamente distinto al de La Habana: casas de una altura, pavimento en buen estado, etc. Se nota que esta ciudad vive exclusivamente del turismo. Cuando llegamos al hotel, el responsable de Angalia que viaja con nosotros en el autocar –el mismo con el que tuve la bronca por el autocar en la excursión de Viñales, aunque ya hemos limado asperezas– nos recuerda una y mil veces que no nos olvidemos nada en el autocar, que no vamos a volver a viajar en él y que probablemente no recuperemos nada de lo que nos dejemos. Supongo que en el otro autocar hacen las mismas advertencias pero aun así Ana decide olvidarse la cámara en el autocar –evidentemente fue más tarde cuando se dio cuenta del despiste–. El responsable de Angalia tiene razón; las cosas que se olvidan en un autocar cubano jamás vuelven junto a su dueño. Echamos un primer vistazo al edificio del hotel. No es que sea una maravilla pero venimos del Deauville, no puede ser peor.

Hotel Punta Arenas 24 horas todo incluido hasta que se acaba, en Varadero
Hotel Punta Arenas 24 horas todo incluido hasta que se acaba, en Varadero

Bajamos nuestros equipajes del autocar. Por suerte –para él– no hay ningún maletero estafador esperándonos para ayudarnos con el equipaje a cambio de 10 CUC. Entramos en la recepción del hotel y nos ofrecen un cóctel de bienvenida –un refresco de color rojo que yo no probé–. Nos repartimos las habitaciones. En este hotel voy a compartir la habitación 1510 –en la quinta planta, no en la quince– con David y Kike. Nos entregan las tarjetas de la habitación y nos ponen la pulsera verde que nos dará acceso a todos los servicios de “24 horas todo incluido hasta que se acaba” del hotel.

Son las 14:00 y tenemos hambre después del viaje pero antes ir a comer tenemos que escuchar una charla de uno de los responsables del hotel. Subimos a la discoteca, en la primera planta y allí nos explican las normas básicas de comportamiento del hotel. Nada que no sepamos. También nos explican las excursiones, carísimas por cierto. Por último nos advierten sobre una norma importante: “Si ustedes vienen tomados por la noche desde la discoteca, por favor, no hagan ruido ni armen escándalo en el hotel. En esos casos, van directos a la playa. Allí pueden continuar la fiesta. Pueden seguir tomando, pueden cantar, bailar, bañarse, incluso bañarse con la rependeja al aire. Pero hay una norma muy importante. No pueden hacer fogatas. Nada de fogatas en la playa”. No hacer fogatas en la playa cuando vengamos tomados. Entendido. Ahora sí que sí, vamos a comer. El buffet del edificio del hotel está cerrado así que tenemos que ir al restaurante de la playa. No tardamos en encontrarlo pues el hotel tampoco es tan grande. Nos acoplamos en varias mesas de la terraza del restaurante. Entramos y nos servimos el primer plato de entre todo lo que hay para elegir en el buffet. Parece que los espaguetis son el plato estrella. Pedimos unas cervezas en la barra para pasar las migas.

Atención al copete de mi plato de espaguetis
Atención al copete de mi plato de espaguetis

Después de comer un par de pinchos de espaguetis nuestras tripas empiezan a hacer sonidos raros. Aun estamos algo convalecientes del estómago –prácticamente todos– y parece que estos espaguetis no nos van a sentar nada bien. Nos volvemos a levantar y nos servimos arroz cocido. Cuando estamos terminando, una camarera se acerca para tomarnos nota del segundo plato, ya que el segundo te lo traen a la mesa. Nos da a elegir entre pollo, pescado, hamburguesa, perro –caliente– y cerdo. La mayoría pedimos perro. Ana y Javi piden pescado. No tardan en servirnos los segundos platos. No sé como Ana y Javi pueden comerse el pescado ya que su segundo plato les está mirando directamente a los ojos.

¿De dónde viene el humillo blanco que está aspirando Javi?
¿De dónde viene el humillo blanco que está aspirando Javi?

Terminamos de comer y nos quedamos hablando un rato en la sobremesa. El tiempo es soberbio y no tenemos ninguna prisa por marcharnos. Aun así todavía no hemos subido las maletas a las habitaciones así que decidimos que es un buen momento para hacerlo. Pasamos a recoger nuestras maletas por la recepción y nos llevamos nuestra primera sorpresa –desagradable– cuando vemos que sólo funciona uno de los tres ascensores que tiene el hotel. Aun no sabíamos todas las salsas que íbamos a bailar esperando al ascensor todos estos días. Mientras esperamos al ascensor vemos un cartel colgado en una columna. Es un horario de las actividades programadas por el hotel: aquagym, torneos de voleibol, fútbol y baloncesto, clases de baile,… ¡Clases de baile! Iván, Jorge M. y yo comentamos que no nos vamos a perder ninguna. No nos podemos ir de Cuba sin aprender a bailar salsa. Por fin llega el ascensor. Subo a mi habitación con David y Kike y nos instalamos en ella. Las vistas no son al mar, sino a un canal. No está nada mal de tamaño aunque todavía tienen que subir la cama supletoria. No estamos dispuestos a compartir cama entre nosotros. Somos demasiado viriles para eso. Yo me pongo el bañador y bajo en busca del resto del grupo mientras David y Kike se quedan vaciando sus maletas en el armario. Bajo a la recepción después de esperar un buen rato al ascensor. Allí no encuentro a nadie así que decido hacerme con una toalla de playa ya que no la he traído desde España. Seguro que las toallas se consiguen cerca de la piscina así que me dirijo para allá. Hay un bar junto a la piscina y hace calor, la excusa perfecta para pedirme un cóctel. Como soy adicto a la piña colada desde esta mañana pues me pido una piña colada. No tiene nada que ver con la del mirador pero se deja beber. Continúo con la búsqueda de la toalla y me acerco a una caseta que hay junto a la piscina. Sí, allí tienen que dar toallas. Fuera de la caseta hay un gorilón en traje y dentro hay otro tipo muy moreno y con tres dientes de oro –del que cagó el moro–. Mantengo una breve pero agradable conversación con el tipo de los dientes de oro –del que cagó el moro–.

- (Dientes de oro) ¿Argentina?
- (Yo) Pues no.
- ¿De dónde entonces helmano?
- ¿De dónde crees?
- Ah amigo. ¡¡ESPAÑA!!

Desde ese momento, el tipo cubano encargado de las toallas se ganó el mote de Argentino. Él me llamó desde entonces España. Fue el principio de una bonita amistad. Le pido una toalla. Me dice que hay que dejar un depósito de 10 CUC en recepción por la toalla, que me lo devuelven cuando la entregue. Como no tengo dinero encima, tengo que subir a la habitación a por el dinero. Paso de esperar al ascensor así que busco las escaleras para subir andando. No están dentro del hotel. La única escalera por las que uno puede subir a las habitaciones es la escalera de incendios, que va por fuera del hotel. Podéis verla tres fotos atrás, en la foto del hotel, en la parte derecha del mismo. Subo a mi habitación por la escalera de incendios. Es muy inestable y los escalones no están separados por la misma distancia unos de otros. Tomo nota mental: “no subir ni bajar por esta escalera de noche”. Mientras subo, me cruzo con David y Kike, que bajan por la escalera. Van a la playa. Sigo subiendo y por fin llego a la habitación. Cojo los 10 CUC y bajo por la escalera –paso de esperar al ascensor– hasta la recepción. Allí me entregan una hoja de papel a cambio del depósito de los 10 CUC. Me dirijo de nuevo a la caseta de la piscina. Allí siguen el gorilón y el Argentino. Le entrego la hoja de papel al Argentino y él me entrega a cambio una toalla.

Como sigo sin encontrar al grupo decido probar suerte en la playa. La arena está llena de conchas y te destroza los pies a cada paso que das. Nada, ni rastro del grupo. Veo a David y Kike así que me quedo un rato con ellos. Me doy mi primer baño en aguas cubanas –en aguas saladas porque ya me bañe en la piscina del Deauville–. La temperatura del agua es agradable pero hay muchas algas cerca de la orilla. Cuando salgo del agua, el resto del grupo está llegando a la playa. Me uno a ellos. Vemos una red de voleibol en la playa así que decidimos jugar un rato. Voy de nuevo a visitar a mi colega el Argentino para pedirle un balón de voleibol. Cuando llego le gasto una pequeña broma. “Oye amigo, he perdido la toalla”. El gorilón, que aun sigue allí, me mira por encima de las gafas de sol. No se puede creer que haya perdido la toalla en diez minutos. “Pero España, ¿cómo es eso posible?”, me responde el Argentino. Después de unos segundos de silencio les explicó que es una broma y ambos se echan a reír. “Menos mal chico porque sino te habría tocado abonarla”, comenta el gorilón entre risas. El Argentino me presta un balón de voleibol bastante desinflado pero es lo único que tiene. Vuelvo a la playa con el balón. Jugamos un partido de voleibol. O al menos lo intentamos. Jorge no para de tirar balones hacía atrás –muy hacia atrás–. Todos acabamos con los antebrazos destrozados. De pronto cae una gota. Después otra. Empieza a diluviar. Corremos a resguardarnos de la lluvia al restaurante de la playa. Ya que estamos allí aprovechamos para pedir otro cóctel. Yo pido uno de colorines que sólo sabe a azúcar. En cuestión de cinco minutos, deja de llover y vuelve a salir el sol.

Iván comenta que son casi las 16:30 y que la clase de baile empieza a esa hora. Vamos hacia la piscina pues la clase de baile se da en el bar de la piscina. Nos sentamos en las mesas del bar de la piscina a esperar a que unos canadienses terminen de lanzar anillas a unos palos –antes de las clases de baile hay una actividad que se llama crazy pool games, aunque no sé qué tiene de crazy encestar anillas en unos palos–. No tardan en terminar. Gana un tal John. Le dan una botella de ron Mulata –el único ron que sirven en el hotel– de premio. Ahora sí, empiezan las clases de baile. Durante media hora aprendemos los pasos básicos de la salsa. Al termina la clase, Carlos (Relojes) nos ayuda a Iván, Jorge M. y a mí a repasar los conceptos vistos en clase. Un par de clases más y ya los tenemos dominados.

Nos pedimos otro cóctel que también es de colores –y que también sabe mucho a azúcar– y vamos a jugar un waterpolo en las porterías de la piscina. El partido está animado. Al fondo vemos como Carlos (Relojes) y Javi echan una partida de ajedrez en el ajedrez gigante del hotel. Yo también quiero jugar así que salgo de la piscina, cojo mi cóctel de mil colores sabor azúcar y voy para allá. Cuando llego, Carlos está jugando contra un chico de magisterio. Mate pastor. Pim pam pum. Mi turno. Carlos y yo nos disponemos a echar la partida de ajedrez gigante del siglo porque en la vida he jugado delante de tanto público.

Tablero de ajedrez gigante del hotel. La foto es de otro día porque no hay público
Tablero de ajedrez gigante del hotel. La foto es de otro día porque no hay público

Jorge M. se une a Carlos. Juego contra los dos. La partida no está mal aunque se nota que hace mucho que no jugamos al ajedrez. Me ganan. Le echo la revancha a Carlos. Me vuelve a ganar. Suficiente ajedrez por hoy. Vamos con el resto del grupo a las tumbonas de la piscina. Está anocheciendo y ya no hay nadie en la zona de la piscina excepto nosotros. Sacamos las cartas y jugamos al comemierda. El bar de la piscina ha cerrado así que Javi y yo vamos al bar del lobby a por una docena de piñas coladas para todos. Volvemos a la piscina con las piñas coladas. La gente está con un subidón de azúcar del quince así que sobran la mitad de las piñas coladas. Jugamos un rato más a las cartas y la gente se retira a no sé dónde. Sólo nos quedamos Nacho, Carlos (Tacto), Javi y yo jugando una mano más al comemierda. Son las 9:20 y el buffet cierra a las 9:30 así que recogemos las cartas y subimos rápido a cenar. Allí está el resto del grupo. Se habían ido a cenar y nosotros tan felices tomando piña colada en la piscina. La gente del buffet pone pegas para dejarnos entrar porque es tarde pero finalmente acceden a dejarnos cenar. Incluso uno de los cocineros me saca un plato de embutido ya que han recogido prácticamente toda la comida del buffet. No me gusta nada el embutido cubano pero Nacho y Carlos dan buena cuenta de él. Cuando terminamos de cenar subimos a nuestras respectivas habitaciones a darnos una ducha, no sin antes esperar un buen rato al ascensor.

Después de ducharme, Iván me llama por teléfono y me dice que han quedado a las 22:30 en el bar del lobby. Bajo a la habitación de Carlos, Nacho y Javi para decírselo. Les espero y bajamos juntos al bar del lobby. Allí encontramos a Iago y Jorge jugando al pimpón. Jugamos un rey de la pista a once puntos. Va llegando más gente y se une al juego. Jorge no tarda mucho en convertirse el rey de la pista tras derrotarnos a todos varias rondas consecutivas. Unos polacos –aparentemente marido, mujer y padre de la mujer– no dejan de observarnos mientras jugamos. Pasado un tiempo nos preguntan –en inglés– que si pueden jugar. Empieza jugando Jorge contra la mujer. No es muy buena a pesar de jugar al despiste, pues no para de apoyarse en la mesa y de enseñarle a Jorge su generoso escote. Yo aprovecho y salgo fuera a buscar al resto. Están jugando a la petanca sin luz y con cuatro bolas. Juego un par de partidas pero como no veo un pimiento decido entrar a pedirme un mojito. Está asqueroso el mojito del hotel así que tomo nota mental: “no pedir más mojitos en el hotel”. De momento lo único que se ha dejado probar ha sido la piña colada. Sigo siendo adicto a ella.

Vuelvo a la zona del pimpón. Jorge está jugando ahora contra el marido polaco. El nivel ha subido en la mesa de pimpón. De hecho Jorge, el maestro del pimpón, pierde la partida. Entro a jugar yo. Si a Jorge le gana, a mí me da para el pelo. Estoy más tiempo fuera recogiendo las bolas que remata fuerte y salen por la puerta que jugando. Vuelve a entrar Jorge pero esta vez juega contra el padre polaco. El nivel es máximo en pista. No hay nada que hacer. Jorge vuelve a perder. No hay nada más que ver en la mesa de pimpón así que salgo de nuevo con los de la petanca. Decidimos ir a las hamacas de la piscina mientras decidimos que hacer. No tarda en llegar el resto del grupo. Javi, Nacho, Sara, Ana y yo encabezamos una avanzadilla para explorar el ambiente de la discoteca. Está vacía y ponen reggaetón. Me pido un ron Mulata cola Tukola. No se lo bebe ni el mismo Fidel en persona. Bajo de nuevo a la piscina a informar del resto de la situación en la discoteca. Aprovecho y me siento en una tumbona para contárselo. Me recuesto. Me tumbo. Me estoy quedando dormido. Abro un poco un ojo. El resto del grupo está en un estado similar al mío. Nacho baja a buscarnos pero no estamos como para ir a la discoteca. Es la 1:30. Decido que es el momento de ir a dormir. Subo a mi habitación –después de la habitual espera del ascensor–. Kike y David han ido con las chicas de magisterio a una discoteca de Varadero –el Castillo si mal no recuerdo– y aun no han regresado. Me tumbo en la cama y pongo la alarma del móvil a las 9:00 para llegar al desayuno del buffet, que cierra a las 10:00. Antes de dormirme cambio el tono de aviso del despertador de mi móvil. ¿Adivináis cuál pongo?

Martes 11 de marzo: el día de la visita a Pinar del Río o que se siente tras 36 horas sin dormir

Hoy no suena el pipipipii pipipipii de mi móvil para despertarme, estoy bastante despierto después de amanecer en el Malecón. Iago, Carlos y yo nos quitamos las legañas antes de entrar al buffet del Deauville. No hay nadie desayunando aun porque acaban de abrir. Nos hacemos con una mesa. Yo desayuno mi habitual tazón de leche con chococereales y un zumito juguito (tang) de naranja. No tenemos sueño pero somos conscientes de que las vamos a pasar canutas en la excursión a Viñales. Terminamos de desayunar. El cubano que me vendió las monedas del Ché está esperando a Iago en la puerta del hotel con un nuevo cargamento de monedas. Yo aprovecho para subir a mi habitación y darme una ducha. Cuando llego, Carlos se está levantando y Nacho aun no ha llegado. No pasa nada, tampoco ha aparecido flotando en el Malecón, estará durmiendo en algún pasillo del hotel. La ducha me da la energía rápida que necesito, al menos para mantenerme en pie durante la siguiente media hora. Cuando salgo, Nacho entra en la habitación. “¡Te parece bonito llegar a estas horas!”, le digo. Me siento como su madre por unos momentos. Nos cuenta que ha pasado la noche en no sé qué habitación con no sé quiénes personas (creo que con Cris y Pablo). Mientras Carlos y Nacho se duchan y desayunan, yo bajo a la recepción con mi baraja a hacer el ganso. El camarero del bar del lobby me mira con cara de circunstancias. “¿Qué hace este perturbado con cara de ayer y gorra de pana recogiendo una y otra vez cartas del suelo?”, piensa (o eso parece pensar). No sé cuánto tiempo estoy en el lobby, el reloj parece haberse detenido. Por fin empiezan a aparecer telecos en la recepción. Salimos a la calle y cogemos dos autocares (vamos también con las maestras) que nos llevarán a hacer la visita a la provincia de Pinar del Río. Todos (o casi), pese a resistirnos, caemos como moscas en el autocar.

Iván y Diego putearon perrearon a los que dormíamos
Iván y Diego putearon perrearon a los que dormíamos

Después de un rato de viaje (no sabría decir cuánto, a ver quién controla el tiempo con la cabeza colgando, como se ve en la foto) el autocar se detiene en una plantación de tabaco, con un bar y una tienda adosadas. ¡Dios, no quiero ver como se seca el tabaco! ¡Quiero dormir! Hago un poder y trato de espabilarme un poco. Jorge es más listo y se queda durmiendo en el autocar (él sí había dormido pero estaba a Fortasecs). Después de ver la plantación de tabaco y como éste se seca colgado del techo de una cabaña, decido ir a pedirme una botella de agua al bar. Está bien fresquita así que pego un gran trago. Ya estoy algo más espabilado. Mientras, Iván y Diego se lo siguen pasando piruleta. Como se nota quien ha dormido.

Esta es mi pequeña gran venganza por grabarme en el autocar mientras me jodía el cuello dormido en vez de despertarme, mamones
Esta es mi pequeña gran venganza por grabarme en el autocar mientras me jodía el cuello dormido en vez de despertarme, mamones

Entro con el resto en la tienda. Algunos compran chocogalletas, otros café cubano. Carlos (de la Parra) se compra una bandera de Cuba de un tamaño descomunal. El banderazo. Volvemos al autocar. Antes de montar, el Líder da de comer unas chocogalletas a un par de perros hambrientos, aunque el perro grande se come la mayoría de las chocogalletas que el Líder les lanza. Reanudamos nuestra marcha en el autocar. Ya estoy completamente espabilado. Me acuerdo de la partida de cartas de ayer y le pido a Carlos (Relojes) que me pase al móvil el “Yves Larock – Rise up”. Aun no sabíamos que consecuencias iba a tener aquello (un poquito de paciencia, que pronto llegamos a Varadero y os lo cuento).

El autocar está pasando por Viñales cuando empezamos a oler a quemado. De pronto, el autocar se detiene dejando una espesa estela de humo blanco. ¡Hemos roto motor!

¡Trata de arrancarlo por Dios!
¡Trata de arrancarlo por Dios!

Nos bajamos del autocar. El conductor trata de arrancarlo (¡por Dios!) y lo consigue. Volvemos a montar. El autocar aguanta hasta la fábrica de puros, a las afueras de Viñales. Entramos a visitar la fábrica de puros, de la cual no podemos enseñar ninguna foto porque está prohibido hacerlas, no sé por qué motivo. Aun así, la visita tampoco nos aporta mucho. Hombres y mujeres enrollando tabaco. Otro hombre haciendo el control de calidad, pesando los puros. Otros tantos haciendo las cajas y pintándolas. Y unos últimos que separan los puros en función de su tonalidad para que todos los de la caja sean del color más parecido posible. Me acuerdo de nuestra experiencia hace dos días con el puro cubano. Ese sitio me da escalofríos. Salimos de la fábrica de puros y un hombre insiste en vendernos un jugo de naranja (recién exprimido) con ron. “Si tú supieras helmano… Estoy como para rones con jugo”, le comento. Aunque me quedo con ganas de tomarme un jugo de naranja recién exprimido a secas. Eso sí que me hubiera terminado de despejar. Nos tienen media hora tostándonos al sol (que hoy pega con ganas) mientras buscan una solución para el tema del autocar. Me quito la gorra de pana. En que estaría pensando cuando la metí en la maleta. Alguien (cuyo nombre no revelaré para preservar su intimidad) no aguanta más y vomita. Yo estoy a punto. Al fin parecen encontrar una solución para el tema del autocar. Vamos a viajar todos en un único autocar mientras envían otro para el viaje de vuelta a La Habana. Las maestras ya están sentadas en sus asientos del otro autocar así que nos toca sentarnos en el suelo.

Parece que viajamos en un camión de ganado en vez de en un autocar
Parece que viajamos en un camión de ganado en vez de en un autocar

A mí me toca sentarme debajo de unos asientos, en la parte del fondo a la derecha en la foto anterior. Estoy literalmente comprimido. Hace calor. El autobús nos conduce por un camino de montaña, con mil y una curvas a derecha e izquierda. Hago malabarismos para contener las chocogalletas dentro de mi estómago. Lo consigo. Por fin llegamos a nuestro destino: una pintura rupestre gigante de hace 50 años. Que digo yo que muy rupestre no será si sólo tiene 50 años pero bueno, no estoy para discutir. Bajamos del autocar y vemos un ñufel cebú. Algunos se suben en el cebú para hacerse fotos.

Cebú cubano
Cebú cubano

Cuando veo la pintura rupestre no me puedo creer que nos hayan parado para ver eso. Me hago una foto con Iago y Diego para que quede constancia de que estuvimos allí.

Sigo sin verle la gracia a lo de la pintura
Sigo sin verle la gracia a lo de la pintura

Nos sentamos todos a la sombra porque el sol empieza a ser insoportable. Hablamos con el guía (no con Javi, sino con el de Angalia) y le preguntamos qué pasa con el autocar. Nos responde que está en camino, qué vamos a ir a comer todos en un autocar a un sitio que está a diez minutos pero que luego viene el otro autocar. No sé lo cree ni él pero tenemos hambre así que no discutimos. Esta vez somos más rápidos y nos montamos de los primeros en el autocar, de modo que nos toca asiento en vez de suelo. No tardamos en llegar al restaurante donde comeremos. Son una especie de merenderos gigantes con el techo de paja y en medio de la selva.

Restaurante en mitad de la selva cubana
Restaurante en mitad de la selva cubana

Nos repartimos en varias mesas. Los mosquitos nos están comiendo pero Javi saca un repelente de mosquitos de su bolsa y lo comparte con el grupo. No lo había dicho pero Javi es capaz de sacar cualquier cosa que le pidas de su bolsa. Si nosotros fuéramos los Fruitis, él sería algo parecido a Mochilo. Un grupo de cubanos empieza a tocar, cantar y bailar. ¡Por el amor de Dios, hoy no es buen día para que hagáis eso! A ninguno nos apetece escucharlos pero no podemos hacer nada. Y para colmo están justo a nuestro lado. No tardan en servirnos la comida: ensalada, pollo seco, arroz con frijoles, pan bollo (en Cuba no hay pan de verdad) y helado de postre. No está mal, pero a Diego parece que no le hace mucha gracia el pollo. Terminamos de comer y enseguida volvemos al autocar. Aun no ha llegado el otro autocar. Esto es de risa. Vuelvo a hablar con el guía. Vuelve a repetirme que el autocar está de camino. Le digo que no me lo creo y que ya puede hacer algo porque no hemos pagado 50 CUC para viajar en el suelo de un autocar, que una cosa son diez minutos y otra muy distinta son las tres horas que hay de viaje de vuelta a La Habana. Me responde que lo entiende y que están en ello pero que ahora vamos a ver la cueva del Indio, que está a diez minutos.

Montamos en el autocar. Tenemos suerte y nos vuelve a tocar asiento. En diez minutos hemos llegado a la cueva del Indio. Bajamos del autocar y la guía (hay un guía y una guía) nos enseña una planta muy curiosa que se encoge cuando la tocas. Después de jugar un rato con las plantas que se encogen cuando las tocas nos dirigimos a la cueva. Nos hacen pasar por una tienda de recuerdos antes de entrar en la cueva pero nadie compra nada. Mientras subimos unas escaleras que conducen a la entrada de la cueva, vemos un curioso cartel.

¡Ouch!
¡Ouch!

Entramos en la cueva. Dentro hace una temperatura muy agradable. La cueva está claramente orientada al turismo pues el suelo es de hormigón para que nadie tropiece. Aun así nos toca pasar agachado por un estrecho pasillo donde las pareces están muy juntas y el techo muy bajo. Bajamos unas escaleras (artificiales) y llegamos a un embarcadero. Una pequeña barca a motor nos está esperando.

Para mí, uno de los momentos más absurdos del viaje: el paseo en barca
Para mí, uno de los momentos más absurdos del viaje: el paseo en barca

Montó en la barca con Carlos (Relojes), Iago, Diego y más gente. El hombre que capitanea la barca nos da un pequeño paseo por la cueva. Mientras nos movemos, va señalando piedras con su linterna y explicándonos que tienen nombre (por su no muy evidente parecido a diversos objetos, personas o animales): el pirata, la bota, el conejo, el mango… Me siento como si hubiera viajado atrás en el tiempo y estuviera dando un paseo en la barca del Campo Grande, pero a motor. Salimos de la cueva y llegamos a un nuevo embarcadero. Al bajar de la barca, Carlos pisa el borde de la misma con la intención clara de tirar a alguien al agua, pero no lo consigue. Esperamos a que llegue el resto de barcas con el resto de gente. Son las 17:00 y estamos destrozados.

Vaya panorama
Vaya panorama

Volvemos al autocar. Aun no ha llegado otro autocar. La gente monta y el autocar arranca. Yo no aguanto más; somos estudiantes pero no somos tontos. Voy a la parte de delante a hablar con los guías y el conductor. Le digo que no vamos a hacer ningún viaje sólo en un autocar. Dicen que están haciendo lo que pueden pero que no hay ningún autocar disponible para mandarnos. “Pues no es suficiente. No vamos a ir tres horas sentados en el suelo del autocar”. La verdad es que me pongo un poco cabrón pero terminan llamando a no sé quién y consiguen una furgonetilla “grande”, de unas once o doce plazas. Nos bajamos los que vamos sentados en el suelo o de pies y montamos en la furgonetilla. Entre ellos estamos Diego, Jorge M., Sara, Ana y yo. La verdad es que vamos como en una latilla de sardinas pero es mejor que viajar en el suelo del autocar. A los pocos kilómetros paramos en un mirador. Javi se curra una de sus habituales panorámicas.

Bonita panorámica desde el mirador, ¡pero queremos dormir ya!
Bonita panorámica desde el mirador, ¡pero queremos dormir ya!

No nos entretenemos mucho tiempo en el mirador y enseguida reanudamos la marcha en nuestra furgonetilla. Algunos (los que van menos comprimidos) aprovechan para dormirse. El resto hablamos de todo un poco para hacer más llevadero el viaje. A medio camino recibo una llamada de mis padres. Un rato después, Ana y yo decidimos mandar un mensaje a Albano pues aun estamos pendientes de la nota de un examen de febrero y parece que ya ha salido. Nos contesta: “Me consta que habéis sacado sendos notables. Salud y heavy metal, que por Cuba habrá poco”. Que grande Albano (mil gracias desde aquí). ¡Toma castaña! Ya tenemos excusa para beber esta noche. Lo que no tenemos son ganas. De pronto empieza a llover muy fuerte. Apenas se ve la carretera pero confiamos en el señor conductor. Adelantamos nuestro autocar, el del motor roto, que va remolcado por una grúa. Continuamos viajando…

… y por fin llegamos a La Habana. Al poco de entrar, la policía nos para. El conductor se baja. Se ha ganado una receta por exceso de velocidad. Vuelve a montar en la furgonetilla, bastante cabreado. Se desahoga con nosotros pero yo no entiendo lo que dice porque estoy en la parte de atrás de la furgonetilla.

Llegamos al Deauville. Cada cual sube a su respectiva habitación. Ahora estoy bastante espabilado así que decido bajar a la piscina a darme un baño. El agua tiene mejor temperatura hoy. No tarda en aparecer Javi, que también se da un baño. Chapoteamos durante un rato pero yo ya no puedo más. Me seco y subo a mi habitación. Allí ya están Carlos (de la Parra) y Nacho. Han quedado con el resto para ir a Coppelia, la famosa heladería. “Yo paso”, le digo mientras me tumbo en la cama. Salen de la habitación y me quedo sólo. Me pongo música en el móvil para dormir: “My dream is to fly over the rainbow, so high”. Son las 20:00. Se acabó el día para mí.

Un ruido me despierta a las 5:00. Carlos y Nacho ya están en la habitación, durmiendo. Busco el origen del ruido. ¡Caramba, si son mis tripas! Corro al baño. Me tomo mis dos primeros Fortasec (y por suerte los últimos) en Cuba. No tardo en volver a dormirme.

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